Harley Quinn: Cristales rotos

Una rebelde con causa

Harley Quinn: Cristales rotos

El epicentro del actual fenómeno del cómic juvenil estadounidense hay que situarlo en la figura de Raina Telgemeier. Esta autora superventas ha sabido conectar con los lectores más jóvenes gracias a obras de corte autobiográfico como ¡Sonríe!, Hermanas y Coraje. Pero Telgemeier es tan solo el nombre más representativo de una actual generación —formada especialmente por creadoras— que se ha volcado en construir nuevos referentes e historias para una au- diencia tradicionalmente descuidada por la industria. Propuestas más inclusivas y comprometidas que no desprecian la capacidad de los más jóvenes para entender su propia realidad.

Las grandes editoriales estadounidenses, viendo el nuevo frente abierto, han querido reclamar su parte del pastel. Con esa intención DC Comics puso en marcha en 2019 su sello DC Ink de novelas gráficas para jóvenes adultos. En él, la compañía ha contado con equipos creativos familiarizados con la ficción juvenil de cara a reinterpretar algunos de sus iconos más conocidos. En este espacio han visto la luz propuestas como Mera contra la marea, de Danielle Paige y Stephen Byrne, Teen Titans: Raven, de Kami García y Gabriel Picolo, o Catwoman: Bajo la Luna, de Lauren Myracle e Isaac Goodhart, entre otras muchas. Todas ellas editadas en nuestro país por Editorial Hidra, que a la hora de presentar esta línea en nuestro país lo hizo con el título más destacado del sello, Harley Quinn: Cristales rotos. Una obra ideada por el tándem formado por la guionista canadiense Mariko Tamaki y el dibujante británico Steve Pugh, que ha acaparado las alabanzas de la crítica y el entusiasmo del público. El resultado: varias nominaciones a los premios Eisner y un éxito de ventas incontestable.

En Harley Quinn: Cristales rotos, la famosa antiheroína creada en 1992 por Paul Dini y Bruce Timm para la televisiva Batman: The Animated Series, aparca su habitual pose de «bufona fatale» para ofrecernos una faceta suya totalmente. distinta. Tamaki y Pugh convierten a Harleen en una impetuosa adolescente que lidia no con héroes y villanos grandilocuentes, sino con los dilemas y problemas propios de su edad y generación. No estamos ante un cómic de orígenes convencional. No se trata tampoco de un elseworld con una Harley Quinn de un universo paralelo. Cristales rotos suelta lastre para contar una historia más íntima que promete dejar el cerebro del lector «como un plato de espaguetis».

Una divertida e ingeniosa reinvención de Harley Quinn para las nuevas generaciones

Harleen, una inconformista, entusiasta y ex- céntrica joven de quince años llega a Gotham únicamente con una mochila y cinco dólares. Sin un lugar donde vivir, acabará siendo acogida por Mama, una drag queen que regenta un club de variedades. Por otro lado, en su nuevo instituto conocerá a Ivy, una amiga «superespecial» que le instruirá en cuestiones de justicia social y compromiso medioambiental. Gracias a ella, Harleen se percatará de las desigualdades que afectan a los ciudadanos de Gotham. Una cuestión que la llevará a tomar cartas en el asunto y buscar la alianza con un enigmático Joker que le propone sumarse a su revolución de «fuego y azufre».

Las señas de identidad de Tamaki explotan en esta obra hasta desbordarse. La cocreadora de Laura Dean me ha vuelto a dejar y Aquel verano construye una trama que destaca por el ingenio y carisma de sus personajes y diálogos. Harleen reflexiona directamente con el lector rebotando contra la cuarta pared su manera de ver los abusos e injusticias que se producen a su alrededor. La búsqueda de su propia voz interior contras- ta con la atmósfera feminista de la historia. Por primera vez, Harley es una rebelde con causa protagonista de su propio cuento de hadas que no se ve lastrada en su discurso por su tóxica relación con el Joker.

Cristales rotos tampoco baja el listón si nos centramos en su apartado gráfico. En este punto, un Pugh en estado de gracia logra definir en cuerpo y alma —vía trazo y color— un inédito acerca- miento a la imaginería y estética de la señorita Quinzel. La obra fluye narrativamente por un detallado universo de tono azulado y negro por el que se van filtrando colores, sensaciones y portentosas escenas que, pese a su estatismo, fluyen narrativamente. Pugh ya nos había sorprendido con su reinvención de Los Picapiedra junto a Mark Russell, pero en la presente Har-ley Quinn: Cristales rotos alcanza el cenit de su maestría.

Tamaki y Pugh se han volcado en contarnos una historia que no va sobre «jirafas ni cup- cakes», como nos avisa su propia protagonis- ta en el cómic, sino sobre encontrarse a uno mismo y asumir las consecuencias de las elecciones que tomamos en la vida. Harley Quinn: Cristales rotos es una lectura divertida y fascinante cuyos villanos son la discriminación, el machismo, la gentrificación y los macarras corporativos. Toda una galería de amenazas a las que hoy difícilmente podría hacer frente el mejor pelotón de superhéroes. La manera de combatirlas son obras como la presente, que nos enseñan que las mejores armas contra los males que afean el mundo son conceptos tan sencillos como la igualdad, la diversidad y el feminismo.

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