A través. El universo de un hombre

Vivir toda una vida

Atraves

Hay cómics realmente especiales. A veces reciben la luz de todos los focos y se exponen como logros del año. Otros ejemplos sobrevuelan discretamente el panorama editorial y no acaban de ser reconocidos como «eventos». Muchas veces esto se debe a la labor editorial, a una mayor o menor capacidad para hacerse notar en puntos de venta y entre los medios especializa- dos y periodistas del ramo. En todo caso, este prescriptor debe estar atento y su sentido arácnido debería zumbarle ante obras tan claramente interesantes como este cómic.

Tom Haugomat, el autor de este hermoso tebeo, estudió historia del arte y arqueología, y animación en la Escuela de Imagen en París. Ha desarrollado una carrera sólida como ilustrador, y ya solo por este trabajo que estamos reseñando no debemos dudar de su también sólida posición en el campo del cómic, sección «investiguemos para forzar sus recursos».

A través es la historia de una vida desde que nace hasta que fallece, con toda la intensa gama de historias micro y macro que suceden entre esos dos momentos. La trascendencia elevada a quermés minimalista en un ejercicio estilístico abrumador. Por depurado, sutil, diferente a casi todo. También porque el resultado es excepcional, e incluso porque en el fondo uno siente el encanto de que no se encuentra ante un autor con ganas de romper (a lo Chris Ware, por ejemplo, quien parece sentir en cada nueva obra el peso de tener que pilotar la vanguardia). Haugomat, más bien, parece simplemente haber discurrido una forma. Mejor, un camino que siente ideal para contar lo que quiere y con el tono que pretende: sencillo y al mismo tiempo amable y trascendente.

Una vida entera representada de un modo único, a través de lo que el autor llama dípticos

Con esa aparente humildad traza un relato exacto de la vida de un astronauta que antes fue joven enamorado, niño, bebé. Y después anciano y moribundo. El autor retrata con una serie de estampas tácticas varios momentos estratégicos, el crecimiento del hombre y el nacimiento de la pasión por el espacio (con guiños fílmicos sin demasiados filtros). Una página nos muestra a su protagonista haciendo algo. Casi siempre mirando algo, mayormente a través de un vano o una lente: una ventana, una lupa, la televisión, una mirilla. Y la página contigua refleja lo que él ve, de un modo subjetivo que lleva los birlibirloques maravillosos de Will Eisner en The Spirit (aquella historia desde unas cuencas, como si fuesen los ojos del lector) muchísimo más allá. A mayores intercala dobles páginas para momentos o conceptos vitales. Así desarrolla una acción muda salvo escuetísimas cartelas de fecha y lugar (articula el contenido textual con informaciones mínimas).

Dobles páginas narrando desde dos perspectivas lo que una persona ve. Ubicación temporal de esa escena. Que mimbres tan sencillos hayan sido una revelación de las capacidades de crecimiento para el cómic revela una debilidad. Que aún tengamos que aguantar el discurso carpetovetónico o cavernoso (academicista, diría un decimonónico) sobre qué es y no es el cómic y que soluciones nada ilógicas sean incluso puestas en duda es algo que deberíamos dejar de hacer. Cada osadía de cada autor pretendiendo acercarse al medio desde formas nuevas debería celebrarse e incorporarse a la velocidad de Flash al lenguaje del medio. También en el mainstream (pensemos en David Aja jugando con mil ideas en su Hawkeye). Tom Haugomat propone unas reglas más o menos nuevas, aunque sencillas, al gran juego del cómic. Que no queden como anécdota engrandecerá al medio.

A través, con estos materiales, demuestra un recurso viable porque consigue emocionarnos. Quizá porque en el fondo lo que se cuenta es la esencia de cada uno de nuestros miedos, dudas, anhelos y alegrías o tristezas. Quizá porque to- dos vivimos lo mismo, toda una vida, que decía la Muerte de Neil Gaiman, y este cómic delicado y solemne a la vez nos lo hace sentir con la fuerza de un vendaval y sin trucos de sentimentalismo de trilero.

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