El Incal

Una ‘space opera’ metafísica

978846790676

Dibujo del maestro Moebius y guion del polifacético Alejandro Jodorowsky. El Incal se publicó entre 1980 y 1989. Inicialmente, fue concebido como el storyboard de Dune, la obra de Frank Herbert, una de las sagas de ciencia ficción más aclamadas de todos los tiempos, pero el proyecto de la película al final no salió adelante por desgracia o por fortuna y solo quedó el cómic.

En aquellos tiempos la que sí que se rodó fue la trilogía de la Guerra de las Galaxias de George Lucas, Robert Wise también llevó a la gran pantalla por primera vez la serie de Star Trek. 007 fue al espacio en Moonraker, Ridley Scott filmó Alien y a continuación Blade Runner. La adaptación británica de Flash Gordon, de 1980, generaría sus dudas pero luego fue una estrella del videoclub. Y en televisión apareció Galáctica, estrella de combate, los dibujos animados de Ulises 31… En el cambio de década el espacio era el gran referente de la ficción y eso tuvo su reflejo en los tebeos. En España su máximo exponente fueron las revistas 1984, CIMOC, donde Moebius publicó sus trabajos, o la Metal Hurlant española, en la que apareció El Incal.

Dicho todo esto, El Incal fue la madre de todas las space opera. Las habrá más trepidantes, las habrá más detallistas, pero ninguna tan ambiciosa. Hay quien ve aquí el mayor de sus problemas, al considerar que hace un tratamiento superficial de todos sus ricos hallazgos, y para quien, sin embargo, es una sucesión maravillosa de sorpresas. Queda a juicio de cada uno.

El protagonista de la historia es John Difool, un detective «clase R». Un día, cuando acompaña a una anciana que por medio de un holograma que la rejuvenece quiere pasarse una noche de sexo salvaje en los bajos fondos, se ve inmerso en una persecución y, por casualidad, le entregan el Incal, una luz misteriosa.

Con esa premisa, parecida a la de El Señor de Anillos de Tolkien, un individuo de bajas pasiones, chistoso, débil, egoísta, pero también capaz de hacer cualquier cosa por amor, un humano, en definitiva, se enfrentará ni más ni menos que al orden establecido del universo y su demiurgo. Al principio, es una trama futurista de género negro, con sus intrigas políticas, pero a continuación va in crescendo hasta terminar siendo toda una odisea de matices seudofilosóficos y religiosos.

Las obsesiones de Alejandro Jodorowsky son bien conocidas. El tarot, las religiones orientales, la mitología, todo lo que a uno se le pueda venir a la cabeza ajeno al pensamiento racional tiene cabida en El Incal. Sumado a que la acción es incesante y no hay un solo momento de respiro, difícilmente podremos encontrar en otro tebeo un viaje tan pasado de vueltas como este.

Y si bien la gran historia es ambiciosa y permite múltiples interpretaciones y discusiones sobre su significado, no son menos interesantes los detalles. El protagonista está deseando buscar «homeoputas» allá donde va. La televisión basura está omnipresente, es el método de control de toda una galaxia, es significativo que cuando al presidente del planeta le clonan a un cuerpo más joven y fuerte, se retransmita en directo para todos los planetas. Y cuando acaba la conexión, el locutor dice: «volvemos a nuestro programa de evasión “Pipí, cacá, popó”».

En cada página aparecen nuevos personajes cada vez más delirantes y fruto de una imaginación hiperactiva: las psicorratas, que cuanto más se las teme más se multiplican; los troglosocialisk, que irrumpen en el Congreso estelar en plan Tejero; la endoguardia con sus armaduras que luego fueron imitadas hasta la saciedad en el cine de ciencia ficción. O escenarios fantásticos como la selva de cristal que hay en las profundidades de un subsuelo relleno de basuras y excrementos. Hay dibujos a página entera fascinantes. Unas escenas a las que podría haberse referido el replicante de Blade Runner al final de su vida. En El Incal Jodorowsky escribe: «Qué espectáculo, más de cien mil medusas mutantes al asalto de los diez mil huevo sombra devoradores de soles». Y Moebius lo dibuja.

Los momentos de máxima acción son un circo de tres pistas del que no se puede levantar la vista. Los desenlaces no son menos apasionantes, como cuando Difool tiene sexo con la protorreina Barbarah y engendra a una nueva raza a su imagen y semejanza, todo un delirio seudorreligioso y sobre todo freudiano. No en vano, el protagonista acaba enfrentado cara a cara al padre creador de todo.

El final de la historia es bastante discutido, pero termina en círculo donde empezó, lo que ha permitido que sigan las secuelas y precuelas, Antes del Incal, Después del Incal o El final del Incal. Además, a partir de uno de los personajes de este universo surgió otra obra maestra como es La casta de los Metabarones. La ampliación del universo continuó posteriormente con Los tecnopadres.

A mucha gente joven que se acerca ahora a El Incal le cuesta sumergirse en la historia. Es un universo excesivamente surrealista, tal vez, u onírico, pero esa era la imaginación desbordante que imperaba en los cómics de ciencia ficción de aquella época, no solo en los de Jodorowsky. No obstante, los suyos fueron los que dejaron una huella más profunda en un par de generaciones de lectores.

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