Anarcoma

Tacones lejanos

anarcoma

En el panorama del cómic actual se reconoce y se premia la importante contribución de Alison Bechdel, resulta notoria la popularidad de Ralf König y queda patente el contacto de Sebas Martín con la cotidianidad del lector. Pero hay que remontarse a 1979 para entender el efecto transgresor de un personaje como Anarcoma, el fornido travesti que irrumpió en la historieta española desde las páginas de El Víbora.

Apenas superada la Transición, el fin de la censura propició una euforia expresiva que en gran parte fue generadora del llamado boom del cómic. Un contexto donde la mencionada revista fue capaz de aglutinar y otorgar estabilidad a las nacientes estrellas del underground hispano y, sobre todo, de aportar un soporte legal y periódico donde pudieran plasmar sus preocupaciones. Sin duda fue un soplo de aire fresco para el mundo del cómic (y para la propia sociedad española) contemplar la aparición de personajes como El Niñato, Taxista, Maria Lanuit o Gustavo, auténticos estandartes de una realidad distinta que afloraba por primera vez en las viñetas: la de la calle, la noche, las cárceles o los ambientes más lumpen de la realidad del momento. Y está claro que, entre todos ellos, el que causó un mayor y más definitivo impacto fue Anarcoma

Se trata de un travestí generosamente hormonado que actúa como detective aficionado en el barrio chino de Barcelona. Es una  criatura sensual, sofisticada y resolutiva, tiene un pene de regulares dimensiones y gusta de jugar al pinball en su dormitorio. Asumiendo con desenfado los clichés del género negro, se mueve entre chulos, prostitutas, policías y delincuentes de distinto pelaje a la vez que mantiene una intensa actividad sexual con la despreocupación de unos tiempos que no conocían el sida.

El espacio, el color, la extensión y la calidad técnica que le brinda El Víbora permitirán a Nazario explayarse sin restricciones, concretando y amplificando unos temas hasta entonces  materializados de manera precaria en publicaciones semiclandestinas. En aquellas realizadas con los dibujantes contraculturales de El Rollo Enmascarado, títulos efímeros y ya míticos como Catalina, Nasti de Plasti, Purita y, sobre todo, La Piraña Divina, donde se burlaba de la educación católica y sexualmente represiva mientras ejercía una sátira de la hipocresía social y de tantos maridos ejemplares encerrados en el armario. Inolvidables y de referencia fueron las historietas Abecedario para mariquitas o su interpretación en clave gay de la copla Ojos verdes.

Atrás quedan los tiempos de la venta clandestina, de huir de la policía e incluso de las ocasionales detenciones y palizas en la comisaria de la Vía Layetana. Anarcoma aparece ahora en El Víbora y lo hará de forma intermitente durante la primera mitad de los ochenta. Sus argumentos mezclan el costumbrismo canalla con desaforadas fantasías sexuales y delirantes tramas conspiranoicas.

En la primera historia, el «macguffin» es la desaparición de una máquina que nunca queda claro para qué sirve y, en la segunda, el
asesinato de un viejo aristócrata, homosexual y promiscuo. Como telón de fondo, Las Ramblas y la Plaza Real, además de bares, clubes de alterne, jardines o urinarios públicos. Es decir, el genuino mundo del ambiente, la palpable y colorida realidad que rodea al propio Nazario y sus allegados, como demuestran sendos cameos del pintor Ocaña o del autor y su novio. Una realidad que no ahorra la descripción de los ambientes y situaciones más sórdidos, ni mucho menos la violencia descarnada o escenas homoeróticas de alto voltaje. 

El elemento estrambótico lo aporta la presencia de sabios chiflados, robots con increíbles prestaciones sexuales, una banda de feministas tuertas y una secta secreta que combina lo religioso con lo paramilitar. En semejante cóctel no faltan homenajes a sus amigos Mariscal y Onliyú (a la sazón redactor de El Víbora) ni referencias a clásicos tan dispares como Tom de Finlandia o Spirit. Todo sin perder el sentido del humor y añadiendo un componente de misterio alegremente inverosímil que en realidad poco importa al autor o a los lectores. Porque el mayor interés reside en la contundencia y la densidad de la ambientación. Algo que se apoya en un dibujo realista que otorga una extremada fisicidad a los objetos, los escenarios y las personas. Que pormenoriza la textura de los tejidos, las paredes, el vello masculino y todo tipo de fluidos corporales: orina, sangre, sudor y semen. Frente a la posmodernidad, el diseño y la línea clara que marcaban la estética de los ochenta, Nazario exhibe un barroquismo minucioso, a veces tan decorativista y recargado como los retablos y vírgenes de su Sevilla natal.

El libro es una recopilación verdaderamente antológica, que no solo recoge las dos historias originales, sino diversas piezas breves, las portadas de los álbumes e ilustraciones para El Víbora y otras revistas europeas. El gran formato y la implicación del propio autor, que ha recoloreado gran parte de las páginas, permiten disfrutar o reencontrarse con el personaje en condiciones óptimas. Tras Anarcoma vendrían Salomé y Turandot, donde el Nazario más depurado y sensible revela su sentido del diseño y el drama.

Después una trayectoria como pintor, con sus lienzos en museos y galerías de arte. E incluso nuevas aventuras del famoso transexual
convertido en personaje literario. Pero resulta difícil olvidar la expresión más libre, salvaje y descarada de su forma de entender el erotismo, mientras se ríe de la corrección política y de una  sociedad con más tabúes de los que se atreve a admitir.

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