Hombre

Ratas y otras exquisiteces posapocalípticas

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«Los políticos prometieron que la crisis sería superada en breve con el sacrificio común».

Cuando el dibujante José Ortiz y el guionista Antonio Segura comenzaron a publicar Hombre en 1981 no podían imaginar que su sombrío retrato de un mundo en ruinas perduraría en el tiempo de la manera en que lo ha hecho. Quizá porque fantasear con el apocalipsis y la sociedad que surgiría de sus cenizas no deja de resultarnos fascinante. Ese fin del mundo puede provenir de una devastadora crisis económica o energética, de una epidemia incontrolada o de una guerra nuclear, pero el resultado siempre es el mismo: la lucha despiadada por los recursos entre los supervivientes, el abandono de toda restricción ética una vez desmoronado el orden social. ¿Y por qué imaginar un mundo así excita tanto nuestra imaginación? En primer lugar porque es divertido ver nuestro entorno desde otra perspectiva. Quién no fantasea caminando por las calles a horas intempestivas con que ha habido una catástrofe que ha matado a todos los demás, que entonces podemos asaltar cualquier tienda o supermercado y coger lo que deseemos, que cualquier zombi, mutante o el mismísimo Humungus, ayatolá del rock & roll, acecha a la vuelta de la esquina… Bueno, yo al menos lo hago y se me hace así el trayecto más llevadero. Pero otro motivo de más alcance para dicha atracción es que quizá un mundo posapocalíptico nos resulta aparentemente extraño, sí, pero al mismo tiempo intuimos que esa barbarie es la realidad, temporalmente oculta por el barniz de la civilización.

Si echamos un vistazo a la historia vemos, como en el poema Ozymandias de Shelley, que vastos imperios aparentemente invencibles quedaron reducidos a la nada y sus fastuosas capitales pasaron a ser ruinas por las que vagaban supervivientes que nada sabían sobre su pasada gloria. ¿Cómo no pensar entonces que eso podría volver a ocurrir? Cuando eso sucede la reacción de sus habitantes siempre es la misma: sálvese quien pueda. Las sociedades prosperan fundándose en un frágil equilibrio sobre los intereses de sus miembros. Cada uno de ellos renuncia a tomarse la venganza por su mano y se somete a unas leyes comunes. Acepta esfuerzos en el presente a cambio de beneficios en el futuro. Paga impuestos y dedica esfuerzos al bien colectivo. Se especializa en una profesión en lugar de producir sus propios alimentos porque confía en que los demás lo harán, proporcionándole lo que necesite. El resultado de todo ello es un sistema cada vez más complejo, y por tanto más frágil. Mientras funciona aceptamos sus reglas y resistimos las tentaciones. ¿Y cuando deja de hacerlo?

Como en una reacción en cadena surge el caos, la destrucción, la miseria —en la que un bidón de gasolina bien merece una vida humana y una rata pasa a ser la única carne que degustar—, en definitiva la lucha de todos contra todos. Y de entre todos ellos emerge un superviviente nato: alguien como Hombre. Así se le conoce, sin nombre propio, como tampoco lo tiene la ciudad sitiada de la que entra y sale en sus aventuras. Un personaje sin piedad ni remordimientos, sin altruismo ni idealismos vanos. Su día a día está en vengarse de las afrentas, no en agradecer la ayuda. Un tipo realmente duro, pero también atormentado, porque tiene recuerdos de cuando la vida era de otra manera. Acepta las nuevas reglas, pero en el fondo sabe que el mundo podría ser mejor. En ocasiones incluso parece dispuesto a luchar por conseguirlo, creemos ver entonces un atisbo de humanidad y esperanza en su interior… Pero el amago apenas germina porque ve a su alrededor que hacerse ilusiones es la forma más rápida de acabar muerto. Como la vida misma, en la que madurar consiste precisamente en dejar de hacerse ilusiones.

Hombre no se abriría un perfil en una red social definiéndose como «amigo de sus amigos», ni llenaría su cuenta con fotos de gatitos, ni terminaría sus frases con un «:P». Pero a pesar de su brutalidad y su gesto siempre ceñudo, no es difícil identificarse con él. Va a lo suyo, como todos lo hacemos. Y como todos, a veces desea romper esas barreras y escapar de su soledad. Anhelando íntimamente un mundo, una época, una vida donde las cosas eran de otra forma.

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