Gyo

Hay método en su locura

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Cuando nos ponemos a aventurar por qué el género de terror oriental entró tan fuertemente en su momento en nuestras pantallas, lo primero que se me viene a la cabeza es el agotamiento de los iconos habituales del género a los que estábamos acostumbrados. Vampiros, hombres lobo, fantasmas, zombis, psicópatas, monstruos varios del espacio exterior y otras dimensiones se fueron descafeinando paulatinamente. No solo ya no son terrores ignotos, sino que nos sabemos de pe a pa sus debilidades. Donde los desgraciados protagonistas las pasaban canutas para sobrevivir a solo uno de ellos ahora un aguerrido superhéroe se cepilla a hordas de los mismos sin despeinarse. También, los villanos terroríficos de los cincuenta y sesenta pasaron a usarse como antihéroes populares en los ochenta y noventa, para acabar como depiladas estrellas adolescentes carne de la Superpop. Los clásicos del terror occidental han sido sacados de las magníficas sombras que habitaban para prostituirlos rebozados de purpurina con la excusa de la reinvención. De todos estos íncubos, quizás lo único que se ha salvado de la orgía comercializante ha sido todo lo lovecraftiano. Al menos, hasta que el gran Cthulhu gane las elecciones a la presidencia de los Estados Unidos, claro.

Quizás, en busca de nuevos terrores, hemos girado nuestra mirada hacia oriente, una cultura muy diferente a la nuestra con otras referencias para lo que provoca miedo. Sus pesadillas nos resultaron frescas, como si aquel añorado portal a las tinieblas por fin se abriera de nuevo. Tenían también sus propias mitologías clásicas, sí —que para nosotros eran exóticas porque funcionaban de forma diferente y las desconocíamos completamente—, pero también generaban creaciones contemporáneas, destilando una capacidad para la imaginación oscura, para lo inesperado, para lo extraño, que verdaderamente sobrecogía.

Junji Ito como mangaka, precisamente, podría situarse en la encrucijada entre el manga de horror clásico, la vieja escuela japonesa, y el contemporáneo, emparentado con géneros más descarnados como el guro, una suerte de gore erótico a la japonesa. Dibujante de manga del que podrían construirse pertinencias como creador de terrores por la profesión con la que en sus inicios compaginaba con su trabajo como dibujante —esto es, dentista— tomaba sus influencias de uno de los grandes maestros del terror nipón, Kazuo Umezu. Considerado como padre del género en Japón, Umezu apoyaba sus narraciones en un fuerte uso del suspense y de las figuras tradicionales del folclore japonés como fantasmas, onis y otros fenómenos sobrenaturales. Ito recurre a ambos recursos con frecuencia, pero empieza a introducir vectores nuevos en sus historias. A pesar de que sus criaturas de espanto también proceden de lugares oscuros, caóticos y salvajes, Junji Ito aplica una lógica subliminal a sus trabajos. Sostiene la construcción del suspense y de sus picos de terror a través de una escalada lógica de los acontecimientos, que invita a entender la locura a la que acaban sometidos sus personajes. De esta forma, el lector empieza a leer sus historias intrigado y con sorpresa, primero,y en un cierto punto, capta los patrones de cómo se están desarrollando los eventos. Pero lejos de crear un efecto de previsibilidad anodina, su capacidad para absorber al lector en la historieta lo pone en la dura situación de saberse capaz de empatizar con la misma imaginación oscura de la que se ha servido el autor, a la hora de leer el relato. Así, el mangaka lleva la lógica de la máquina de terror narrativa que ha creado hasta sus últimas consecuencias. El lector poco avispado alucina con cada avance insospechado de la historia. Y el lector inteligente que adivina el patrón no puede evitar preguntarse hasta que punto él mismo no está «muy sano» al haberse metido tanto en el proceso.

La obra más ejemplar de este forma de horror —y que han usado también mangakas geniales más contemporáneos como Shintaro Kago— del propio Junji Ito es Uzumaki. La historia se centra en una población en la que empiezan a sucederse eventos sobrenaturales relacionados con la forma geométrica de las espirales. Los personajes empiezan a desarrollar obsesiones con la aparición de estas líneas curvas que se cierran en sí mismas en situaciones y lugares imprevisibles. Poco a poco los fenómenos van escalando en mutaciones corporales salvajes haciendo que todo aquello que pueda enroscarse lo haga. El lector, atónito, prevé lo que va a suceder y cuando se da cuenta, ya está atrapado, precisamente, en la espiral de la narración sin salvación posible.

Sin embargo, con toda la potencia de la serie de relatos que se cuenta en la serie Uzumaki, me quedaría con Gyo si tuviera que elegir una referencia capital del autor. Y la elijo por hallarse en la encrucijada entre las narraciones de suspense y terror clásico y las de la escalada lógica llevada hasta el final. Entre la vieja escuela y la moderna. Gyo empieza como una historia de terror «con bicho suelto». En los primeros capítulos, una pareja de japoneses que está de vacaciones en una localidad costera tiene que enfrentarse a una extraña criatura que les acosa en su apartamento. La primera señal de su llegada es un profundo y nauseabundo hedor. Ito juega al suspense con el lector al mostrar la presencia de la criatura sin mostrar a la criatura, consiguiendo incomodarnos. No es hasta el final de esta introducción que se revela la identidad del monstruo: un simple pez que, montado encima de una estructura mecánica, adquiere la capacidad de respirar y moverse por tierra.

A partir de ahí, la historia toma la forma del advenimiento de un holocausto. Porque, si existe una máquina capaz de darle esos atributos a un pez, ¿puede ser que no haya solo una máquina? ¿Y podría traer a tierra criaturas marinas más temibles? Y seguimos aventurando. ¿No hay más fauna marina que humanos sobre la faz de la Tierra? Si llegaran todos a la superficie, ¿podríamos defendernos? Y si caemos en la cuenta de que Japón, donde transcurre la historia, es una isla, las apuestas siguen ascendiendo. A efectos prácticos, Ito consigue construir un apocalipsis zombi con una criatura de su invención que a priori parece anodina e indefensa, dejándonos patidifusos ante una situación que nadie habría imaginado. Consigue que un pez vulgar y común pase a engrosar las filas de bichos terroríficos venidos del mar que la cultura japonesa ha usado en sus cuentos de terror, aventuras y acción. Y, tampoco hará falta decirlo, esto no es más que el principio de la escalada lógica y terrorífica que se nos viene encima cuando proseguimos la lectura.

Así, a pesar de que Gyo tiene un final, al menos para mi gusto, un poco ligero y patillero—algo por otra parte, tampoco infrecuente en el género una vez que se ha logrado la tarea de epatar al lector— queda como una muy buena historia de terror, enclave entre lo fundacional y lo actual, entre el terror personal y la gran hecatombe mundial. Amén de conseguir que odiemos el pescado de una forma que nunca habríamos sospechado.

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