Los Cuatro Fantásticos

Estos héroes… ¿¡Estos devoradores de mundos!?

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Seré sincero. Difícilmente puedo ser objetivo con los tebeos de Stan Lee y Jack Kirby. Forman parte tanto de la historia de los tebeos como de mi propia historia de lector de cómics. Para dejar un espacio a la sombra —y para qué negarlo, acentuar las luces— me permitiré invocar aquí a Warren Ellis y a esa bala cargada y precisamente apuntada que fue Planetary.

Planetary fue un excelente metacómic que giraba alrededor de una misteriosa fundación y su búsqueda de la historia extinta de lo sobrenatural; en ella se hacían numerosas referencias y homenajes al cómic de acción y aventuras, a los pulps de antes de los sesenta. Por allí aparecían numerosos sosías de personajes y grupos populares que le permitían a Ellis rememorar la «historia antigua» olvidada de esos géneros. Y en el sexto número de la serie se presentaría a la némesis de los protagonistas que resultaba ser una poco velada versión maligna de Los cuatro fantásticos: cuatro individuos que se habían dedicado a apropiarse, explotar y/o eliminar todo fenómeno sobrenatural que había en el mundo.

La elección referencial no fue baladí y la confrontación resultaba idónea: tanto Planetary como Los cuatro fantásticos son la puerta a un mundo de maravillas por descubrir. Cada uno en su momento, son una reinvención del concepto de superhéroe, tanto a nivel individual como grupal. El rasgo de oposición es que así como en Planetary descubrían esas maravillas a través de la arqueología de lo sobrenatural, echando una mirada un poco melancólica hacia atrás —con la intencionalidad metaliteraria ya comentada— Los cuatro fantásticos, los originales, se habían caracterizado por ser aventureros con la mirada puesta en el futuro, con un carácter optimista y humanista. Ellis solo tenía que mantener esa idea y a la vez corromperla —algo que se le da bastante bien— para convertirlos en villanos, en el opuesto de sus «héroes».

Pero resulta que en esta ocasión no tuvo que hacerlo demasiado. Usarlos ya era una metáfora que encerraba en sí misma una reflexión sociológica sobre la evolución y el cambio de los géneros: Los cuatro fantásticos supuso un antes y un después espectacular en la historia de los cómics de superhéroes. Aglutinaba acción, drama y ciencia ficción. Fue la piedra angular de Marvel, y el origen del superhéroe como especie dominante en el mundo del cómic occidental. Su grandeza provocó una sombra tal que desterró a los viejos pulps al olvido, rechazándose como viejos y anticuados. Y eso era precisamente lo que hacían «Los cuatro» en el tebeo de Ellis: ocultar, explotar y eliminar a los héroes anteriores a ellos. Con semejante mensaje Los Cuatro Fantásticos empequeñecían a Galactus como «devorador de mundos».

Pero ¿cómo empezó todo? ¿Había un plan de dominación mundial tras aquellos cuatro personajes?

Realmente el origen mismo de Los cuatro fantásticos tiene muy poco que ver con una voluntad comercial. Bueno, quizás algo sí, dado que Atlas (la editorial antecesora de Marvel) estaba en las últimas y prácticamente su única opción era vender o morir. En aquella hora oscura, Stan Lee se decidió a escribir un nuevo tipo de historia, algo que le rondaba la mente desde hacía tiempo. Tenía poco que perder y quizás competir con un material distinto era más factible que competir con lo mismo que hacía el resto. Aquello coincidió con la llegada de un Jack Kirby que necesitaba trabajo y que fue a aterrizar en una editorial que estaba vendiendo los muebles. Pero aceptó el reto que suponía aquel extraño cuarteto y ambos autores pusieron en el proyecto toda su experiencia en los muchos géneros de cómic en los que habían trabajado.

Resultó ser algo nunca visto que rompía a varios niveles todos los cánones del anquilosado superheroismo de la edad dorada. Para empezar, el grupo era realmente un grupo —no una reunión de superhéroes de colecciones independientes— con lazos familiares y afectivos. No solo inician su andadura juntos sino que también comparten el origen que les otorgó sus poderes. Estos poderes eran extraños y en algunos casos, como el de la adorable Cosa de ojos azules, tuvieron que sufrirlos como una maldición.

No tenían identidades secretas, estas eran conocidas públicamente y los miembros del grupo tenían que lidiar con la opinión de la gente en el día a día. A diferencia de los superhéroes de máscara y capa anteriores, no eran adorados incondicionalmente como salvadores, sino que tenían que enfrentarse a las críticas de aquellos a los que trataban de ayudar, un tema que se haría recurrente en las historias del subsiguiente universo Marvel. Tampoco tenían coloridos disfraces: llevaban uniformes sobrios y prácticos que prácticamente parecían monos de trabajo, algo más ajustados de lo normal; ellos inventaron las célebres moléculas inestables que explicaban por qué los trajes no solo no se veían afectados por los poderes, sino que se adaptaban a sus atributos. Y no vivían en exóticos o misteriosos refugios secretos o en ciudades ficticias prácticamente creadas a imagen del superhéroe, sino que vivían en Nueva York, en Manhattan, algo que el lector reconocía rápidamente: «En mi ciudad viven los cuatro fantásticos».

Pero, a pesar de toda esta imaginería visual completamente rompedora, el atributo renovador definitivo estaba en el desarrollo psicológico. Los cuatro fantásticos quedaban tan definidos por sus virtudes como por sus defectos, inseguridades y conflictos, acabando con el estigma de la perfección sin tacha en el superhéroe. Los cuatro tenían discusiones entre ellos, alguno amenazaba con dejar el grupo de tanto en cuanto y constantemente había dilemas internos con los que lidiar, al margen del atundamiento del villano de turno.

Los villanos, por su parte, también fueron objeto de replanteamiento. El tebeo continuaba la tradicional y cosmogónica lucha del bien contra el mal, pero aquí, «los malos» exponían sus razones, se les dedicaban momentos propios de desarrollo. Podían aludir a la venganza contra la sociedad, la creencia ciega en una ideología autoritaria o el rencor por motivos pasados: los villanos ya no eran malvados «porque sí».

Y esto era solo el arranque. Los cuatro fantásticos fue el campo de pruebas sobre el que poner en práctica los nuevos principios para el renovado cómic de superhéroes. Por un lado, estaba la continuidad, que establecía que los eventos sucedidos no quedaban olvidados, sino que cambiaban el universo y la realidad de los personajes. Así llegamos a ver como el romance entre Sue y Reed evolucionaba hasta el matrimonio y la paternidad. Por otro, estaban la creación de un universo compartido: por allí circulaban también los personajes de otras colecciones (Hulk fue el primero de ellos) que también vivían en ese «mundo real» y con los que cruzaban aventuras. Finalmente, existía el principio de actualidad: muchas de las historias que sucedían en el universo Marvel estaban inspiradas en los sucesos que veía la gente día a día en las noticias, que se dejaban sentir en la cultura popular y se oían a pie de calle.

Con esto, lo difícil era que lo que iniciaron Los cuatro fantásticos no se convirtiera en tendencia. Precisamente, los años míticos de la serie son los llevados a cabo por Lee y Kirby y se corresponden con casi toda la década de los sesenta, batiendo los records de longevidad de un equipo creativo al cargo de una serie de cómics. Y cierto es que la nueva onda terminó también por estancarse y generar sus propios vicios. Pero en aquel momento, en aquel lugar, lo que supusieron Los cuatro fantásticos no queda tan lejos de lo que trató de hacer Ellis con series como Stormwatch y The Authority o de sus intentos por retomar y modernizar los géneros pulp tradicionales. De hecho, el británico, después de Planetary, tuvo otra toma de contacto con los personajes, más conciliadora. Fue para la versión del universo Ultimate —un universo algo más realista, contemporáneo y duro que el de la línea principal— y paradójicamente resultó ser una versión positiva, llena de aventura científica y sentido de la maravilla, en un paralelismo que permitía estrechar las manos a través del tiempo con las de los padres de la edad de plata del género.

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