Medea a la deriva

Revisitando el mito

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Mil quinientos cincuenta y cuatro. Con este número, y una aproximación cinematográfica al espacio y a la protagonista (y único personaje), comienza esta tragedia gráfica, continuación de la ya narrada por Eurípides, Lope de Vega, Passolini, Ripstein o Lars Von Trier (por nombrar solo algunos). Y es que esta Medea a la deriva de Fermín Solís (ya conocido por Buñuel en el laberinto de las tortugas, adaptado al cine en 2018) no es la primera muestra del personaje; del mismo modo que tampoco lo es la revisión de los mitos clásicos en el cine (Percy Jackson, Inmortales, Hércules o Wonder Woman, entre otras) o en la literatura (por ejemplo, las obras de Madeline Miller, Circe y La canción de Aquiles; o la antología The World’s Wife, de Carol Ann Duffy, donde cambia la historia de varios personajes femeninos de la Antigüedad —o no— al darles voz a las silenciadas).

En el caso del cómic, esta obra, en la que Solís nos muestra a una Medea desterrada en un bloque de hielo y condenada a la eternidad, es la primera vez que nos encontramos al personaje en solitario y, sobre todo, la primera en la que asistimos a las consecuencias de sus actos y sus crímenes. Como continuación de la tragedia de Séneca, Medea desarrolla un extenso monólogo en el que se sabe protagonista de su propia historia, y en el que acusa a Zeus y a Alastor de su castigo, en el que invoca a Hécate y en el que termina asistiendo a su propia representación, aunando drama y cómic en una misma página.

Así, presenciamos el vaivén de las olas que golpean un enorme bloque de hielo, y que nos acerca y aleja de una Medea que sangra, camina, grita y no muere; somos, a un tiempo, el Zeus castigador, el espectador ajeno a la tragedia y el hálito de la catarsis grecorromana; un narratario múltiple de este singular monólogo a través de la distribución de la página que cambia en tamaño, número y color.

Medea, de nuevo en el exilio y sin apoyo posible, vertebra su soliloquio a través de una serie de preguntas que lanza contra el vacío y el silencio, y que conectan a la humanidad a través del espacio y del tiempo: la capacidad del ser humano para los sentimientos más sublimes y deplorables, de alzarse sobre los demás y sumirse en el cieno; el peso de la culpa y la im- posibilidad de la redención; la existencia de una divinidad; el origen femenino del pecado, y la necesidad femenina de individualidad; y, por último, la esperanza.

En primer lugar, Medea, que ha «traicionado, asesinado, descuartizado, odiado e incluso amado», se lamenta sobre todo de este último sentimiento, pues lo considera la mayor de sus faltas, la que la llevó a traicionar a los suyos, al asesinato de su hermano, y a abandonar su patria siguiendo a Jasón tras ayudarle a conseguir el vellocino de oro.

En una viñeta sumamente teatral en la que podemos escuchar la voz de la protagonista imprecando a los dioses, afirma: «¡Yo soy Medea, princesa descendiente de los mismísimos dioses! Sobre mis hombros pesan los asesinatos de mi hermano Absirto, de mis dos hijos y de otras personas que se interpusieron en mi camino o en el de mi amado Jasón… Pelías, Glauce, Creonte… Todos ellos pagaron con su vida haberse cruzado en mi camino».

Medea fue capaz de asesinar a sus hijos, a la prometida de Jasón y el padre de esta solo para llevar a cabo su venganza; y es por ello por lo que no se lamenta de sus acciones, aun en ese exilio eterno, en el destierro inmortal, y afirma no anhelar volver al momento anterior al filicidio para evitarlo, pues con la muerte de sus hijos realmente estaba asesinando al mismo Jasón. De este modo, Medea no buscará el arrepentimiento ni la redención, enfrentándose a la divinidad, al recuerdo y a la propia cordura, y se mantendrá firme hasta el final mientras persiste en su intento de acabar con su vida (sin éxito) y el bloque de hielo continúa menguando cada vez más rápido.

Otra de las cuestiones que se tratan en Medea a la deriva junto a la culpa, la divinidad o el crimen, está relacionada con el feminismo (lucha que no solo vertebra la obra, sino también el personaje de Me- dea desde sus orígenes): la protagonista es un personaje valiente, fuerte e independiente, pasional e inteligente, castigado por la falta de moral humana y que ha de vengarse por su propia mano (en este sentido, no es la única en hacerlo, pues la literatura está poblada de Electras, Antígonas o Amintas) perpetrando un crimen cruel que restaure el or- den. Así, se muestra como alguien irreductible y firme a sus actos y convicciones, que mantendrá inamovibles hasta el final; lo que no supone que no albergue la esperanza de hallar la respuesta a sus preguntas o la paz a su infausta vida.

Al final, asistimos a la disolución del ser en la inmensidad de un océano, que bien puede ser la memoria o el tiempo, donde dos desconocidos navegantes de una pequeña balsa recogen simbólicamente el testigo de la trágica princesa de la Cólquide, la bruja, la encarnación de la venganza o la pasión y, sobre todo, la importancia de revisar y revisitar los personajes femeninos desde una mirada crítica y atemporal.

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