Fénix

El eterno retorno

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Resulta difícil encontrar en la historia del cómic a otros autores comparables a Osamu Tezuka en términos de producción, calidad e influencia. Si acaso, podríamos mencionar el nombre de Jack Kirby, que supo redefinir absolutamente el género de los superhéroes en Norteamérica —y por extensión en el mundo entero— no sin antes haber sido prácticamente inventor junto a Joe Simon de los cómics de romance. Del mismo modo, Tezuka sentó las bases del manga infantil y de aventura en los años cincuenta, aportando al medio características que ahora nos parecen naturales en el tebeo nipón como los grandes ojos expresivos, que el propio Tezuka —que también fue animador— tomó de su admiración por las películas de Walt Disney.

De entre su producción más temáticamente ligera (pero igualmente magistral) destacan las archiconocidas Astro Boy y Black Jack, dos series de largo recorrido que aún hoy en día siguen inspirando la producción de los jóvenes autores. Desde finales de los años sesenta, bajo la influencia del gekiga, un nuevo tipo de manga adulto, Tezuka comenzó a producir obras con un mayor poso filosófico. Sin olvidar en ningún momento la condición última del cómic como entretenimiento y elaborando tramas frenéticas y emocionantes, el dibujante fue dando salida a sus preocupaciones más humanas, casi siempre centradas en el conflicto moral y la eterna lucha entre el mal y el bien en el marco de lo socialmente aceptado. Fruto de esta deriva en su producción son obras como Adolf, Oda a Kirihito, El libro de los insectos humanos o MW, donde el lector encontrará al Tezuka más oscuro. Sin embargo, la auténtica opera magna de Tezuka —el trabajo de su vida, en sus propias palabras— fue Fénix, una larga saga comenzada en 1967 y que quedó inconclusa debido a la muerte del autor en 1989. La serie, con un total de más de tres mil páginas —una nadería cuando se tienen en cuenta las más de ciento cincuenta mil páginas que se dice que Tezuka llegó a dibujar— se divide en capítulos ambientados en distintos espacios temporales que se alternan en sucesivos capítulos y que abarcan desde el 240 d. C. hasta el 3050 d. C., con la intención de converger en un hipotético último capítulo ambientado en el presente.

Fénix es el epítome de la obra de Tezuka, la serie en la que confluyen todas sus distintas vertientes. Por un lado, se permite la recreación histórica, siempre incluyendo anacronismos intencionados e interludios extradiegéticos, y por otro aborda un hipotético futuro que visitó muchas veces a lo largo de su carrera. Abarca por igual los géneros del thriller, el drama, la ciencia ficción y el humor, combina el dibujo realista con la caricatura más extrema y sabe ser tan clásico como vanguardista. El trasfondo último de Fénix es el estudio de la condición humana y su ansia por la supervivencia, que muchas veces lo impulsa a mostrarse mezquino y cometer actos reprobables. A veces con mayor y otras con menor claridad, los personajes de las distintas épocas reflejadas en la saga son trasuntos de sí mismos en otras eras, enlazados por la idea del ave fénix, que renace de sus cenizas. El concepto entronca con la idea de la reencarnación presente en las religiones budista e hinduista, aunque en el caso de Fénix, curiosamente, encontramos más paralelismos con esta última. En estas historias encadenadas pero que permiten a la vez una lectura independiente, Tezuka tuvo el espacio y los escenarios suficientes para volcar todas sus obsesiones pero, sobre todo, pudo demostrar una vez más su condición de dibujante de raza. Al igual que Kirby, Tezuka era una especie de fuerza de la naturaleza, y a extensión e intensidad de las historias que componen Fénix eran un campo abonado para el desmelene absoluto, algo que por otra parte siempre caracterizó al autor. Las inventivas composiciones de página de Tezuka, la manera en que era capaz de ralentizar y acelerar hasta el frenetismo las escenas, los subrayados que imprimía su siempre exagerado dibujo caricaturesco y el poder simbólico y evocador de muchas de sus páginas, convierten Fénix en una biblia del cómic, un libro de libros, un catálogo inagotable sobre cómo contar una historia con dibujos donde otros dibujantes y lectores pueden volver una y otra vez para asombrarse con la inventiva y originalidad de un hombre que era un destajista y un artesano, pero que sobre todas las cosas era un hombre con su propia visión del mundo y un artista.

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