Wonder Woman: Tierra muerta

Apocalipsis amazónico

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Hubo un tiempo en el que escribir sobre Wonder Woman era lo más parecido a predicar en el desierto. No solo en el ámbito de los tebeos, también en el contexto de la cultura pop: lo primero se debía, en parte, a la errática edición de las aventuras de la superheroína en nuestro país, lo que ha dificultado sobremanera su seguimiento. Lo segundo está relacionado con su escaso impacto como icono pop en España, circunstancia que se vio transformada por completo con el estreno en 2017 de la película protagonizada por Gal Gadot. Wonder Woman y su secuela de 2020 son responsables de la globalización de un personaje con ocho décadas de historia. En nuestro país, la editorial ECC ha secundado este impacto popular con una significativa apuesta por la amazona, incluido el título que nos ocupa.

Editada en origen en cuatro volúmenes en formato prestigio —condensados por ECC en dos tomos—, Wonder Woman: Tierra muerta es una nueva aportación a Black Label, el sello orientado a adultos que DC Comics inauguró en 2018. Uno de los objetivos de la iniciativa Black Label es dar cabida a miniseries originales y autónomas a partir de los personajes más reconocibles del Universo DC. En el caso de la amazona, se anunciaron varios títulos con equipos creativos de renombre. Aún están pendientes de llegar al mercado Wonder Woman Historia: The Amazons, de Kelly Sue DeConnick y Phil Jimenez, y Wonder Woman: Diana’s Daughter, con Greg Rucka a los mandos. Curiosamente, ha sido un desconocido para el mainstream, Daniel Warren Johnson, el primero en abrir fuego con una miniserie sobre Diana de Themyscira marcada por lecturas postapocalípticas y ecologistas.

Johnson, autor abonado al fantástico y la ciencia ficción de grafismo enérgico influido por la épica ochentera —de Mad Max 2 (1981) a Aliens (1986)— y el manga, llama la atención de crítica y público gracias a dos obras previas de carácter autoral: Extremity (2017- 18) y Murder Falcon (2019), editadas en Estados Unidos por el sello Skybound de Robert Kirkman bajo el paraguas de la editorial Image, y publicadas en España por Planeta Comics. Extremity y Murder Falcon ya ofrecían coordenadas temáticas, reiteradas en Wonder Woman: Tierra muerta, que permiten entender el universo expresivo de este autor, para quien la familia y la música —concretamente, el heavy metal— son referentes de especial importancia. Sus trazos, su composición de las páginas y su cadencia narrativa son deudores del estilo de Katsuhiro Ōtomo, Moebius y Paul Pope, entre otros autores idiosincrásicos del cómic popular. A partir de estas variadas influencias, Daniel Warren Johnson destila un sentido propio de la épica al alternar el deleite calmo en el retrato de los paisajes espectaculares que recorre Wonder Woman y el estallido de una acción entendida desde la cinética, más propia del shōnen que del cómic de superhéroes. Este contraste entre ensimismamiento y frenesí se recalca en Wonder Woman: Tierra muerta a partir de un formato cuadrado de la página que le presta al relato el espíritu propio de un blockbuster cinematográfico.

El problema es que la aventura escrita por Johnson adolece de un esquematismo que delata una comprensión deficiente del personaje protagonista: Wonder Woman despierta sin memoria en una Tierra arrasada por un desastre de origen incierto, y descubre que ella ha sido partícipe de la catástrofe. La superheroína emprende un viaje que la llevará a perdonarse a sí misma, restablecer los lazos de confianza con la humanidad y devenir agente fundamental para el renacimiento del planeta. Johnson cifra el conflicto emocional de Wonder Woman en la relación con su madre, Hipólita, descrita como una regente de Themyscira —paraíso terrenal de las amazonas— vengativa y resentida. Para Johnson, por tanto, la agenda de Hipólita es reactiva, lo que abunda en un tipo de representación antifeminista que ya se percibía en relecturas previas de Wonder Woman como mito, entre ellas las escritas por Brian Azzarello y Will Pfeiffer.

En este sentido, Wonder Woman: Tierra muerta abunda en los planteamientos de Brian Azzarello —trasvasados a las dos películas sobre el personaje— de la superheroína como arma, como herramienta, y su condición de hija de Zeus. Uno y otro aspecto menoscaban la filosofía de Wonder Woman como artefacto dialéctico antisistema y como último eslabón de una estirpe de mujeres autónomas y avanzadas respecto de la sociedad patriarcal y sus mitos androcéntricos. En manos de Johnson, Wonder Woman vuelve a ser un personaje instrumental, desorientado, un tanto infantil. Se ve sometida a dinámicas de sumisión afectiva muy convencionales, como subraya una recogida de testigo de las maternidades tortuosas al asumir el cuidado de una adolescente que ha sobrevivido al apocalipsis. Esto, sumado a la aparición paternalista en el cómic de Batman y Superman como peaje corporativo, nos da una idea de por qué Wonder Woman: Tierra Muerta ha fascinado a lectores y críticos poco familiarizados con la genealogía de Diana, deslumbrados en tiempos de conformismo expresivo por el gran espectáculo.

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