Melvin Monster

Releer a los clásicos

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En el Tesoro de la lengua castellana o española, de Sebastián de Covarrubias, el primer diccionario monolingüe del castellano, se define así al «monstruo»:

MONSTRO: es cualquier parto contra la regla y orden natural, como nacer el hombre con dos cabeças, quatro brazos, y quatro piernas; como aconteció en el condado de Urgel, en un lugar dicho Cerbera, el año 1343, que nació un niño con dos cabeças, y quatro pies. Los padres y los demás que estavan presen- tes a su nacimiento, pensando supersticiosamente pronosticar algún gran mal, y que con su muerte se evitaría le enterraron vivo. Sus padres fueron castiga- dos como parricidas, y los demás con ellos.

Gracias, Covarrubias. Tu definición nos viene al pelo, porque precisamente lo que tenemos aquí entre manos es a un niño que, aunque no sufra de un exceso de apéndices, sin duda desafía «toda regla y orden natural». En efecto, la palabra deriva del latín monstrum, término de tintes reli- giosos que denotaba cualquier prodigio o suceso natural susceptible de ser interpretado como una señal de los dioses. Y tanto el protagonista de Melvin Monster como la propia serie son un prodigio.

Entre 1965 y 1969, la editorial estadounidense Dell publicó la serie Melvin Monster, que alcanzó tan solo diez entregas (en realidad, nueve, ya que el décimo número fue una reedición del primero), a razón de dos al año. Para ese entonces, Dell ya no era lo que había sido, es decir, una de las editoriales más importantes del país: en 1953 ven- día mensualmente 23 millones de copias de sus publicaciones. Aunque en número de títulos sus cómics solo supusiesen un 15 % de la cuota del mercado, su volumen de ventas alcanzaba un tercio del total. Y es posible que uno de los títulos punteros fuese La pequeña Lulú (y series derivadas), de John Stanley, precisamente el mismo autor del título que aquí nos ocupa. Stanley, y en esto no cabe discusión, fue uno de los guionistas y dibujantes de mayor talento y éxito en el ámbito del cómic infantil de mediados del siglo pasado, y si no le adjudicamos el primer puesto es porque tendría que disputarlo con Carl Barks, otro monstruo del cómic, que convirtió en leyenda del noveno arte a los patos de Walt Disney (publicados, como no, por Dell).

No sé exactamente cómo sería el mundo en 1965, pero en 1964 se lanzó la cabecera Creepy y se estrenaron las series de televisión La familia Monster y La familia Addams, que tienen absolutamente todo que ver con Melvin Monster: Melvin es un niño monstruo en una familia de monstruos que vive en un pueblo de monstruos. Hasta cierto punto, Melvin, de color verde, con pantalones harapientos y fuerza extraordinaria, es una mezcla de Hulk (que en 1965 tenía apenas dos añitos; otro niño) y Daniel el travieso, el vecinito con buenas intenciones que va sembrando el caos allá por donde pasa. El primer número de la serie, contenido en el tomo publicado en España por Diábolo —en una cuidada y hermosísima edición a partir de escaneos de tebeos viejos, lo que dota al volumen de un aire añejo y nostálgico—, es uno de los mejores. Melvin no para de dar disgustos a sus padres: resulta que se pasa el día sin hacer ni una sola travesura y además quiere ir al colegio (como el Pequeño Vampir, de Joann Sfar), y, como podéis imaginar, esto es totalmente inaceptable para cualquier monstruo que se precie. Melvin es un inadaptado. Porque, claro, Monsterville es lo que podríamos llamar un «mundo al revés», donde lo bueno es malo y viceversa. Pocas cosas pueden hacer reír tanto a un niño como uno de esos mundos delirantes que rompen con todas las normas que sus padres tratan de inculcarle, y, de hecho, existe toda una tradición de mundos al revés en la literatura infantil. Pero volvamos a Melvin. ¿Por qué Melvin Monster destaca como cómic? A eso vamos.

John Stanley es un maestro a la hora de desarrollar una premisa sencilla e ir complicándola, sin dejar de añadir un gag tras otro —muchas veces basados en los juegos de palabras y el slapstick— hasta alcanzar un punto de humor delirante y concluir con un espléndido gag final. Y, por su propia naturaleza monstruosa, Melvin es una máquina de chistes ambulante. El trazo sencillo de Stanley —que explica la elección de Seth como diseñador del volumen— es un dechado de claridad narrativa. Su juego con el tamaño de las tipografías y los efectos de sonido hacen que uno prácticamente oiga las viñetas, y los colores chillones (esos fabulosos fondos amarillos no naturalistas) convierten este tebeo en un clásico instantáneo tanto para niños como para adultos. Pero, sobre todo, para niños, esos pequeños monstruos.

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