El Capitán Trueno

La discutible progresía de El Capitán Trueno

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«Sírvanos vuestra espada, señor Capitán, que también es atributo de justicia».

Jacinto Benavente

Cuando algunos tebeos de posguerra empiezan a decaer, arranca con fuerza una nueva colección de aventuras: El Capitán Trueno, creada por Víctor Mora en 1956 a partir de las novelas de aventuras como Ivanhoe, de Walter Scott, y de clásicos de la historieta como Terry y los piratas (1934), de Milton Caniff, o El Príncipe Valiente (1937), de Harold Foster, con las que empezó a tomar contacto en Francia, durante su infancia en el exilio, antes de la ocupación nazi que condujo a su familia de vuelta a Barcelona. Mora se dio cuenta de que era bastante mejor guionista que ilustrador. No le sucedió lo mismo a Ambrós, curtido en dibujar cómics de aventuras desde 1946. Este dibujante, que imprimió la personalidad gráfica de la serie y de los personajes, como ese rostro sonriente del Capitán que contrasta con la circunspección de otros héroes, dejó la colección en el número 175 por el ritmo de trabajo y las condiciones laborales: «En Bruguera — dijo— consiguieron que aborreciera el dibujo, tenían mentalidad de negreros». Bruguera tenía, sin embargo, luces y sombras: contrataba a represaliados del régimen y guardó su puesto a Víctor Mora, miembro del PSUC, cuando en 1957, fue encarcelado por «masonería y comunismo».

La edición original de El Capitán Trueno consta de seiscientos dieciocho cuadernillos apaisados publicados entre 1956 y 1968, de los cuales solo son de Ambrós la mayor parte de los 175 primeros (del 1 al 35; el 37 y del 173 al 175; y, en colaboración con Beaumont, el 36, del 38 al 45 y del 47 al 168). Después se encargaron otros dibujantes (Buylla, Fuentes Man, José Grau, Martínez Osete, Pardo, Tomás Marco), presionados por la editorial para modificar su estilo con el fin de mantener el de Ambrós, hasta el punto de obligarles a recortar y pegar las cabezas de este. Luego llegó la censura de los años sesenta que borró hasta las armas de los guerreros. Al parecer, el guion fue siempre de Víctor Mora (firmaba Víctor Alcázar), excepto del 26 al 45, que los escribió Ricardo Acedo.

Lo cierto es que fue la combinación de Ambrós y Mora lo que creó una serie única de gran éxito (con tiradas de hasta trescientos cincuenta mil ejemplares semanales). El primero fue un maestro de la expresión del movimiento y de la narración gráfica; y las historias del segundo gustaron tanto que Bruguera quiso rentabilizarlo al máximo encargando al propio Mora otras series similares, como El Jabato, El Cosaco Verde o El Corsario de Hierro.

Se trata de una segunda etapa del cómic español de posguerra, en la que la historieta continuaba siendo un negocio en expansión dentro y fuera de nuestras fronteras. Si Roberto Alcázar y Pedrín (1940-1976) y El Guerrero del Antifaz (1943-1966) fueron las series por antonomasia de la España de las décadas de 1940 y 1950, El Capitán Trueno fue la de la década de 1960. A medida que el negocio se ampliaba, también se diversificaba: en 1971, revistas como Mortadelo o Pulgarcito tiraban unos doscientos cuarenta mil ejemplares y, hacia 1976, se vendían en España unos siete millones de tebeos al mes entre más de doscientas publicaciones distribuidas en los quioscos.

Las aventuras del Capitán Trueno, Goliath y Crispín mantienen el trasfondo histórico medieval de otras series de éxito, aunque más cargadas de fantasía, con viajes por todo el mundo y luchas contra monstruos terribles. Se supone que el Capitán Trueno es un caballero medieval de finales del siglo XII (en tiempos de la Tercera Cruzada), nacido en el Condado de Barcelona, ya de la Corona de Aragón. Este cómic no perseguía una coherencia cronoespacial, por lo que los cuadernillos están plagados de historias acrónicas o crónicas. A pesar de que aparecen personajes reales, como Gengis Kan, Saladino o Ricardo Corazón de León, el realismo no importa. Tanto los guiones como los dibujos de la primera época componen una obra coherente, espectacular y muy particular.

Una de las cuestiones más controvertidas es la de la supuesta crítica sociopolítica de los contenidos de esta historieta frente a otras de la época. Al respecto se han escrito simplezas y disparates repetidos demasiadas veces. Independientemente de la ideología de este autor y de otros, incluso de sus verdaderas intenciones de hacer crítica social, histórica o política, cuesta encontrarla, al menos en la primera serie. Pero es que era difícil luchar contra la educación recibida, contra la coyuntura y contra la censura.

En general, si se compara, por ejemplo, con un tebeo supuestamente más anclado en la ideología del régimen, las diferencias ideológicas son pocas. El Guerrero del Antifaz ya llamaba «caudillos» a los cabecillas musulmanes en los cuarenta y no se considera crítica política (como se dice de El Capitán Trueno). En ambos cómics se hacen comentarios despectivos hacia el enemigo, como «moritos»; en ambos existe superioridad de lo masculino sobre lo femenino, aunque muestren ejemplos de mujeres fuertes: como Zoraida o Sigrid. Ambos defienden el cristianismo y marcan las distancias entre la nobleza de los protagonistas y el pueblo llano: el Capitán lucha al grito de «Santiago y cierra España»; el Guerrero no se siente «ni noble ni plebeyo» cuando actúa como servidor de la cruz. Y ambos encuentran amigos entre los musulmanes y enemigos entre los cristianos, a pesar de que el contexto geográfico del Guerrero lo hace más maniqueo. Ambos defienden la justicia, el honor y al débil. Los autores de ambos se ven sometidos a un ritmo de trabajo frenético y a la obligación de tramas cortas que continúen la semana siguiente. Ambos renacen en los ochenta con una nueva pátina progresista, que introduce nuevos temas antes prohibidos por la censura, guiños políticos, violencia explícita, escenas sexuales…

Aunque quizá El Capitán Trueno fuera menos maniquea que otras de la época, seguía constreñida por los presupuestos sociopolíticos del contexto y sufrió, como el resto, los ataques furibundos de la censura de los sesenta. Se ha querido ver en El Capitán Trueno un referente de la lucha antifranquista y contra la opresión que representa los ideales del autor, pero es difícil apreciar la carga política y social, al menos en las series originales, dejando a un lado todos los refritos posteriores.

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