Charlie Moon

El fin de la infancia

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Recuperar el trabajo de Horacio Altuna para las generaciones más recientes no solo es un ejercicio de memoria imprescindible, sino además un tributo elemental a uno de los narradores más relevantes del pasado siglo xx. Gran Premio del Salón de Barcelona y galardonado dos veces con el Yellow Kid, es dueño de una trayectoria que comienza a mediados de los años 60 y continúa sin cesar hasta el presente. Charlie Moon fue realizada en un óptimo momento creativo, pero todavía estaba lejos el autor argentino de alcanzar la popularidad que goza en España hoy en día.

Afincado en Barcelona desde 1982, tras abandonar su país natal por un cúmulo de motivaciones personales, políticas y laborales, allí había tocado techo profesionalmente, pero aquí hubo de labrarse de nuevo una reputación y lo hizo con las historias de ciencia ficción publicadas en las revistas de Josep Toutain en pleno boom del cómic. No porque sintiera especial afinidad por ese género, sino por imperativos puramente comerciales. Algo que no le impidió, en todo caso, trasladar a obras como El último recreo, Ficcionario, Chances o Time Out las preocupaciones humanistas y sociales que habían cimentado el éxito de su trabajo en Argentina durante los años setenta. Y es precisamente en ese periodo y lugar donde se ubica el personaje que motiva los siguientes párrafos.

Charlie Moon es uno de los primeros éxitos de Altuna, realizado con el genial guionista Carlos Trillo, a quien el dibujante calificara en una ocasión como «el mejor heredero de Oesterheld». Se publicó en 1977, tras el fenómeno nacional que supuso la tira El loco Chávez y antes de títulos igualmente sobresalientes como Merdicheski o Las puertitas del señor López. Es decir, en el periodo más fecundo del dúo, cuando los dos creadores habían alcanzado la plena conciencia autoral y una estrecha colaboración profesional nacida de la proximidad física generaba una sinergia tan fructífera como irrepetible. Que, de hecho, se fue diluyendo tras el mencionado traslado a España del dibujante, ya que diez mil kilómetros era una separación excesiva en tiempos anteriores a Internet, aunque no por ello dejaran de colaborar a distancia en varias de las historias de ciencia ficción antes citadas, hasta que Altuna se convirtió definitivamente en autor completo. Después vendría el mercado europeo, las historietas para Playboy, el regreso a la prensa en diarios españoles y argentinos, e incluso la escritura de guiones para otros dibujantes. Pero eso ya es otra historia… que se adelanta en varias décadas al libro que nos ocupa.

Volviendo a Charlie Moon, Ediciones de la Urraca es quien publica la serie en sus revistas, una editorial que se posiciona claramente contra la dictadura. Parece que inicialmente el personaje iba a ser un muchacho argentino, pero el afán de universalización lo convirtió en un adolescente norteamericano que vive durante los duros años de la Depresión. O quizás influyera cierto temor a ser demasiado explícitos sobre la realidad del país en una época donde se hacían necesarias las elipsis y los sobreentendidos, como bien demuestran Las puertitas del señor López; aunque no por ello elude el argumento los problemas del individuo común ni los conflictos emocionales que encierra la simple cotidianidad, como es habitual en el trabajo de los dos autores.

El álbum contiene las cinco historias que llegaron a publicarse, sendos episodios a modo de pinceladas vitales que aportan retazos de las peripecias del protagonista. No sabemos quién es Charlie ni de dónde viene. Deambula de un lugar a otro, buscando trabajo, sobreviviendo en unos años difíciles, mientras asimila todo un cúmulo de experiencias que van a moldear su espíritu. Sus sencillas aventuras hablan de un ídolo del jazz mezquino y alcohólico, del despertar a la sexualidad, de un vagabundo que no es lo que parece, de un amor interracial prohibido y de un anciano campesino negro que ya no resulta rentable a su patrón. Charlie observa, experimenta y asimila, de tal forma que el drama social se funde sin transición con la problemática personal, en tanto que el muchacho aprende lo que es la amistad y la dignidad, pero también sufre la decepción, la timidez, o es víctima de sus propias inseguridades y temores. Sobre todo, la serie es una agridulce reflexión sobre el fin de la inocencia (no tan rotundo como El último recreo), sobre la iniciación a la vida y al mundo de los adultos, con todas sus hipocresías y desengaños.

Plásticamente, Altuna exhibe un realismo de corte clasicista, como siempre ha hecho, pero pasado por ese filtro personal e inconfundible que permite a sus viñetas transpirar naturalidad y vida, ocasionalmente belleza, gracias a la magia de su pincel, a la vez suave y rotundo, como la realidad que describe. Y, por supuesto, en blanco y negro. Porque, aunque introdujera el color a partir de su estancia en España (un tanto forzado por la dinámica y la estética de las revistas donde trabajaba), siempre ha sido un maestro del blanco y negro, con un dominio absoluto de la iluminación generalmente matizado por el empleo de elaboradas tramas grises. Por lo demás, la imagen cobra un absoluto protagonismo, en base a un meditado juego de planificación y montaje, del cronométrico manejo del ritmo, de la fluidez narrativa y de una puesta en página siempre al servicio del máximo rendimiento expresivo: todo para conducir al lector sin que lo advierta por los vericuetos emocionales que demanda el argumento.

Pero Charlie Moon también es el magnífico retrato de un lugar y una época. De una Norteamérica en plena crisis que sin embargo contempla el esplendor de novedosas artes como el cine o el jazz, a la vez que practica unos valores tradicionalistas que no excluyen el racismo, la explotación y el clasismo. Altuna y Trillo no suelen ser optimistas, más bien al contrario, pero esta es una de sus obras menos virulentas, quizá porque la ingenuidad del protagonista impregna inconscientemente la mirada del propio lector, aunque, en el fondo, las implicaciones que intuye el personaje sean bastante duras. Y, a veces, realmente brutales.

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