The Sandman

Que cada uno de nosotros le dé al diablo su merecido

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La presente es una empresa fallida, un accidente anunciado, y lo sé incluso antes de comenzar a ejecutarla. Se ha escrito tantas veces antes un «se ha escrito tantas veces sobre The Sandman» que resulta imperdonable hacerlo aquí como si se estuviese jugando con matrioskas. Me piden que sintetice las claves de la obra para el neófito y me desespera no saber por dónde empezar; parece imposible condensar algo tan inmenso en un puñado de líneas.

En las Hudson Highlands de Nueva York, a unos metros de donde nacieron los cuentos de Washington Irvin, un grupo de figuras misteriosas convoca una reunión de urgencia en una vieja biblioteca de esas que parecen haber nacido antiguas con el único propósito de oficiar extraños encuentros. Las historias agonizan de manera alarmante y los reunidos allí son un grupo de cirujanos encargados de insuflarles nueva vida. Durante la ceremonia se desentierran tres momias y los presentes valoran las posibilidades de resucitarlas. Alguien recuerda que no hace demasiado tiempo un extraño británico sugirió hacerse cargo de una de ellas.

DC buscaba una manera de abrillantar las ideas en el mundo del cómic, los directivos acordaron ejecutar un truco viejo: reutilizar personajes abandonados que tenían en la cantera editorial. A Gaiman se le asignó reescribir los devenires de Sandman, una creación de Gardner Fox y Bert Christman que caminaba por el límite de los años treinta luciendo traje, máscara antigás, fedora y una pistola cuyos vapores reducían a sus enemigos. En la década de los setenta Joe Simon y Jack Kirby transformaron al personaje en un superhéroe que chapoteaba entre el mundo real y el del sueño equipado con un puñado de polvo. En los noventa Gaiman atrapó a Sandman.

El británico recogió el cuerpo, desechó casi todos sus pedazos, decidió conservar el billete de tren hacia las ensoñaciones y también el nombre con el que había sido bautizado (aunque le otorgaría muchos más: Morfeo, el Rey de los sueños o Cai’Ckul, entre tantos otros). Le asignó seis hermanos: Deseo, Delirio, Destrucción, Desesperación, Destino y Muerte, creando una familia inusual (los Eternos), acomodada un escalón por encima de los Dioses, y formada por representaciones antropomórficas de los principios del universo. Y entonces decidió concederles todo el tiempo y el espacio del universo. Sandman reinaría en los sueños de toda la humanidad, y allí todo (absolutamente todo) era posible.

Gaiman es alguien que lleva toda la vida rumiando a Edgar Allan Poe, C. S. Lewis, Lord Dunsany, G. K. Chesterson, Ursula K. Le Guin, H. P. Lovecraft o J. R. R. Tolkien. Alguien que, tras ojear lo que tejía Alan Moore, decide que el cómic es un medio interesante para tallar una obra mastodóntica. Alguien que respira fábulas y que estaba a punto de dirigir la sinfonía perfecta, de ensamblar el mecanismo de relojería impecable.

La tragedia de Morfeo es una historia de sueños, de un rey hurgando en los mundos de quienes duermen y citándose en una cantina cada cien años con un humano inmortal. Es la historia de los monstruos imaginarios de tu infancia que pasean por las calles de nuestro mundo y son masacrados a tiros por la policía, de brujas, de dioses nórdicos y figuras bíblicas, de criaturas aterradoras, de pesadillas eternas, de reuniones masivas de psicópatas, de seres humanos rindiéndose a la degeneración más extrema por culpa de un talismán mágico, de realidades paralelas con presidentes tentados por demonios, de sueños parásitos que quieren conquistar mundos. De cruzar el espejo de Alicia una y otra vez. Y otra vez de nuevo.

La obra saltaba del cuento de terror a la fábula tierna, de la leyenda histórica a la fantasía contemporánea. No todos los relatos se centraban en Morfeo: su entorno también era protagonista. Gaiman trituró todos los mitos fantásticos para cocinar uno propio.

El titiritero británico demostró una soberbia valía. Enfrentó a su hijo contra Lucifer y sus huestes de demonios y aquel Morfeo derrotó al Infierno con tan solo pronunciar una frase de lógica irrevocable. Pero también sentó a ese mismo rey en una plaza para dar de comer a las palomas mientras conversaba sobre Mary Poppins con su hermana Muerte y nada de aquello sonaba discordante, ni siquiera la maravillosa ocurrencia de haber creado a la propia Muerte con las formas y maneras de una chica jovial, simpática y llena de vida.

No se puede resumir The Sandman, la única recomendación posible es devorarlo. Entre sus logros están el haber adquirido una cantidad demencial de lectores (de los cuales la mitad eran mujeres), la genuflexión de los críticos más escépticos, decenas de reediciones y una colección de premios prestigiosos. En la FantasyCon un número de The Sandman se llevó el Howard Phillips Lovecraft Awards a lo mejor del año para sorpresa de decenas de escritores quienes, incapaces de asimilar que semejante honor recayese en un cómic, abuchearon la elección. Las propias reglas de aquel evento fueron modificadas para excluir las viñetas de posteriores ediciones, Harlan Ellison describió la estampa con estilo: «Deberíais haber estado en la entrega de premios. Aquellos mamones estuvieron a punto de cagarse».

Millones de personas quedaron hechizadas para siempre por el Rey del sueño. La razón era sencilla y estaba cargada de lógica: millones de personas sueñan.

The Sandman es la hostia. No es solo una serie de cómics, es algo contagioso que se te mete dentro y te obliga a contemplarlo todo como si fuese un sueño, a interpretar la realidad como si fuera cuento, es una mitología tan pegajosa que te obliga a creer en ella.

Es como un mundo inabarcable que contiene cientos de mundos, como aquella Historia interminable que servía de raíz y de árbol a muchas más historias.

The Sandman es un universo.

Y un universo no se puede resumir en unas líneas, ni siquiera haciendo malabares. Por eso mismo la presente no puede ser nada más que una empresa fallida, un accidente anunciado.

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