Dos monedas

Mar, terracota, pigmento, estampado

Nuria Tamarit Dos monedas Forro castellano

Después de un 2016 cargado de éxitos (Avery’s Blues con Angux; Duerme Pueblo con Xulia Vicente) y tras haber prestado sus figuras, reminiscentes de jeroglíficos egipcios pero cargadas de vida y dinamismo, a la portada del Anuario de Cómics Esenciales 2017, Núria Tamarit vuelve a la carga con su primera obra larga de autoría completa. La ilustradora y portadista es uno de los mayores exponentes de lo que me gusta llamar la «Generación del 93» (Xulia Vicente, Anabel Colazo, Luis Yang, Conxita Herrero… ¿qué le echaron al agua ese año?), y posee una actitud todoterreno heredada del mundo del fanzine (Nimio, Voltio). Después de pasearse por portadas (Xiulit, The Valencianer), ilustraciones (El Precio de un Ángel de Cobre) y el obligado crossover de inktobers anuales con Xulia Vicente, nos ha brindado el cómic ganador del primer Premi València de Novela Gráfica 2018 y una de las obras españolas más bellas del año.

Dos monedas es la historia del viaje de una madre y una hija adolescente como cooperantes a Gandiol, una comunidad de aldeas de Senegal. Aunque las diferentes y pequeñas vivencias de la joven Mar serán las que guíen las múltiples escenas que componen el tebeo, no es una obra que trate de contarnos la historia de un personaje. Son las imágenes, las panorámicas de otra cultura, las que nos pretenden contar una realidad.

La obra funciona a cuatro niveles básicos. En un primer nivel encontramos una historia de crecimiento: por supuesto que experimentaremos las reticencias lógicas en una adolescente apartada del wi-fi mientras se sumerge en una forma de vida más sencilla y completamente diferente a la suya, pero Tamarit lo narra de forma delicada y sin caer en la caricatura tópica. En el segundo nivel es un cómic de viajes. Aunque ficcionalizada, la experiencia (real) de Tamarit no deja de ser un fiel reflejo del trabajo comunitario que se lleva a cabo en las aldeas senegalesas. Ya desde el mapa inicial que decora las guardas del tomo, percibimos un interés por la fidelidad a la realidad, no científica, pero sí humanamente certera. En el tercer nivel encontramos un relato de contraste —que no choque— de culturas: una vertiente más social en la narrativa. La inevitable comparativa entre la comodidad hiperactiva de la Europa de Netflix y la realidad de una sociedad más relajada y contemplativa en la que el trabajo es una herramienta para conseguir la subsistencia, no el ocio y el consumo. Y es aquí donde reside uno de los mayores méritos de la autora como narradora: Tamarit no pontifica (aunque sí le deja al lector algún punzante e inesperado «recado»), simplemente muestra. Son las propias imágenes y comportamientos de los lugareños los que invitan a la reflexión y a valorar cuál es la raíz de las complejas relaciones de migración que hay entre África y Europa a día de hoy.

Hablaba de cuatro niveles. Los tres niveles anteriores eran temáticos, pero el cuarto es una elaborada mezcla de técnica gráfica y creación de atmósfera que se adueña indiscutiblemente de la obra: el color. Dos monedas es el grafito pigmentado, es el sol y el mar, son las paredes de terracota, son las curtiderías de los pueblos de África. De igual manera que los manjares de Goscinny en Astérix hicieron que mi boca salivara durante toda mi juventud, Tamarit hace que sienta la irrefrenable necesidad de tocar la página para sentir la textura de la tela de esos vestidos que las mujeres senegalesas llevan cuando van al mercado. No me deja dudas de que es uno de los mejores y más personales trabajos de coloreado que podemos encontrar en 2019. No es de extrañar el obvio esmero que La Cúpula ha puesto en la edición de este manejable tomo en cartoné; todo un deleite estético ya desde la bella transición de color mostaza a azul cielo en portada y contraportada, pasando por la elección de gramaje de las páginas. Los colores de Tamarit se realzan hasta conseguir que cada escena de mujeres yendo al bazar a comprar comida ataviadas con una fantasía de estampados hipnóticos se convierta en un cuadro digno de colgar en el salón.

Uno de los artefactos más estéticamente gratificantes del año, que también ayuda a expandir nuestros horizontes e invita a la reflexión de forma muy delicada.

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