Calvin y Hobbes

El tigre de peluche, el mejor amigo del hombre

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En las tiras cómicas es frecuente encontrar la interacción más o menos directa entre personas y animales, los diálogos entre ellos funcionan muy bien porque dan puntos de vista radicalmente diferentes. Pero en general, los guiones tienden a humanizar en exceso a los animales y, aunque en un cómic eso no es problema, parece que en lugar de un perro o un gato son personas visibilizadas como un perro o un gato. En este sentido, un gran acierto de Calvin y Hobbes (donde Calvin es un crío de unos seis años con una fabulosa imaginación y una desbordante creatividad que tiene a su mejor amigo en Hobbes, a quien ve como un tigre parlante mientras que para el resto del mundo no es más que un simple peluche) es la coherencia, puesto que el tigre solo vive en la imaginación del niño, haciéndole decir lo que su subconsciente le sugiere que un tigre querría decir, lo que es a su vez una de las grandes bazas humorísticas de la tira: los conocimientos de un niño de seis años, por mucha imaginación que tenga (y de eso Calvin va sobrado), son limitados. Así, que un tigre coma bocatas de atún o tema a los monstruos que hay bajo la cama son proyecciones directas de su mente, pero que Hobbes sienta tendencia a coquetear con las chicas es una muestra de sus propios deseos ocultos, que se niega a aceptar puesto que para él no hay nada más asqueroso que las niñas; de hecho, se autoproclamó Dictador Vitalicio de ASCO (Asociación Sin Chicas Obtusas) cuyo principal objetivo es molestar y conspirar contra niñas, especialmente contra su vecina y compañera de clase Susie Derkins. Los olfatos delicados pueden detectar cierto tufillo a machismo en estas rabietas infantiles de Calvin, pero hay que interpretarlo como una representación fidedigna de la realidad porque quién se cree que los niños, y sobre todo los problemáticos como el protagonista, sean totalmente tolerantes… aunque, por otro lado, el propio autor contaba, sorprendido, que recibió multitud de cartas a raíz de una plancha semanal en la que Calvin se imaginaba bombardeando su colegio, como si ningún niño lo hubiera pensado antes: siempre hay gente dispuesta a rasgarse las vestiduras por cualquier chorrada.

No es la única temática políticamente incorrecta que Bill Watterson toca en sus historietas puesto que los adultos tampoco son ejemplos de conducta. La señorita Carcoma, su maestra, está harta de las tonterías de Calvin (quien con frecuencia se escapa de clase poniéndose un antifaz al grito de «¡Soy Estupendo-Man, el campeón de la libertad!») y solo se consuela pensando en lo poco que le queda para su jubilación. Pero destaca en especial el padre de Calvin, quien recalca con regularidad, como argumento absolutorio, que él quería un perro, no un hijo. La válvula de escape que suele utilizar Papá (no se conocen los nombres de pila de los progenitores), para compensar los malos ratos que le hacen pasar las trastadas de Calvin, es reírse a su costa con bromas privadas, como darle respuestas rocambolescas a las preguntas curiosas del niño, que se lo cree todo. Calvin, por su parte, cansado de que su padre le obligue a hacer tareas para «forjar el carácter» (una de las frases favoritas del progenitor), busca todo tipo de desahogos como por ejemplo realizar estudios de mercado y popularidad entre los niños de la casa (es decir, él) en los que apoyarse para exigir la inmediata dimisión de su padre. Un genial tira y afloja entre ambos.

Pero el leitmotiv de este cómic es la relación de los protagonistas que dan nombre al mismo. A pesar de algunos  arrebatos salvajes (como acechar a Calvin para atacarlo por sorpresa y reírse de él porque no sobreviviría ni dos minutos en la jungla), el tigre se comporta como un amigo normal, aunque claro, su opinión sobre los humanos deja mucho que desear y lo hace notar con numerosos comentarios sarcásticos al respecto (de hecho, Watterson le puso ese nombre por el filósofo homónimo, porque tenía una «visión un tanto oscura de la naturaleza humana», según sus propias palabras). Las conversaciones durante sus paseos por el bosque o los descensos kamikaze en carrito o trineo mientras hablan sobre asuntos trascendentes, son lo mejor de las tiras. Y es que, a pesar de tener un punto de partida bastante infantil (un niño con su amigo imaginario), Watterson trata todo tipo de temas, desde la infancia, las esperanzas o la amistad hasta el arte contemporáneo, las relaciones familiares o cuestiones filosóficas de toda índole, como los dilemas morales relativos a portarse bien para que Santa Claus sea generoso en Navidad; es decir, ¿cuántos regalos le costará a Calvin lanzar una bola de nieve a Susie? ¿Y dos bolas? ¿Es asumible la pérdida?

Siendo las fantasías de Calvin una de las señas de identidad de estas tiras, Watterson resuelve de manera sobresaliente el apartado gráfico, que adquiere una nueva dimensión de significado, al representar de manera más realista los dinosaurios, extraterrestres o incluso los humanos fruto de su imaginación, que el mundo cotidiano donde está ambientado el cómic. Un ejemplo desternillante de la habilidad de Watterson con los lápices es la plancha dominical que acaba con un tiranosaurio rex pilotando un F-18. En otras ocasiones, la imaginación se muestra sin subterfugios, tal y como la vería un niño, como la caja de cartón que se transforma en duplicador, transmutador o máquina del tiempo simplemente cambiando el nombre apuntado en un lateral.

En total se publicaron unas 3000 tiras de Calvin y Hobbes hasta que Watterson decidió pasar página, cansado tras diez años de trabajo centrado en estos personajes y por las continuas disputas por la explotación de los derechos de las tiras. El autor consideraba que imprimir sus dibujos en tazas, camisetas o cualquier otro tipo de merchandising era prostituir su arte (como él mismo lo define). Puede que esta sea una de las razones por las que, a pesar de su calidad, Calvin y Hobbes son relativamente desconocidos frente a otros personajes que tan pronto son imagen de un banco, como estampado de calzoncillos o decoran una colchoneta playera.

La última plancha dominical publicada terminaba con Calvin y Hobbes descendiendo en trineo en uno de esos paisajes nevados que tan bien se le dan a Watterson (mención especial a sus inolvidables muñecos de nieve); una especie de fundido en blanco que simbolizaba no un final, sino el principio de algo nuevo, como una hoja de papel por estrenar. Y así nos quedamos, con los dos amigos desapareciendo en la nieve y nosotros sin saber qué pasó exactamente en el legendario Incidente de los Fideos.

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