Carta Blanca

Un amor pese a todo

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Aunque Carta blanca es su primera obra larga como autor completo, antes de su publicación, Jordi Lafebre (Barcelona, 1979) ya era un dibujante con una carrera muy consolidada en el mercado francobelga. Un periplo que comenzó en 2009 con el dibujo de un episodio de La anciana que nunca jugó al tenis y otros relatos que sientan bien, que no solo supuso su debut en ese mercado, sino que también marca el comienzo de una fructífera colaboración con Zidrou, el guionista belga afincado en España, que continuó a lo largo de la siguiente década con Lydie, eldíptico La Mondaine y la serie Los buenos veranos, de la que en 2021 ha visto la luz el sexto álbum. Unos trabajos que le han granjeado una popularidad que le ha permitido afrontar una obra de una extensión considerablemente mayor de lo que es habitual y dentro de una grande como Dargaud, convirtiéndose en un éxito de ventas y crítica, y que le ha valido el premio Uderzo al mejor cómic editado en Francia en 2021 y uno de los Premios de Plata que concede el Ministerio de Asuntos Exteriores de Japón.

Esta obra nos cuenta la historia de Zeno, un antiguo marinero que ha recorrido medio mundo mientras acaba su doctorado en física, y Ana, la alcaldesa de una pequeña ciudad costera. Ambos son una pareja que a lo largo de los años han estado platónicamente enamorados, pero que, por diversas circunstancias relacionadas con sus trabajos, sueños y ambiciones, nunca han podido encontrar ni el momento ni el lugar para iniciar el romance. A lo largo de la historia vemos cómo los protagonistas son como la luna y el sol, en una irresistible atracción que les hace compartir

momentos tan intensos como efímeros, pero sin llegar nunca a colisionar del todo, de manera que han pasado casi cuarenta años orbitando uno alrededor del otro. Una trama que no sería particularmente original si no fuera porque Lafebre nos cuenta la historia comenzando desde el final y cada capítulo se va remontando en el tiempo hasta llegar a su primer encuentro, creando una obra con una estructura circular que nos recuerda que los principios son tan importantes como los finales, sobre todo si, como es el caso, la historia está muy bien planeada y todo funciona como un mecanismo de relojería perfectamente engrasado.

Pese a lo que pueda parecer, no estamos ante una historia almibarada que nos lleva por una trama de amor épica con vocación de ser más grande que la vida, repleta de los clichés del amor tóxico propia de otras épocas, sino que se trata de una historia íntima, dulce y emotiva, de esas que se quedan guardadas en la memoria durante años soportando a la perfección el paso del tiempo y que gana con cada relectura. A lo largo de los años vemos cómo ambos, a través de llamadas telefónicas y cartas, van contándose cómo transcurren sus vidas, hablando de sus buenos momentos, pero también de los malos, demostrándose que se quieren de una forma nada egoísta, en la que la felicidad del otro está por encima de la propia. Algo que debería definir cualquier tipo de relación y que dota de verosimilitud a los protagonistas y a su historia.

Pero Lafebre no nos cuenta únicamente su relación, ya que también somos testigos de las relaciones tanto personales como profesionales que ambos establecen a lo largo de los años. Así, a través de Ana vemos las dificultades que tiene la ciudad para acometer los cambios urbanísticos necesarios para hacer la vida más cómoda a sus habitantes y que juegan una importancia capital en la obra, en particular un puente que sirve como metáfora sobre la relación entre ambos, al igual que sucede con el tema del doctorado en Física de Zeno, que además es de crucial importancia para dar sentido a la estructura de la obra.

Cuando se anunció este proyecto existían algunas dudas acerca del desempeño de Lafebre como guionista, pero donde no había ninguna duda es sobre su capacidad como dibujante y narrador, ampliamente probada con anterioridad. Se puede afirmar que este es su mejor trabajo hasta la fecha, ha compuesto una historia en la que sabe manejar los ritmos de lectura en cada momento y da una lección de narrativa en el magistral capítulo que cierra el cómic. Como es habitual, gracias a su estilo realista, aunque ligeramente caricaturesco en los rostros, con- sigue que los personajes sean de lo más expresivo, transmitiéndonos en todo momento sus emociones, pero también hay que destacar lo bien que consigue reflejar el paso del tiempo por ellos, logrando que siempre sean reconocibles. Quizás lo que más destaca en esta obra con respecto a sus anteriores trabajos es el color, del que también se encarga el autor catalán, con la colaboración de Clémence Sapin, que gracias a una paleta de tonos cálidos y luminosos potencian la intimidad, emoción y optimismo que esconde la obra.

Con Carta Blanca Jordi Lafebre ha realizado un sorprendente debut como guionista con una obra que desde las convenciones del género se atreve a ofrecernos algo diferente, y eso nos habla de un autor valiente que prefiere arriesgar en lugar de refugiarse en lo cómodo y sencillo.

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