Predicador

En busca del jodido Dios

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Hay una crisis en el Cielo. Génesis, un ser tan potencialmente poderoso como Dios pero sin consciencia, ha escapado a la Tierra. Génesis es el improbable hijo de una demonio y un ángel, cuya unión narrará este último con la lírica pringosa de una carta de lector del Playboy. Los dos ángeles encargados de su custodia han sido desprovistos de su condición sobrenatural y sobrellevan el castigo del destierro en el mundo terrenal a fuerza de putas y coca. Por su parte, en uno más de sus actos irresponsables, Dios se ha despedido a la francesa y nadie en la corte celestial tiene la menor idea de a dónde ha ido, ni por qué se fue, aunque descubriremos que responde a su gran plan de niño narcisista que empezó a fraguar mucho antes de todo esto, cuando en la época del salvaje Oeste condenó a un hombre ya redimido a convertirse en el nuevo ángel de la muerte. Todo encajará, calma. Solo hay que leer la historia. Esta es la teología que nos propone Garth Ennis.

Génesis, decíamos, es poder puro y carece de consciencia y forma. Y las encuentra en Jesse Custer, un predicador sureño en crisis de fe que después de cinco años tragando mierda se ha topado con el humorista Bill Hicks en un bar de carretera y ha decidido, como él, decir la verdad. La fusión con Génesis no solo otorga al reverendo Custer la palabra de Dios, un poder con el que puede forzar la más extrema obediencia —como que un sheriff ultraderechista se ampute el pene para alojarlo dentro de su propio recto siguiendo al pie de la letra la frase «jódete»— sino que desencadena los hechos que se narrarán en el road comic más grande jamás contado.

Jesse Custer se reencuentra con su antigua novia, Tulip O’Hare y acompañados por Cassidy, un vampiro alcohólico irlandés, emprenden a través de América una búsqueda de Dios para exigirle responsabilidad por todos sus actos. A lo largo de un viaje físico y metafísico se toparán con asesinos en serie, el Klu Klux Klan, nazis sadomasoquistas, una pareja de rednecks psicopátas y otra de detectives sexuales, una implacable masacre ambulante del salvaje Oeste convertida por Dios en el Santo de los Asesinos y ya-sabéis-quién, aquel adolescente que siguiendo el ejemplo de Kurt Cobain trató de suicidarse embocándose una escopeta y solo consiguió hacerse con un nuevo nombre: Caraculo.

Esta búsqueda, por supuesto, tiene una lógica interna que está más allá de la clásica moral cristiana, en un margen paralelo recto y hermoso, de espaldas a Dios y de cara a un maestro espiritual que no es otro que el fantasma de John Wayne. O más bien, del compendio de sus personajes clásicos, el cowboy entregado a una causa justa, dura y triste. La imagen mítica frente a la que Custer toma su medida. Y esa es la medida del bien, aunque él mismo no se atreva a manejar ese concepto tan difuso y se empeñe simplemente en hacer lo que considera correcto, a pesar de la certeza del desastre que vendrá después. Los lectores sabemos que el fondo último, si no las formas, es hacer el bien frente al mal, sin grises. Porque el mal está presente: en una rama de su propia familia, en ese Dios egoísta y pueril, en aristócratas degenerados y empresarios racistas. Una caricatura exagerada pero a la vez radiografía de la sociedad americana. Y el mal está en el más importante antagonista de la serie, herr Starr, brazo ejecutor del Grial, una organización que controla el poder mundial en la sombra y ha mantenido pura la línea de sangre de Jesucristo desde hace siglos apareando a sus descendientes entre ellos. Starr se considera un heraldo del orden frente al caos, y cree que el resultado de generaciones de endogamia no es el más adecuado para la tarea de guiar el rebaño en el nuevo mundo que desea: si lo más complejo de lo que es capaz el descendiente de Cristo consiste en hacer caca sobre su propia mano para arrojársela a las visitas, prefiere utilizar a Custer y su nuevo poder.

Ennis crea así una obra llena de referencias y de su ya clásico humor negro y cabrón. Un ambiente de western crepuscular, descreído, donde personajes que parecen a primera vista arquetípicos marcan la diferencia frente a la corrupción de todos los estamentos del mundo moderno. Jesse Custer está construido a la imagen y semejanza del hombre honrado del Sur. Un héroe clásico, ejemplo a seguir contra cualquier teoría determinista. Frente a los genes corruptos y una educación traumática más allá de cualquier medida elige el camino del bien, sin matices. Solo por las últimas palabras que le dirigió su padre antes de morir asesinado ante sus ojos por orden de su propia abuela: «tienes que ser de los buenos, porque malos ya hay demasiados». La historia de Predicador se reduce a algo tan sencillo y tan grande como a hacer el bien por el bien, contra todo y contra todos. No por temor a Dios, pues precisamente ese dios no es el mejor ejemplo de conducta moral: Custer busca a Dios para aplicarle el justo castigo que merece por su narcisismo e irresponsabilidad. Es el hombre que ha superado moralmente a su creador.

Jesse, y Tulip y Cassidy, son símbolos. Cassidy, el bufón encantador que oculta un pasado perverso, personifica la posibilidad de redención. Tulip es una salvaje heroína a años luz del arquetipo de «la chica del bueno»: una mujer independiente capaz de salvarse a sí misma con la única ayuda del arma más grande que pueda encontrar. Y que a su vez junto a Jesse vive el amor más completo y loco que se pueda concebir. Porque todo esto, también, es una historia que no se entiende sin amor. Puro. Sexual. Amor hasta el fin del mundo, pleno y perfectamente sucio. Jesse Custer es un hombre que decidió hacer siempre lo correcto aunque fuera preciso utilizar una manita de hostias como argumento para dejar clara su postura. Aunque sea preciso perder el amor. Aunque sea preciso morir.

Es hermoso pensar que, quizá, las cosas a este otro lado de la viñeta podrían ser así. Que para hacer el bien nos atreviéramos a buscar al jefe todopoderoso de todo esto para partirle la cara. Que tuviéramos el valor y la generosidad suficiente para redimir a un amigo perdonando lo imperdonable. Y que supiéramos que el sentido último de la existencia no es otro que comerle el coño al amor de tu vida bajo las estrellas del desierto.

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