Aventuras de un oficinista japonés

It’s dangerous to go alone!

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Por norma general, los viajes tienden a ser inolvidables. O al menos, esa es la intención. Si no lo son, o forman parte de una rutina diaria, entonces los llamamos desplazamientos. Aunque nos dirijamos de una ciudad a otra, si lo hacemos cada día, no es más que un mero desplazamiento. Uno que, a fuerza de repetirlo, lo convierte en superfluo. Borramos de la memoria cualquier experiencia con el entorno durante el tránsito espacial. Caminamos o conducimos con inercia y dedicamos nuestros pensamientos a organizar mentalmente el día, en la ida y a reflexionar sobre lo sucedido, en la vuelta. El entorno no existe. Hasta que llega José Domingo a dibujar tu rutina diaria de la vuelta a casa.

Aventuras de un oficinista japonés es sincero como un ladrillo a la cabeza con su título, desde la primera página. Efectivamente, un oficinista japonés sale del trabajo en la primera viñeta, avanza unos pasos y en cuanto cruza la primera calle, le pasa de todo. Y cuando escribo «de todo» la expresión se me queda realmente corta. Con una plantilla de base de cuatro viñetas por página, alterada ocasionalmente por viñetas a una página, José Domingo narra el viaje de su personaje —la mayor parte del tiempo en huida loca— a través de calles atestadas, bosques misteriosos, moteles de carretera, callejones oscuros, cuevas, inframundos, montes místicos… —la lista es tan extensa como variopinta— para regresar a su humilde morada. En esta loca odisea se observa fácilmente la inspiración de los paradigmas gráficos de los primeros autores de la historia del tebeo, concretamente de la tira humorística de tipo slapstick —humor a través de trastadas físicas, tropiezos y persecuciones— que han sido recuperados también por autores contemporáneos como Chris Ware, Seth o Max. Aquí, en su ejecución, se dispone a los personajes, como en aquellas primeras tiras, en un escenario teatral —la viñeta— donde se desarrolla la acción, ofreciendo al espectador un asiento de butaca ideal para el espectáculo y evitando los cambios de plano típicos del cómic más influenciado por los recursos cinematográficos. Y sin embargo, la acción no pierde un ápice de dinamismo. Domingo va incluso más allá y se marca el límite a la vez que desafío —es una declaración de intenciones ya en la portada— de colocar al protagonista en el centro de la viñeta la mayor parte del tiempo posible. Así juega con una divertida paradoja, el oficinista, que realmente no para de moverse casi todo el tiempo, no se desplaza del centro de la viñeta, mientras que el mundo alrededor va cambiando. Casi como si estuviera en una cinta de carreras de gimnasio en la que uno corre, pero no se mueve de sitio, con un escenario móvil cambiante. Domingo usará este efecto predominantemente en la historia, pero no será esclavo de esa idea: también «parará el mundo» cuando toque y dará movimiento a través de ese espacio cuando la acción narrativa se lo requiera. Con esto, el autor consigue establecer sus propios principios de narrativa gráfica coherentes para toda la historia, algo que, sin duda, le da un espíritu único.

Pero, así como relacionamos este tebeo con los clásicos, también hay que decir que lanza conexiones con un paradigma visual moderno, multicolor, con la experiencia de un espacio en tres dimensiones, con personajes que recuerdan la estética de los avatares cabezones que han circulado por redes sociales o incluso con el eco atmosférico de videojuegos como The Legend of Zelda donde los personajes viven sobre mundos-plataforma y se relacionan con los elementos a su alrededor. Porque el mundo a través del que se mueve nuestro adorable chupatintas nipón está repleto, repletísimo de detalles, de elementos, de anécdotas escondidas que invitarán a su relectura. El tebeo además, está editado en un libro enorme —en este caso muy acertado— que nos permite sumergirnos en los microcosmos que alojan cada viñeta.

El viaje que nos propone José Domingo es completamente inesperado e imaginativo. Uno podría decir que, con el espectacular despliegue del recorrido, podría haberse conformado con un final corrientito para su conclusión. Pues no, el final de Aventuras de un oficinista japonés es uno de los mejores que habrán leído jamás en una historieta de estas características, consiguiendo sorprender al lector una última vez, de la forma menos esperada y arrancándole una última sonrisa. La obra, no en vano, se llevaba el premio del 30 Salón del Cómic de Barcelona a la mejor obra y el premio a la obra con el mejor final en los Golden Globos de Freedonia en el 2012, demostrando que agradó tanto a crítica como a público.

Aun más. La del final no sería la última sonrisa que nos sacaría. A su conclusión, el autor nos regala dos geniales páginas de epílogo que son un pequeño guiño del que podríamos deducir que el viaje del japonés realmente podría tener una duración indefinida, mientras le quede tinta en la pluma a Domingo para dibujar aunque sea un minúsculo punto. Y que si le pone «punto y final» es porque él quiere.

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