La muerte del Capitán Marvel

Muere y deja un bonito cadáver

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«¿Para qué he combatido tanto si al final es mi propio cuerpo quien se vuelve contra mí y me vence?».

Capitán Marvel

El término «novela gráfica» no lo ha inventado ahora «un iluminado, para dar lustre a los tebeos», como más de un detractor de los cómics ha pensado alguna vez. Sin ir más lejos, ya se empleó en 1982 en la casa de las ideas para bautizar una serie de cómics con un acabado más pulido, tapa dura, mayores dimensiones y sin publicidad. La serie, denominada Marvel Graphic Novel, comenzó precisamente con La muerte del Capitán Marvel, la obra magna de Jim Starlin que, como declaración de intenciones, se abría con una portada sensacional, siempre mencionada entre las mejores de la historia del comic-book norteamericano, inspirada en la Pietà de Miguel Ángel.

El personaje de Mar-Vell (nombre de pila del Capitán Marvel) tal y como lo conocimos en los últimos tiempos nació de rebote tras diversos conflictos por plagio, posesión de derechos o nombres registrados. Así, en primera instancia era un tipo descaradamente parecido a Superman (un extraterrestre —uno kree, el otro kryptoniano— de apariencia humana con superpoderes); más tarde, surgieron problemas porque su nombre coincidía con el de la casa fundada por el señor Stan Lee. Incluso se dio la circunstancia de que tanto DC Comics como Marvel Comics publicaron al unísono historias del mismo personaje aunque con diferente nombre y aspecto. Visto lo visto, no es extraño que en una de las purgas habituales que suelen hacer las editoriales, se decidiese que Mar-Vell pasara a mejor vida. El encargo de acabar con el guerrero kree recayó en exclusiva en Starlin, el autor que había abanderado su mejor etapa, que se encargó de lápices, tinta, color y guion. Pero cerrar de manera digna la historia del Capitán Marvel no era una tarea fácil sobre todo con la trayectoria tan irregular que había llevado: tan pronto corría aventuras inspiradas en las del hombre de acero como en las de Flash Gordon. Starlin se tomó literalmente lo de acabar con él, y le preparó un traje de pino. Pero ¡qué traje!

Habitualmente, las muertes en los comic-books terminan como el rosario de la aurora porque, escaldado por experiencias anteriores, sospechas que más adelante los guionistas pueden echar mano de clones, de viajes en el tiempo, de realidades paralelas o, en el colmo de los colmos, de que una entidad mística haga un reset de todo el universo y aquí paz y después gloria. Es decir, como en una máquina recreativa: te matan pero sabes que tienes más vidas (si introduces más monedas). Pero Starlin narra a la perfección la idea de irreversibilidad, lo que consigue que su historia, la historia del Capitán Marvel, tenga calado, auténtica sensación de pérdida. Casi tan rápidamente como en Crónica de una muerte anunciada, conocemos la suerte que va a correr Mar-Vell: se nos dice que años atrás estuvo expuesto, durante una de sus aventuras, a gas nervioso, lo que aún a pesar de sus poderes y organismo superior, ha derivado en un cáncer terminal. A través del relato del protagonista que, conocedor de su inminente final, graba cintas contando toda su vida, esbozando casi una hagiografía, descubrimos que luchó como el que más por su planeta adoptivo, que tuvo enemigos casi omnipotentes como el colosal Thanos (hay quien mide su huella en la historia en función de la talla de sus enemigos), que sufrió y fue herido, pero que también amó y fue querido. Una de las mejores páginas del cómic relata cómo Mar Vell comunica a su amada su enfermedad mientras son observados desde la ventana. La composición de las viñetas y el lenguaje corporal transmiten la profunda pena de los personajes sin utilizar ni una línea de texto. Los silencios cargados de significado se repiten a lo largo de la historia, siendo este un elemento poco frecuente en los comic-books, donde los superhéroes y supervillanos son unos bocazas cargantes que no callan ni cuando se están zurrando.

Por cierto, no se lleven a engaño: a pesar de la temática y el ritmo de la historia, también hay ocasión de presenciar viñetas en las que se reparte estopa, ya sea en algún flashback o en alguna lucha contra enemigos o demonios internos. Pero el problema de Mar Vell no se resuelve a tortas, obviamente.

Starlin, con una calidad gráfica excepcional, humaniza a los superhéroes de la manera más cruda: también pueden morir tras una larga enfermedad. Y es que, como pone en boca de La Bestia: «Bajo estos trajes de fantasía y estos llamativos poderes se esconden hombres y mujeres mortales». También vemos el dolor en las lágrimas de Spiderman, la emotividad en los habitualmente circunspectos Skrull al acudir a su lecho de muerte y reconocer la valía de uno de sus mayores enemigos, la frustración de las mentes superdotadas de Reed Richards (Mr. Fantástico) o Tony Stark (Ironman) que son capaces de salvar el planeta de todo tipo de peligros pero no encuentran una cura contra el cáncer, o la impotencia de casi todo el universo Marvel que acude a Titán a acompañar al kree en sus últimos momentos y solo pueden velar un cuerpo que se está consumiendo.

Si hacemos caso del dicho «bien está lo que bien acaba», la historia del Capitán Marvel ha sido entonces fenomenal. No creo que exista un personaje con un desarrollo tan errático y un final más apoteósico. Y es que, aunque pueda parecer falto de tacto, Mar-Vell mereció existir solo por poder morir así.

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