American Splendor

La monotonía vivida al límite

American Splendor

El lema del legendario tebeo de Harvey Pekar reza «la vida ordinaria es algo muy complejo». Se trata de uno de los primeros cómics autobiográficos, pero goza de esa particularidad, trata sucesos corrientes. No glosa grandes gestas personales, sufrimientos bíblicos o tremendas conquistas. Se trata de la vida de un empleado administrativo de un hospital que vive con sus gatos, sus discos y tiene problemas para relacionarse con las mujeres. No hay más.

No obstante, hay otra afirmación de Pekar mucho más interesante aún. «Con dibujos y textos puedes hacer lo que quieras». Es uno de los más grandes elogios que se han hecho de las posibilidades del noveno arte que él mismo se dedicó a explotar. Difícilmente en otro formato la vida a menudo anodina y solitaria del protagonista hubiera podido tener algún tipo de interés, pero sus vivencias, dentro del mundo de las viñetas, enganchan más que la heroína. ¡Es la magia del cómic!

American Splendor comienza relatando cómo a través de su pasión por el jazz, Harvey llega a conocer a Robert Crumb, quien se ofrece a dibujar sus guiones. Eso era a principios de los setenta, después, hasta 2008, sus historias fueron ilustradas por decenas de manos, entre las que destacaron Joe Sacco o Alan Moore.

El atractivo del tebeo está en lo más mundano, en las reflexiones intempestivas de este hombre. A veces es un retrato de la superficialidad de algunos de los que le rodeaban, sus mentiras y ambiciones. En lo sucesivo, es verdad, su vida se fue enderezando y logró una relación estable de pareja y una hija adoptiva. Pero antes de eso, es particularmente divertido, por ejemplo, el escarceo que tiene con una chica que resulta ser una desgraciada y mentirosa, pero a la que Pekar volvería a intentar tirarse una y otra vez, según reconoce, porque se le comía la soledad en ese momento ¿o no haríais vosotros lo mismo?

Es también edificante leer cómo surge su amistad con otro fan del jazz que está fuera de su entorno. Resulta que todos los que componen su círculo de amigos le dejan tirado miserablemente cuando les pide que le hagan un favor y ahí aparece ese hombre, cumplidor y de principios. Pekar reflexiona para nosotros sobre qué es lo más importante que le puedes pedir a tus allegados. Ni que molen ni que dejen de molar: compromiso. Del mismo modo también resulta especialmente curiosa su relación con el coleccionismo de discos. Esa afición tan bien considerada en el ámbito de los obsesos por la cultura popular, Pekar la describe como una pequeña pesadilla en la que hay más de necesidad por hacerse con una copia de todo lo que se ha grabado que ganas de disfrutar escuchando música. Es un problema de megalomanía. Su mentalización, cómo sale del hoyo de gastarse la mitad de lo poco que gana en discos, parece la experiencia de quien supera la adicción más terrible.

Tampoco el autor en estas exhibiciones de sentimientos y miserias intenta quedar bien con el lector. Llega a relatar al detalle sus patéticas hinchazones de ego, como cuando escribía sesudos artículos en revistas de tirada nacional, pero en su entorno de trabajo, una gris ocupación, nadie se daba cuenta del valor o interés que tenían y encima una chica no le hacía caso. Él estalla. Les trata a todos mal, a gritos. Y luego reflexiona sobre su soberbia y prepotencia repugnantes. Una forma muy singular de relacionarse con el lector. Porque digamos que con historietas de esta clase, el que se sitúa en el diván es él, pero al final el que se lame las heridas eres tú.

También, la Cleveland en la que transcurre la gran mayoría de todas estas historias aparece como una ciudad degradada. Los problemas étnicos se describen sin corrección política, es el todos contra todos estadounidense donde no encajan nuestros «buenismos» europeos. En cualquier caso, Pekar tiene una fuerte conciencia política, la defiende en muchas de estas páginas y también en la vida real, válgame la redundancia, pues una es solo el reflejo de la otra.

Durante los ochenta fue invitado al Late Night de David Letterman. Al igual que ocurriera en España con los imitadores que surgieron de este presentador, la intención de su programa era echarse unas risas a costa del invitado, pero la jugada no le salió tan bien a los guionistas. Se defendió de las bromitas como gato panza arriba y tuvo que salir forzosamente del programa cuando empezó a deslizar los trapos sucios de los accionistas de la cadena. Él y su mujer siempre intentaron desarrollar proyectos comprometidos. Poco antes de morir, vio la luz Macedonia, la visión de una estudiante de doctorado sobre el singular conflicto de este país balcánico a la que Pekar animó a plasmar en viñetas su experiencia allí.

Aunque el tebeo narre algo tan poco trepidante a priori como la vida corriente de alguien, American Splendor nunca pierde interés. En sus últimas entregas, vemos que por fin el protagonista consigue arreglar el baño de su casa sin que aquello quede como Hiroshima. Uno queda encandilado con la historia como si fuese la hazaña de un superhéroe a los que él tanto rechaza. Nunca pierde fuerza por más que las historias sean de lo más doméstico.

También en este último tramo Pekar vuelve la vista atrás y cuenta su infancia. Esa sucesión de errores que compone nuestros primeros años de vida se muestra de forma magistral, como en Érase una vez en América o Una historia del Bronx. En su caso, logró vencer su timidez e inseguridad el día que descubrió que era bueno peleando y los puños se convirtieron en su forma de relacionarse con el resto de adolescentes.

La narración de su fracaso en la universidad, donde no podía soportar la idea de no sacar notas brillantes, o en el ejército, del que le echaron el primer día tras sufrir un ataque de pánico al tener que lavarse su propia ropa, son fundamentales para entender su personalidad, la de un gruñón pesimista, desordenado y caótico que al mismo tiempo es un brillante autodidacta.

Un somero resumen de toda su obra fue llevado al cine en un celebrado y premiado film protagonizado por Paul Giamatti. Por supuesto, todo lo relativo a la promoción de la película y los viajes que se permitió a su costa, y a su pesar, fueron impenitentemente llevados a los números posteriores de American Splendor.

En una de estas últimas historietas, Pekar aprovechó para contar la estrecha relación que mantenía con el mundo de los fármacos. Tumbado junto a uno de sus gatos, da buena cuenta de un auténtico banquete de pastillas. Lo cuenta con humor, pero en 2010 murió por una sobredosis de medicamentos. Así de sinceras y desnudas eran las viñetas en las que nos contó su vida: En una historieta se veía venir su trágico desenlace y así ocurrió.

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