El Vecino: Origen

La esencia del superhéroe

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Desde nuestras primeras conversaciones tuvimos claras dos referencias: Spiderman (…) y Locas, la saga infinita de Jaime Hernández». Esta frase está tomada del material extra del tomo El Vecino: Origen en el que Astiberri reedita las tres primeras entregas de la serie que Santiago García y Pepo Pérez iniciaron en el año 2004. Y es una frase que no solo es toda una declaración de intenciones, sino que automáticamente hace que se despierte mi interés por una serie cuyos referentes son similares a los que construyeron mi iniciación como lector de cómics. Y es que, en estos tiempos de predominio de la novela gráfica, he de confesar que mis comienzos en esto de los cómics fueron como lector de superhéroes. No es que esa lectura exclusiva durara mucho tiempo, ya que muy pronto me di cuenta de mi carácter omnívoro para todo lo que tuviera viñetas, pero mis lecturas de infancia y adolescencia están fuertemente ligadas a los superhéroes.

Curiosamente siempre me he considerado un lector de superhéroes atípico, porque, pese a mi pasión por el género, durante mucho tiempo nunca me interesaron los aspectos más espectaculares y cósmicos de los personajes. Para mí las páginas de luchas contra el supervillano de turno eran el relleno que había que pasar rápido para llegar a lo que realmente me interesaba: la narración de la vida de los personajes y sus problemas de la llamada «vida diaria». Por eso siempre me sentía más próximo a los personajes del Universo Marvel que a los de DC, que tenían un carácter más mítico, e incluso de esta última siempre me atraía más el enésimo intento de Clark Kent por conseguir que Lois Lane se fijara en él y se olvidara de Superman que las propias hazañas del Hombre de Acero. Cuando fui creciendo y descubriendo los clásicos de las tiras de prensa norteamericanas, el desarrollo de mi capacidad de análisis me permitió darme cuenta que lo que más me gustaba era la serialidad, esa capacidad de ir creciendo con los personajes que tenían tanto los cómics de superhéroes como, incluso en mayor medida, esas tiras de prensa.

Obviamente, con estos gustos, la aparición de Love and Rockets y, especialmente, del serial denominado Locas de Jaime fue algo que llenó las expectativas que tenía como lector, ya que estaban todos los elementos seriales que adoraba, pero con un desarrollo de personajes más profundo que el de los cómics de superhéroes, y sobre todo no había necesidad de pasar esas páginas de lucha que, siempre en mi humilde y quizá atípica opinión, eran lo más superfluo del número mensual de los cómics de superhéroes que leía (lo cual no quiere decir que no disfrutara con una buena doble página de Kirby, pero a otro nivel). Locas y todas las series independientes del cómic norteamericano que surgieron en esa época y que se enmarcaban, en mayor o menor medida, en lo que vino a llamarse el slice of life y que no era más que la plasmación de esa cotidianidad ya mencionada tan propia del cómic serial, durante mucho tiempo satisficieron todas mis necesidades como lector de cómics.

El lector de esta reseña me perdonará esta digresión, pero creo que es absolutamente necesaria para entender por qué me gusta tanto El Vecino. Cuando leo esta obra pienso que Santiago y Pepo la han escrito para lectores como yo. Han conseguido sacar todo el jugo de un género que fue clave durante muchos años para el desarrollo del medio, y lo han despojado de todo lo que —de nuevo, en mi opinión— es superfluo para quedarse con la esencia que me trajo como lector tantas horas de diversión.

En El Vecino los dos autores toman la decisión de no mostrar en ningún momento el uso de los superpoderes por parte del personaje, realizando esa unión entre el superhéroe y el slice of life que siempre estuvo allí pero que Santiago y Pepo desarrollan de forma explícita. Incluso, en la única excepción que hacen a esa regla, y es cuando se muestra el origen del personaje, las viñetas que narran la escena son puro Kirby, por lo que llegan a satisfacer, aún más, ese otro nivel de lector de superhéroes que mencionaba anteriormente.

A partir de ahí, evidentemente y una vez despojados de la necesidad de la acción, Santiago y Pepo muestran a lo largo de los tres álbumes recogidos en este tomo la versatilidad que tiene el género de los superhéroes. Así, el primer álbum tiene un tono de comedia costumbrista en la línea de las mejores historias de Peter Parker; el segundo es una historia de caída y redención que tantas veces se puede ver en el cómic de superhéroes y cuya referencia más conocida quizá sea el Born Again de Miller y Mazzuchelli; y el tercer álbum…, bueno, el tercer álbum, aunque sus referencias están más próximas al cine independiente, curiosamente se adelanta en varios años a lo que Tom King está haciendo actualmente, con gran aclamación de la crítica, en series como Mr. Miracle o Héroes en crisis.

Cuando el Ronin de Frank Miller apareció en el mercado estadounidense en el año 1986, John Byrne, otro de los grandes del cómic de superhéroes de esa época, dijo a propósito de esa obra: «Lo que ha hecho Frank Miller es tomar el envoltorio básico y jugar con él. Lo retuerce. Lo transforma. Y nunca olvida que es un comic book. Esta es la mayor alabanza que conozco». Si sustituimos Frank Miller por Santiago García y Pepo Pérez, y comic book por cómic de superhéroes, creo que estas palabras son completamente aplicables a una obra como El Vecino, que toma el envoltorio básico del cómic de superhéroes y lo retuerce y transforma, sin olvidar nunca el amor de sus autores hacia ese género. Y, efectivamente, esa es la mayor alabanza que conozco.

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