Los compañeros del crepúsculo

El último canto de la Edad Media

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El tranquilo estudio donde trabaja François Bourgeon recuerda el interior de un barco. Trabaja rodeado de libros y revistas sobre la Edad Media —su pasión— y de maquetas y esculturas que él mismo ha fabricado para que le sirvan de modelo para sus cómics. Antes de crear sus historias sobre el papel, Bourgeon parece tener la necesidad de tocar con sus manos los lugares y los personajes de las historias que imagina.

François Bourgeon es tal vez el autor que más se aleja del cómic producido de forma industrial. Es un artesano que elabora sus álbumes con una meticulosidad que parece más propia de los copistas de un scriptorium medieval que de las prisas que recorren nuestro tiempo. Referirse a él como un artesano no es una licencia poética sino un dato biográfico, ya que antes de dedicarse a la historieta aprendió el oficio de la confección y restauración de vitrales y obtuvo en ese arte el título de maestro. Nació en París en 1945 pero gracias al éxito de su serie Los pasajeros del viento pudo dejar la ciudad y retirarse a la Bretaña francesa. Allí encontró la tranquilidad necesaria para abordar una saga aún más ambiciosa que la anterior: Los compañeros del crepúsculo. La crítica recibió la nueva obra como una muestra de madurez de su autor y el público la convirtió en un nuevo éxito comercial.

Los compañeros del crepúsculo se enmarca en una Edad Media cruel y violenta, dominada por la religión y el fanatismo. En una Francia devastada por la guerra, un caballero emprende una cruzada personal contra la fuerza negra. Es un caballero sin nombre y sin rostro, porque su cara está desfigurada como si en ella hubieran quedado marcadas las heridas de cien años de conflicto armado. Le acompaña el joven y cobarde Anicet y la hermosa Mariotte, protagonista femenina de la aventura que, como es habitual en Bourgeon, exhibe su atractivo físico y su fuerte carácter sin pudor alguno.

La acción se sitúa a finales del siglo XIV, una época crepuscular en la que el final de la guerra de los cien años supone también el final del feudalismo y de la Edad Media. Este crepúsculo es el último canto de una época, de un tiempo en el que la vieja tradición celta parece difuminarse y cede terreno ante el cristianismo, que pasa a adoptar algunas de las fiestas de la tradición celta.

Como si se tratase de una fórmula mágica, o de una leyenda, el número tres recorre toda la historia. Tres son los protagonistas, tres las hijas de la familia Malaterre (linaje que obsesiona al Caballero), tres las sirenas que adornan su escudo de armas, y tres las fuerzas que según la leyenda dominan el mundo: la fuerza blanca del orden, la fuerza roja del fuego y la fuerza negra de las tinieblas.

La repetición de este número no es casual. Muchos conceptos filosóficos y mitológicos pivotan alrededor del tres, el número de las llamadas tríadas indoeuropeas (clero, nobleza y plebe) a las que les correspondían, respectivamente, lo sagrado, la fuerza y la fecundidad.

«Hay tres partes en el mundo, tres comienzos y tres finales, tanto para el hombre como para el roble», advierte el poema que se recita en Los compañeros del crepúsculo. Son estrofas de una antología de canciones en lengua bretona (el Barzaz Breiz) cuya letanía —extraña y oscura— se usaba al parecer como rito de iniciación para los druidas.

Tres son también los colores de este cómic: blanco, rojo y negro. El blanco de la nieve que cubre el paisaje y las miserias de la guerra, el rojo de la sangre y de los muertos, el negro de las fuerzas ocultas y de lo desconocido. De negro viste uno de los personajes que aparece como un fantasma en todos los momentos cruciales del relato. En él parecen encarnarse los mitos y las leyendas de toda esta época.

La historia se divide asimismo en tres partes y fue publicada inicialmente en tres volúmenes, aunque ahora ya existe en una edición unitaria (eso sí: con una traducción que no hace justicia al original). La primera parte es la introducción, la segunda actúa como paréntesis a medio camino entre lo real y lo onírico, la tercera contiene el auténtico nudo y desenlace de la acción. Solo este último bloque, de ciento veintiséis páginas, supuso para Bourgeon tres años y medio de trabajo que certifican que esta es una obra elaborada con mimo y con cariño; la trama está tejida como en una filigrana medieval y el dibujo alcanza un detallismo y unos niveles de reconstrucción histórica jamás superados en un cómic.

Esta es una historia densa, de esas que invitan a sumergirse en ellas y dejarse llevar; una historia absorbente, contada con un ritmo que parece evocar las gestas de los antiguos juglares y trovadores. Como en esos cantos, también este cómic está poblado de personajes secundarios extraños y sugestivos que dotan el relato de una dimensión casi mítica. La historia atrapa al lector con momentos de alto impacto emocional que le obligan a coger aliento antes de seguir. Bourgeon demuestra ser, además de un meticuloso dibujante, un hábil narrador que disfruta contando historias y que sabe cómo contarlas. Y esta es una de las claves de su trabajo, como él mismo explica: «El cómic es un arte narrativo. El dibujo y el texto están al servicio de la narración. El cómic sin ese aspecto narrativo no me interesa, pues a mí me gusta contar historias».

Los compañeros del crepúsculo es una historia sabiamente contada, capaz de establecer con el lector unos lazos afectivos de tal hondura que su lectura quedará para siempre en nuestra cabeza y en nuestro corazón.

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