Doña Concha. La rosa y la espina

El protofeminismo de Concha Piquer

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Leer Doña Concha, de la historietista Carla Berrocal (Madrid, 1983), es como mirar un álbum de fotos de una familia que no es la tuya: íntimo y desconocido a la vez. El cómic, publicado por Reservoir Books en 2021, no es la biografía de la cupletista Concha Piquer, sino la perspectiva personal de Berrocal sobre cómo ve ella a la Piquer. Cómo la nombra en la portada que da título a la obra ya da una pista sobre la forma en que la dibujante aborda la figura artística de la cantante: «doña», con la distancia del respeto, y «Concha», con la cercanía que supone usar el nombre de pila sin el apellido. Gracias a esa posición que toma la autora desde la mismísima portada, este tebeo es mucho más honesto —e interesante— que cualquier biografía que, por su género, se sitúa a sí misma como un ejercicio objetivo. No hay un trazo del nacimiento a la muerte, sino una elección consciente de los detalles que a la autora le resultan más relevantes para contarnos no quién fue Concha Piquer, sino quién fue Concha Piquer para Carla Berrocal.

El relato que construye la autora con Doña Concha funciona tanto por lo que está presente como por lo ausente. De ella se han narrado anécdotas de todo tipo sobre cómo trataba a su equipo o las rivalidades que había entre ella y otras cupletistas; sin embargo, esto apenas cobra importancia en el cómic, donde sí adquiere protagonismo su relación con Manuel Penella cuando ella tenía dieciocho años y él cuarenta y largos. Berrocal también relata una historieta paralela, como un segundo nivel de lectura, sobre el intento de violación que sufrió Concha Piquer en Nueva York. Una forma de contextualizar no solo un periodo de la artista que quizá se ha idealizado, sino también lo que implicó vivir y triunfar en un entorno de dominación masculina y lejos de tus seres queridos. «Me siento muy sola, Manuel», dice Piquer en una de las viñetas. Como ejercicio feminista, la dibujante consigue visibilizarla como víctima de violencia sexual sin que ese sea el eje central. La vivencia no desfigura por completo el retrato de la artista, algo poco habitual cuando se narran estas experiencias: casi siempre desde una óptica compasiva o condescendiente que nos construye como un sujeto monolítico sin agenda, incapacitándonos para ser algo más en la vida que simplemente víctimas.

Y en ese «dejar ser», Doña Concha apuesta por resignificar la ambición femenina al retratarla como una artista, pero también como la empresaria que fue. En ese sentido, el cómic diferencia la recreación de la vida del personaje —en blanco y negro— de la creación —con páginas a color donde Berrocal entrevista a historiadores e investigadores—. En estas páginas es donde la autora actúa como transmisora de conocimiento, creando un relato novedoso en el que, a través de académicas como Lidia García, disputa la idea de que la copla fue franquista y una correa de transmisión de valores patriarcales simplemente porque se produjo en aquella época. «La copla es la melodía que tuvieron esas mujeres [pobres], mujeres que han llevado a cabo esos cuidados durante todo ese tiempo, siempre invisibilizados. Qué curioso que la música que las acompañaba también fuera invisibilizada», explica García en el cómic. Desde un punto de vista subversivo, la copla, como suele afirmar la investigadora Elisa McCausland en relación al «mainstream invisible», bien pudo ser un artefacto político en oídos de esas receptoras. O como dice Lidia García en el cómic de Berrocal: «La copla es la música de las mujeres que cuidaban, que la usaban para canalizar cosas de las que no podían quejarse en la vida diaria. Cantando podían decir: “Tú, desgraciao, que arrieros somos”. Pero en la vida real igual no se lo podías decir a tu marido porque te pegaba una hostia. Sin embargo, en la copla lo puedes chillar, lo puedes gritar».

Así, Doña Concha también contrapone los puntos de vista patriarcales —como el del historiador musical Martín de la Plaza cuando dice que Concha Piquer «se creía el ombligo del mundo»— con los feministas —«la demonizaron por su carácter», afirma la hispanista y profesora Stephanie Sieburth—.

Siempre es arriesgado formular el pasado con el lenguaje del presente. Pero si algo se desliza de Doña Concha es que el conocimiento académico le ha robado la historia emocional a miles de mujeres. Excluirlas del feminismo, aunque ellas no se nombraran así a ellas mismas, es otro ejemplo más de cómo las mujeres debemos ser prístinas y diamantinas para alcanzar estatus y reconocimiento. Concha Piquer, a los ojos de Berrocal, es imperfecta, pero también una protofeminista. O lo que hasta hace no mucho, a falta de un lenguaje propio, se decía que era «una adelantada a su época».

A menudo puede dar la sensación de que los movimientos transformadores aparecen de la nada, por generación espontánea. La desmemoria expropia el trabajo de las que fueron ingobernables, como la Piquer o como tantos seres femeninos que libraron batallas propias dentro del hogar. La cupletista actuaba por un interés individual, sí, pero fue también un prototipo de insurgencia. «Madre, que yo no me muevo de aquí hasta que ese zopenco me pague lo mío, que llevo tres funciones aquí y aún no he visto lo mío», dijo Concha Piquer con tan solo catorce años, tal y como recoge Carla Berrocal al inicio del cómic. Una frase que ahora, cien años después, aún la tenemos en la punta de la lengua.

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