El Eternauta

La víctima como héroe

En algún lugar de Buenos Aires, en un comercio de comidas caseras con las vallas pintadas de rojo, de amarillo, de azul, hay un letrero: «El único héroe válido es el héroe colectivo». Es una adaptación de una cita muy famosa de Oesterheld, de Héctor Germán Oesterheld, el guionista de historietas que publicó El Eternauta, con Francisco Solano López al dibujo, entre 1957 y 1959, en la revista Hora Cero. Eran tiras, los lectores tenían que esperar a la tirada siguiente y, además, tenían que recordar la historia. Así que al principio se les resume lo que ha ocurrido hasta ahora y al final el relato se resuelve con un «continuará». Y los «continuará» son el mejor recurso de tensión narrativa que conoce cualquier género artístico. El Eternauta es, pues, un folletín. El folletín, ese género impagable de grandísimas obras literarias, desde Historia de dos ciudades hasta Ana Karenina, desde Los tres mosqueteros hasta La flecha negra.

Eran los años de la dictadura argentina de la Revolución Libertadora. Faltaban veinte aún para que a Oesterheld lo desaparecieran junto con buena parte de su familia: sus cuatro hijas, sus yernos, sus nietos. Menos su mujer, todos. Incluso desaparecido, otros han seguido escribiendo historias inspiradas en El Eternauta. Más políticas, menos políticas. Muchas. Supongo que se seguirán escribiendo más.

Juan Salvo es un tipo normal que se reúne con sus amigos para echar una partida a las cartas. Al truco, que además es un juego de equipo, por parejas. Se dan cuenta de que comienza a nevar en Buenos Aires. En Buenos Aires no nieva nunca. Esa es la historia que El eternauta, porque así lo llamó un filósofo de finales del siglo XXI, le cuenta a un guionista de historietas, al propio Oesterheld. Y esta es la historia que no les vamos a contar.

El Eternauta debería llevar impreso un pequeño letrero: Acuérdese de respirar, o algo así. Es un folletín, sí, no sabemos qué va a ocurrir después del siguiente «continuará» y ni siquiera nos imaginamos a qué horrores se van a ver expuestos nuestros protagonistas (porque son nuestros), qué nuevas pruebas más allá de la anterior, qué dificultades tendrán que salvar y a quiénes se están enfrentando. Es un folletín y, por eso, mantiene la intriga, la mantuvo, semana tras semana, durante un par de años. Pero no es el cómic argentino más importante de la historia por ser un cómic de suspense y de ciencia ficción.

Lo es porque suscita todas las preguntas. Si puede uno quedarse en casa, guarnecido, sabiendo que ahí afuera muere gente; si es el individualismo el mayor error que puede cometer un ser social o si, al mismo tiempo, ese ser social no dejará de serlo cuando tenga que sobrevivir. Porque aquí se habla de supervivencia y de lucha. De inteligencia, de guerra, de instrumentos militares, de armas, de engaños, de miedo y de esperanza. Nos recuerda que hay que luchar contra los monstruos y que los monstruos siempre mueren. Y, sobre todo, nos recuerda que la gente que lucha es gente normal. El héroe es un concepto fascista, de todos modos. El superhombre solo, siempre un macho, siempre triunfante, el líder al que no se cuestiona y al que todos siguen con fe ciega… El concepto está muy bien, cuando tienes seis años. A los treinta, aterra. Y así, señores, con un tebeo serializado, un guion cogidito con pinzas y mucha tensión narrativa, un par de tipos que tenían claro que los héroes son creaciones aterradoras que solo sirven para los cuentos de antes de dormir, comenzó el cómic para adultos.

Porque, a pesar de la cita del principio («el único héroe válido es el héroe “en grupo”, nunca el héroe individual, el héroe solo») aquí, héroes, no hay ninguno. Este cómic está poblado de víctimas. Tipos corrientes, mujeres corrientes (y pasivas, ya, muy pasivas: estamos en la Argentina de finales de los años cincuenta) que toman la iniciativa, que ponen su sabiduría y sus ideas al servicio de los demás o que intentan explicar cuál es la desgraciada justificación para que actúen como actúan.

Ya lo dijo Graham Greene: «Si conociéramos la última razón de todo, tendríamos compasión hasta de las estrellas». De eso también habla El Eternauta. De la compasión.

Supongo que esa es la razón por la que, en medio de una escena cualquiera de guerra, olvidándome de respirar durante cuatro o cinco páginas, de pronto haya pensado en la belleza de los objetos cotidianos, en lo hermoso de morir como uno quiere y en que quizá la mayoría de la gente pueda ser buena si al fin la ves y haya terminado llorando.

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