Animal Man

Y entonces deberás enfrentarte a un enemigo invencible. A tu verdadera némesis

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Exordio. Una hoja de papel escrita vuela a los pies del pirata de la mente.

Grant Morrison no había cumplido aún los 28 años cuando DC Comics le trajo de Europa para revitalizar algunos de sus viejos personajes. El guionista escocés desembarcaría en el mastodonte de los tebeos norteamericanos al mismo tiempo que Neil Gaiman, solidificando así la invasión de escritores del viejo continente que cambiaría la industria de los comics, y cuya cabeza de puente había sido la publicación del Watchmen de Alan Moore en 1986, dos años antes.

Sí, a Morrison le gustaba la idea de revitalizar viejos personajes. De recuperar vidas antiguas. De traer de vuelta a Krypto, el superperro y a La Máscara Roja. De bucear en las Edades de Oro y de Plata del cómic americano y enseñar al mundo nuevo que debajo de su careta de cinismo posmoderno miraban mil ojos olvidados por los devenires del tiempo.

Pero esa revitalización que iba a llevar a cabo el escritor británico no se parecería en nada a la que había sacudido los universos de Marvel y DC a finales de los ochenta, no. No se trataba de cambiar las mallas del superhéroe y pintarlas de negro; el protagonista no se comportaría como un malote atormentado ni salpicaría los bocadillos de palabrotas para reflejar la realidad de la época. La Patrulla Condenada no iba a ser una colección de rabiosos Lobeznos, vengativos Castigadores y antiheroicos Venoms de dientes apretados.

¿Y Animal Man?

Bueno, Animal Man recorrería el camino del héroe. El del héroe clásico. El de Ulises y Jasón. El de Sigfrido y Arturo. Aquel que le haría enfrentarse a mil peligros y sufrir mil vicisitudes hasta encontrarse cara a cara con su peor enemigo.

Prólogo. No puedo creer que Dios juegue a los dados con el Universo.

En realidad, los primeros números del arco que escribe Grant Morrison parecen desmentir mi afirmación: Buddy Baker tiene un uniforme nuevo, está atormentado, suelta tacos y, en general, se comporta como lo haría un hombre de los incipientes años noventa. Asimismo, sus primeras aventuras reflejan las inquietudes más propias del momento; desde la lucha por los derechos de los animales en una sociedad cada vez más hedonista e inmisericorde, hasta el conflicto que representa la conciliación «laboral» en un superhéroe que además tiene esposa y dos hijos pequeños.

Sin embargo, y también muy desde el principio, Morrison salpica las páginas con misteriosas referencias que parecen no casar con el resto del desarrollo: sombras oscuras que le espían, reflejos en los bordes de las viñetas y, especialmente, la pantalla de un ordenador sobre la que se escriben palabras que anticipan los hechos que estarían por venir.

Poco a poco, el cómic se vuelve más y más introspectivo, más oscuro, más retorcido y más violento. La portada del número cinco, El Evangelio del Coyote, nos enseña un Animal Man crucificado entre huellas de camión, y cuyas piernas apenas están esbozadas, mientras una mano descomunal armada con un descomunal pincel termina de coloreárselas. Nuestro protagonista aún no está terminado. Alguien está dibujándolo.

Esta es la primera advertencia de que se avecina algo mucho más grande que un simple batallar contra supervillanos. Algo que ya nos habían contado Platón y Unamuno. Algo que flota detrás de los ojos de toda la Humanidad desde el principio de la Historia: que la realidad no es lo que parece. Entonces, como si ya no pudiera soportarlo más, el escritor escocés decide que el cómic se le queda pequeño.

Literalmente.

Nuestro protagonista, cada vez más Buddy Baker y menos Animal Man, se ve envuelto en una frenética carrera por descubrir qué demonios está pasando a su alrededor. Por qué sus enemigos no mueren, sino que se «desdibujan». Por qué el marco de las viñetas cambia de tamaño hasta consumir físicamente a quienes están dentro. Qué son las viñetas. Quién escribe en la pantalla de ese ordenador solitario.

Baker toma tal consciencia de la cuarta pared que, en una icónica splash-page, descubre a los lectores. Nos descubre a nosotros. Nos mira desde el otro lado y, aterrorizado, abre los ojos y nos lo dice: «Puedo veros».

Epílogo. Hola, soy Grant. ¿Quieres pasar?

La vida de Buddy Baker se desmorona delante de sus ojos y de los nuestros. Nada parece tener sentido; sus enemigos ya no le interesan, la defensa de los derechos de los animales ha perdido cualquier lógica y sus desgracias son tan terribles que terminan por inmunizarnos. La conciencia de la realidad se desintegra y nuestro héroe solo tiene una manera de recuperarla: enfrentarse a su verdadera némesis. Enfrentarse a un adversario que no puede ser vencido. Enfrentarse a Grant Morrison.

El último número de los veintiséis que conforman el arco escrito por el guionista británico narra la batalla final más cruenta y a la vez más tranquila y más lúcida de la historia del cómic.

Tan solo es una conversación.

Una conversación en una casa de Glasgow entre Grant Morrison y Buddy Baker. Una conversación en medio de la Niebla entre Miguel de Unamuno y Augusto Pérez. Una conversación dentro de una caverna entre Platón y la Humanidad.

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