Makoki

Lisérgicas memorias del lumpen barcelonés

Gallardo y Mediavilla Fuga en la modelo cubierta

Antes de que Barcelona celebrase sus Juegos Olímpicos y su aspecto cambiase para siempre, era una ciudad mediterránea prototípica. Algo en la línea de la cercana Marsella. Estaba llena de marineros, soldados y camioneros, prostitutas y travestis, ladrones, traficantes, contrabandistas, expresidiarios, emigrantes españoles huyendo de la ruina rural e inmigrantes llegados de África, de Asia, jipis, modernos, artistas… un sin fin de personajes sin rumbo, todos ellos controlados con mano dura por la policía franquista. Era un hervidero de historias que ahí seguirán en los archivos de los tribunales meticulosamente relatadas y que sirvió de caldo de cultivo para la aparición de Makoki.

El origen de la historieta fue un relato de Felipe Borrallo, Revuelta en el frenopático, de 1976. El protagonista era un loco internado en un psiquiátrico. Un día se produce un motín de los enfermos y Makoki consigue escapar, pero le han dado tanto electroshock que se va con los cables colgándole de la cabeza y, de tanto en cuanto, se tiene que meter una buena descarga de megavatios para ponerse a tono. Eso, y algo de mandanga. De hecho, para conseguirla tiene
una banda, La Basca, formada por El Niñato, El Cuco, El Emo y Morgan, con los que va metiéndose en líos y corriendo unas aventuras absolutamente delirantes.

El tebeo de Miguel Gallardo y Juanito Mediavilla está considerado como el máximo exponente de la llamada «línea hunga», un término que usaron en su día los dibujantes que querían distinguir algunas de sus historietas más gamberras e irreverentes de la «línea clara» que marcaba la revista Cairo con sus cómics de aventuras o policíacos, tebeos aseaditos y para todos los públicos.

Las historias de Makoki bebían de la calle en sentido literal. Primero el lenguaje, que era una exquisita reproducción de la jerga taleguera que se podía escuchar en aquellas calles oscuras. En muchas ocasiones la gracia estaba en los giros y expresiones, sin necesidad de acción. Esos «está de putifa», «ven aquí guapa que te voy a meter este puro en a boca que te vas a creer que tienes sinco mil pelas de chicle», «un mercancías mu largo, mu largo… más que una meada cuesta abajo». Muchas de ellas aún se siguen repitiendo. Makoki llegó a ser un pequeño fenómeno social en determinados ambientes.

Del mismo modo, las ocurrencias para las historias también venían del barrio. De lo que escuchaba o había visto Borrallo por los callejones oscuros de La Ribera, en la Rambla, o de Juanito. Porque Mediavilla, el guionista, tenía familiares que eran delincuentes de baja intensidad, en el piso que utilizaban como estudio a veces se quedaba a dormir alguien allegado que acababa de salir de la cárcel y por unas vías u otras terminaron absorbiendo como esponjas todas las vivencias y recuerdos de esta gente que vivía al margen de la ley.

Hasta tal punto llegó la obsesión por documentarse que cuando Makoki y sus amigos iban a Madrid, recorrían los barrios de marcha de la capital entrando en los bares de moda del momento, como La Vía Láctea o la Sala el Sol. Para retratar a la perfección escenarios como Granada, Málaga, Melilla o incluso Nueva York, Gallardo echó mano de postales logrando auténticas obras de arte en cada viñeta. Su estilo empezó cercano al de E. C. Segar y fue evolucionando de forma muy personal e inconfundible hasta crear algunas de las páginas más brillantes de la historieta underground española. En este sentido, hay que destacar la historieta de Fuga de la Modelo, en la que los autores fueron al Colegio de Arquitectos a por los planos de la prisión barcelonesa, de modo que con ellos y las descripciones de cómo eran las celdas que les habían contado los presos que conocían, terminaron pariendo una historieta mítica en la que el realismo formaba parte del chiste.

Las aventuras de Makoki eran auténticas locuras, con giros imposibles, palizas y persecuciones cada dos por tres. Era un cómic de puro nervio y en eso también fue deudor de su época. El escenario barcelonés descrito en el que vivían los autores hay que situarlo en los años de vacío de poder tras la muerte de Franco. Una etapa donde la única realidad palpable era la dureza de las fuerzas de seguridad del Estado, el paro y la delincuencia, pero en la que al mismo tiempo persistía un anhelo irrefrenable de libertad y diversión. Superada la época de los hippies, ahora los jóvenes querían recuperar la ciudad, el rock and roll primigenio y de Londres llegaba el estallido punk el mismo año en que Makoki iniciaba su andadura en las páginas de Disco Express. Este Makoki despendolado y sin un mensaje de paz y amor que darle al mundo era fruto de todo aquello.

Se podría decir, además, que fue la perfecta fusión entre el cómic underground americano y el tebeo de tradición española de la escuela Bruguera. El primero había empezado a llegar con cuentagotas a alguna tienda o lo había publicado la revista contracultural Star, el segundo lo habían mamado los autores desde pequeños, ese Carpanta de Escobar o las historietas de Vázquez. Al final fue como si los personajes de las películas de Berlanga interpretasen una aventura de los Freak Brothers. Además, el formato resultante sirvió para articular la primera revista El Víbora y luego el Makoki, publicaciones en las que luego empezaron a aparecer los mejores dibujantes de la siguiente generación de cómic underground, como Mauro, Calvo o Calpurnio.

Finalmente, Gallardo decidió matar al personaje para evitar incómodas duplicidades. Acabaron con él unos skinheads, una muestra de los nuevos tiempos. Cuando le prenden fuego, Makoki estaba durmiendo en un contenedor de basura. La nueva Barcelona ya no era para él.

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