El piano oriental

Un puente entre dos culturas

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La portada de El piano oriental es una buena síntesis de lo que ofrece esta cuidada obra de narración gráfica de Zeina Abirached. En un fondo de pentagrama musical, destaca el rostro de un hombre elegante. Va ataviado con un tarbush, un tocado erigido en símbolo de modernidad para los musulmanes, pero que, en la época que acontece la acción —medianos del siglo xx—, ya era anacrónico. Ese detalle otorga un aspecto distinguido y excéntrico al protagonista. La cara risueña del personaje ya anuncia un tono de relato entrañable, pero desdramatizado, ligero y distendido. Como elemento aglutinador de la ilustración vemos un piano y en la parte de abajo el retrato de una mujer joven, la autora, con el pelo rizado y los ojos muy abiertos. El horror vacui, omnipresente en la decoración islámica, destaca en la carátula y en todas las páginas del libro.

Abirached estudió grafismo en la Academia Libanesa de Bellas Artes de Beirut. Allí aprendió la caligrafía árabe y se instruyó en el arte de las estampas japonesas. Con el cómic ya había establecido relaciones de niña, leyendo a maestros francófonos como Hergé, Goscinny o Uderzo, conocimientos que más tarde ampliaría con las obras de Gotlib, Tardi, Pratt o David B. La autora, asumiendo sus dispares influencias, sabe sintetizar su estilo con un trazo esquemático, plano, suave, amable y plenamente expresivo que se ve reforzado por un contrastado juego de blancos y negros.

La dibujante nos presenta como tema de fondo del libro el bilingüismo, los problemas de comunicación entre dos lenguas y culturas tan alejadas entre sí como pueden ser la francesa y la árabe-libanesa. Dos mundos que pueden llegar a ser antagónicos pero que ella no siente como alejados, aunque sea consciente de que la cohabitación en un mismo espacio geográfico, como es el Líbano, de la cultura occidental y oriental y de diversas etnias y religiones ha sido y es compleja. En este aspecto, un pequeño prefacio explicativo para la versión española de la enrevesada historia social y política libanesa no habría resultado sobrero y sin duda facilitaría a los lectores captar mejor el contexto en que suceden las tramas.

El libro discurre entre dos hilos argumentales. El retrato del Beirut bullicioso de finales de los años cincuenta, satisfecho de su mestizaje de culturas, en el que se recrea un paisaje urbano que acabaría siendo totalmente destruido por la guerra civil en el periodo de 1975-1990. La autora recrea ese mundo perdido, a la vez moderno y oriental, y dentro de él, la figura de su bisabuelo, músico que modifica un piano occidental para que pueda tocar también los cuartos de tono típicos de las melodías orientales. Un piano bilingüe, puente entre dos mundos culturales, que logra interesar a los profesionales de la música, pero que no logrará el apoyo suficiente para poder conseguir su fabricación industrial. El tono de la narración, basada en hechos reales, recuerda el de los cuentos populares de la rica tradición del Oriente Próximo.

En otra línea temporal, la autora, a través de su alter ego, nos descubre su biografía personal y la relación con los idiomas que han conformado su identidad. El Líbano, donde nació en 1981, estuvo bajo mandato occidental hasta que en 1943 se independizó de Francia. Como otros países con pasado colonial siguió conservando el francés como lengua de cultura o de prestigio social. Abirached convive con un sentimiento de identidad compartido que se acrecienta en 2004 cuando se traslada a la capital francesa para estudiar animación. Desde entonces vive en París, cruzando continuamente el puente que la sigue uniendo a Beirut.

La autora ha querido dibujar la música inspirándose en la escritura de las partituras. Sus páginas resuenan, llenas de sonido con notas musicales, onomatopeyas gráficas y una sabia repetición de pequeños detalles que dan ritmo expositivo al relato. Los símbolos gráficos que utiliza nunca son abstractos, siempre resultan entendibles. Un ejemplo sería la inserción en medio de la trama del cuento clásico de los tres cerditos, que está plasmado gráficamente de una manera efectiva y deliciosa.

La consagración en el mundo del cómic como autora le vino con El juego de las golondrinas (Sinsentido, 2008), seleccionada en el Festival de Angulema como uno de los títulos esenciales del año, posteriormente llegaría Me acuerdo: Beirut (Sinsentido, 2009). Por su utilización del grafismo, su estilo narrativo, por el carácter básicamente autobiográfico de la obra y por su identidad compartida por dos culturas, su obra se ha comparado con la de Marjane Satrapi, la influyente dibujante francoiraní autora de Persépolis. Abirached, en realidad, no conocía a Satrapi en los tiempos de su formación como creadora y solo reconoce como una gran influencia las obras autobiográficas del dibujante francés David B., el autor de La ascensión del gran mal.

El piano oriental es una excelente novela gráfica, llena de hallazgos visuales realizados por una artista talentosa. La historia, que navega entre las aguas simbólicas, mágicas y realistas, está contada sin dramas excesivos, con ternura y humor, a través de un grafismo lleno de arte y belleza. Se trata de una obra nacida de la memoria real o recreada, que nos habla de vivencias, emociones y sentimientos por medio de metáforas visuales y recursos gráficos de un gran atractivo.

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