Bone

Cómo conservar intacto el sentido de la maravilla

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A veces tengo un sueño particularmente vívido. En él me veo atravesando un desierto inacabable en compañía de mis dos primos: el alto y desgarbado Smiley camina a mi lado con su habitual sonrisa plácida en la cara; Phoney, enfurruñado, arrastra los pies y murmura contra la ingratitud de nuestros vecinos. Mientras camino me doy cuenta, con esa claridad que solo se tiene en sueños, de que en realidad los tres somos una sola persona, o tres partes de un solo espíritu… Pero antes de poder desarrollar esa idea nos vemos sumergidos en una asquerosa nube de langostas que nos separa y desorienta. Cada uno de nosotros llega por su cuenta a un valle diminuto, tan antiguo como el mundo, en el que el tiempo parece haberse detenido y en donde intuyo que voy a vivir una aventura épica e irrepetible… Y entonces me doy cuenta de que esa nube de langostas es la puerta a través de la que he entrado en la Dimensión Desconocida.

Leer Bone del tirón, en su formato de novela gráfica, es como dejarse llevar por un sueño agradable y retorcido de los que le asaltan a uno las noches largas de invierno. Un sueño en que se mezclan las normas clásicas de los cuentos de hadas (una princesa que desconoce su verdadera identidad, un héroe honesto pero improbable) con una imprevisible lógica interna por la que los insectos hablan y se comportan como amables espías, una anciana compite contra vacas corredoras en desquiciadas maratones o una abeja gigante fuma puros y se pelea a puñetazos. Bone parece a primera vista el sueño que podría tener un niño, con sus protagonistas con alma de cartoon dibujados con trazos sencillos, su frecuente recurso al slapstick de caídas, golpes y carreras, o sus chistes visuales de humor blanco que invitan a la carcajada (el mítico «¡estúpidas, estúpidas mostrorratas!»). Pero es algo más que eso. Bone es más bien el sueño que podría tener un adulto recordando inconscientemente la imaginación desbordante y el sentido de la maravilla que solo poseen los niños. Cuando el héroe Fone Bone sueña con un dragón mayor que una montaña asomando en medio de un tsunami accede a ese sense of wonder que desencaja la mandíbula y llena de asombro y fascinación. La tiernísima «historia de amor» entre la princesa y el héroe, desprovista de carácter sexual más allá de un par de chistes inofensivos, recuerda a los primeros e intensos romances de la infancia…

Este sutil equilibrio entre trasfondo infantil y narración adulta ha sido frecuentemente incomprendido. Jeff Smith, creador y alma de Bone, fue contactado hace años por los estudios Paramount y Nickelodeon para preparar una película de animación. El autor aceptó pero fue listo, redactó bien el contrato para no perder el control de su obra, y acabó renunciando a la película cuando desde los estudios le presionaron para que «simplificara» e «infantilizara» el argumento e incluyera una canción de (ay, dios) Britney Spears o ‘N Sync. Entiendo perfectamente la negativa de Smith, por muchos millones que se pusieran encima de la mesa. Meter algo así en una película de Bone es abrirle la puerta a una intromisión violenta del mundo adulto en un espacio que no le corresponde. Bone ya no sería equivalente a un adulto soñando como un niño, sino a un adulto tratando a un niño como un imbécil para idiotizarlo y venderle cosas. ¿Cómo mezclar el marketing prefabricado, moderno y de rápido consumo de Spears con una historia intemporal que rescata la poderosa ingenuidad de la infancia?

Para evitar este tipo de dilemas (entre otros motivos) Bill Watterson renunció a que se produjera cualquier tipo de merchandising de su Calvin & Hobbes: ni película, ni videojuego, ni tazas de desayuno. Pero Jeff Smith no es Watterson, por suerte y por desgracia, así que no solo se ha desarrollado un videojuego (curioso pero pelín olvidable) a través de Telltale Games, sino que, tras el tropezón con la Paramount, vuelve a estar sobre la mesa la posibilidad de una película de Bone, esta vez con Warner Brothers y el estudio de animación de Happy feet.

¿Qué debería contener una película de Bone para respetar el espíritu del cómic? En primer lugar la estética, el dibujo claro, dinámico, expresivo y engañosamente sencillo de Jeff Smith… Trazos claramente deudores de la mítica tira cómica Pogo de Walt Kelly, pero con suficiente personalidad propia como para ser reconocibles no solo en sus personajes, sino en situaciones y escenarios. Ronda por ahí un vídeo en que se ve a Smith paseando por Old Man’s Cave, la caverna auténtica en que transcurre parte de la acción del cómic, y sorprende comprobar cómo logró dibujarla simplificándola y reduciéndola a su mínima expresión, respetando al mismo tiempo su esencia en unos pocos trazos precisos.

Inicialmente Bone se publicó en blanco y negro, hasta que Art Spiegelman tuvo una larga charla con Jeff Smith en la que le convenció de que para la edición en novela gráfica contratara a un colorista. Este fue el argumento definitivo: «Maus habla del Holocausto, de la guerra, así que debe estar en blanco y negro. Bone trata de la vida, y no estará acabado hasta que esté en color».

Por supuesto, Spiegelman tenía razón. Por debajo de los chistes y de las batallas circula una enérgica corriente subterránea de vida, renacimiento, humor y valentía como antídotos para la tragedia. En varias entrevistas Smith ha dejado entrever que cada elemento de Bone tiene una simbología que no le apetece hacer explícita, y cierto es que la narración deja caer pistas y fogonazos de una cierta mitología: el sueño como conector de todos los seres vivos, el papel de los dragones y el señor de las langostas como opuestos necesarios en la creación del valle y por tanto del mundo… Y, en un memorable episodio, la aparición de una luz cálida, acogedora y al mismo tiempo terrible en lo más profundo de la oscuridad.

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