Hitler=SS

Guerra mundial contra el buen gusto

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Estamos en la segunda década del siglo XXI. Todos los vetos están ocupados por el humor. ¿Todos? ¡No! Un tabú poblado por irreductibles grupos de presión judíos resiste todavía y siempre al invasor…

En el debate sobre los límites del humor siempre llega el turno de las regiones pantanosas donde el autor sabe que corre el riesgo de enfangarse. Las arenas movedizas más peligrosas, de las que sales con mucha suerte aferrándote a una ramita que se dobla y se dobla y se dobla, suelen estar en los asuntos religiosos o en determinados gustos sexuales. Y el rey de España, claro. Viva el rey. Y viva también la reina. Resulta difícil salir vivo de esos cenagales, pero se conoce a mucha gente curtida que lo ha hecho. Hay sin embargo un territorio con un letrero de «No pasar». Usted puede intentarlo bajo su responsabilidad, amigo, pero ya le hemos avisado. No trespassing.

Francia. Años ochenta. El dibujante Philippe Vuillemin y el guionista Jean-Marie Gourio se adentran en el territorio prohibido de la mofa del Holocausto y los campos de concentración. La obra se llama Hitler=SS. Resultado: demandas judiciales, tres juicios y la prohibición de que las historietas se publiquen en revistas periódicas. La edición completa en álbum se puede vender, pero no a menores. Y no se puede exponer, hay que tenerlo en un cuarto oscuro, sótano o antigua habitación de videoclub dedicada al cine porno.

España. Año 1990. La editorial Makoki se atreve a publicar Hitler=SS. La organización internacional judía Hijos del Pacto (B’nai B’rith) y la asociación de víctimas españolas del nazismo Amical de Mauthausen consiguen que el Tribunal Constitucional retire los ejemplares de los kioscos y tiendas, destruya las planchas y condene al editor de Makoki, Damián Carulla, a un mes y un día de arresto y 100.000 pesetas de multa. A diferencia de Francia, en España la publicación sigue censurada y no es posible su venta de ningún modo.

Cuenta la leyenda que en algunos establecimientos o salones del cómic, siempre a través del mercado clandestino, se pueden adquirir ejemplares a un alto precio. También en la Deep Web, justo al lado de la sección «sicarios», a la izquierda de «cocaína», ahí, sobre el anuncio parpadeante de «prostitutas niñas». El que cae en mis manos, y no estoy autorizado para desvelar la vía por la que tengo acceso, tiene la portada y contraportada desgajadas, algunas páginas rotas, el color gastado y el inequívoco aspecto de haber sido leído, releído y manoseado por muchas personas, hermanos en lo proscrito a lo largo de años y años en los que este tebeo ha ido pasando de unos a otros. Escribo estas líneas desde un ordenador conectado a internet. No puedo seguir dando más explicaciones en este aspecto por si el Mossad hubiese accedido a mis comunicaciones. Aprovecho de todas formas para saludar a un servicio de inteligencia cuyos expeditivos métodos de actuación han hecho que me caiga siempre simpático. Es mi servicio de inteligencia preferido después del S.H.I.E.L.D de Marvel. Y viva el rey.

Vuillemin y Gourio entran a por todas en los campos de prisioneros. Desconocen el significado de la palabra delicadeza. Vuillemin oyó una vez la palabra sutil y le dio un ataque de tos con esputos. Gourio leyó de chico una frase que contenía exquisitez y vomitó de inmediato encima del papel. Un lord ataviado con un monóculo exigió respeto a ambos mientras tomaba brandy en un sillón orejero. El eco de las risas todavía resuena en el club inglés donde se pararon urgentemente para hacer sus necesidades antes de seguir su ruta en el próximo burdel donde consideraban una falta de cortesía aliviar su interior. Sí, su entrada en los campos atiende a la conocida expresión como elefante en una cacharrería si sustituyésemos a ese paquidermo por su primo hermano el mamut.

Ni nazis, ni judíos, ni armenios, ni homosexuales, ni mujeres o ancianos se libran de esta auténtica guerra mundial contra el buen gusto. Humor bestial, obsceno, escatológico, cruel y salvaje que no deja títere con cabeza y que convierte cualquier chiste convencional sobre cierto tipo de jabones en una gracia inocente e infantil. Torturas, violaciones, exterminios, sexo de todo tipo y un surtido de excrementos se dan cita en esta obra cuyo interés fundamental radica en la ruptura de tabúes y la generación de un debate sobre los asuntos acerca de los que ha de tratar la comedia y cómo debe de considerarlos. Los autores lo dejan claro: uno se pude reír hasta de su sombra y la del prójimo de manera libre y bestial. El humor no tiene fronteras. Muchas personas no tienen esto tan claro.

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