Como un guante de seda forjado en hierro

Una mala racha dentro de la pesadilla

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Hay gente que deja pequeños cuadernos en la mesilla de noche para, al despertar sobresaltados, apuntar las pesadillas, segundos antes de que se desvanezcan por completo para dejar solo un aturdimiento suspicaz. Este es uno de los métodos que pudo usar Clowes para crear Como un guante de seda forjado en hierro, novela gráfica basada en una serie de diez entregas que aparecieron previamente (entre octubre de 1989 y junio de 1993) en su comic Eightball.

Desde un punto de vista puramente narrativo, son fenómenos interesantes las pesadillas. Para empezar, uno nunca muere, o para ser más específico, uno nunca deja de observar la historia onírica. Huimos con pies de piedra de una amenaza o buscamos frenéticos un lugar donde escondernos, pero vamos sobreviviendo a cada horror… habitualmente para encontrarnos con otro mayor.

Por otro lado, en las pesadillas siempre avanzamos, privados de ese momento de reflexión que precede a un paso atrás o al lado. Podríamos no entrar en esa casa sospechosa donde lo pasaremos mal, no atravesar el desfiladero por donde nos despeñaremos, pero lo hacemos, siempre lo hacemos, como lo hace un protagonista a través de la sórdida espiral descendente.

El lector, tan curioso como aterrado, observa cómo Clay Loudermilk no intenta bajarse de ese tren. Su viaje es comparable a entrar a la Web Profunda, a uno de esos mercados encriptados que contienen vídeos de pedofilia, alquiler de asesinos a sueldo o venta al por mayor de armas, y teclear en el buscador la palabra «compasión».

Así, Clay, tras ver en un cine X una extraña película experimental donde reconoce a su esposa, Barbara, huye hacia delante para tratar de encontrarla en un condado cercano. No es que se sumerja en una pesadilla, más bien pasa dentro de ella una mala racha de varias semanas.

Con una irritante naturalidad, Clay sigue las pistas viviendo su desesperación en subtramas, flashbacks y conspiraciones. Una secta que propaga la aniquilación para llegar al amor universal, una prostituta de tres ojos violada por policías, policías que apalean a Clay y le marcan a navaja en la planta del pie un dibujo de Mr. Jones —que posteriormente aparecerá reproducido en tiendas de regalos y en una marca de nacimiento de Hitler— perros sin orificios que se mantienen vivos durante décadas con una jeringa de agua diaria, una mujer-pez-tubérculo necesitada de amor, y un asesino, siempre un asesino, al que Clay sobrevive. Que la paranoia no decaiga hasta averiguar si ese lago radiactivo es el origen de lo bizarro o solo su consecuencia.

Dicen que las pesadillas, los sueños en general, están construidos con ladrillos tomados de nuestro subconsciente. Trozos de realidad en los que un cerebro que pretenda ser funcional no puede andar reparando, pero que entran sin papeles a nuestro sistema cognitivo. El lector de Como un guante de seda forjado en hierro espera, de alguna forma, esa revelación. Busca un punto de conexión con el mundo exterior. Clay Loudermilk va a despertar sudando en su propia cama, con su mujer durmiendo a su lado, uno de esos recuerdos tiene que ser el último y definitivo. Pero la herida sigue supurando locura. No, Clay, las rachas vienen y van, pero tu pesadilla permanece.

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