Las aventuras de Tintín

El flequillo pelirrojo que destripó el siglo XX

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Tintín ha metido a más gente en las facultades de periodismo en el último siglo que Woodward, Bernstein, Thompson, Chaves Nogales, Camba, Talese y Kapuscinski juntos. Si no creen a este reseñista, crean a Jon Lee Anderson:

«Dame un Tintín en el Tíbet o un Las joyas de la Castafiore y estoy feliz».

Tintín es el anzuelo que te atrapa a esa edad en que el cerebro aún está tierno, y te hace preguntarte por qué no dedicarse a esto. Antes, mucho antes de descubrir que el fascinante mundo del reporterismo profesional se levanta sobre los pilares podridos de la publicidad, la precariedad, los compañeros cobardes, los directivos mediocres y, lo peor de todo, la auto-censura eternamente justificada, Tintín nos metió en el alma esa idea, ilusionante pero envenenada, de que la única diferencia entre un periodista y un detective es que uno de los dos sabe poner por escrito aquello que
presencia.

Cierto, de las veinticuatro aventuras que Hergé, seudónimo del belga Georges Remi, dibujó entre 1929 y 1976, solo en una, Tintín en el país de los soviets (1930), el pelirrojo imberbe acabó publicando una historia. Pero bah.

Las aventuras de Tintín empezaron publicándose como un serial en el suplemento juvenil de un diario católico, Le Vingtième Siècle, lo que explica en parte que en historias como Tintín en el Congo se ensalce hasta límites hagiográficos la labor de los misioneros belgas en la, por entonces, colonia africana. También se ofrece una visión de los congoleños como un rebaño de adoradores del hombre blanco, a ratos mano de obra complaciente y domesticada, a ratos díscolos y asalvajados. Desde 2007, las librerías del Reino Unido sacaron este tomo de las colecciones juveniles y lo colocaron en las estanterías de novela gráfica para adultos, advirtiendo de su contenido. Mundo enfermo.

El de abanderado de la supremacía blanca no es el único reproche que se le ha hecho a Tintín, un personaje que no resiste bien al ser visto con ojos del siglo XXI, donde la corrección política ha ido carcomiendo la piel de la opinión pública, haciéndola cada vez más fina. Su cuaderno de notas recorrió una Europa y un mundo que cambió abruptamente entre la década de los treinta y los setenta del siglo pasado. Algunos de sus villanos eran judíos, descritos habitualmente como avaros banqueros de nariz puntiaguda. Así el malvado financista Blumenstein, que aparece en La estrella misteriosa de 1942, fue modificado en las ediciones de después de la guerra para pasar a llamarse Bohlwinkel, y ya no era americano, sino originario del país ficticio de São Rico. Del mismo modo, en Tintín en el país del oro negro de 1939, situado en Palestina, los terroristas que inicialmente estaban dirigidos por un rabino, fueron «convertidos» en árabes tras el Holocausto, lo que hace un par de años también provocó quejas de la comunidad islámica.

No sorprende que, en muchas ocasiones, Hergé acabase tirando de países ficticios, como el citado São Rico, San Theodoros (que aparece en La oreja rota o Tintín y los pícaros) o la muy recurrente monarquía de Syldavia, que Tintín visita hasta en cuatro ocasiones. Pese a esto, no se descarta que algún grupo de radicales transilvanos haya reivindicado en estos años la verosimilitud de Syldavia y ordenado quemar libros como El cetro de Ottokar, Objetivo: La Luna o El asunto Tornasol.

A lo largo de los años, y en particular a partir de El Loto Azul, su quinta entrega, las aventuras de Tintín fueron haciéndose mucho más sofisticadas y complejas gracias a que Hergé dedicó más tiempo y esfuerzos —he aquí quizás la contribución periodística más importante— a documentarse sobre los países a los que iba a mandar a Tintín y sus célebres personajes secundarios, que en obras posteriores fueron tomando cada vez más protagonismo, caso de los agentes Hernández y Fernández (Dupont y Dupond en el original), el profesor Silvestre Tornasol o la recurrente diva Bianca Castafiore.

Y en particular, el capitán Archibald Haddock, que hace su introducción en El cangrejo de las pinzas de oro. En las siguientes entregas, su castillo de Moulinsart se convierte progresivamente en un centro de operaciones para el reportero y su inseparable fox terrier Milú, que disfruta lamiendo los charquitos de whisky Loch Lomond que el capitán, habitualmente ebrio, va desparramando mientras se desgañita con una legendaria sucesión de insultos, que incluyen: «¡Ectoplasma! ¡Filibustero! ¡Pirata de carnaval! ¡Vendedor de guano! ¡Cercopiteco! ¡Beduino interplanetario! ¡Bebe-sin-sed! ¡Ornitorrinco! ¡Cordero mal peinado! ¡Antropófago! ¡Papú de mil diablos!» y mi favorito personal, «¡Bachibuzuc!».

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