Cenit

De little Nemo a Cenit

cenit

El título de la obra Cenit, es casi un anhelo de los protagonistas del cómic de María Medem. Un deseo newtoniano de encontrar un orden, una lógica; una mecánica celeste que marca el paso del tiempo, la sucesión del día y la noche. Un tiempo para la vigilia y un tiempo para los sueños.

Huelga decir que dicho deseo no se cumple. Los personajes de la historieta no solo no distinguen entre el sueño y la vigilia sino que, dada su condición de sonámbulos, actúan en la realidad desde el reino de Morfeo. Así, ensoñaciones y recuerdos, conciencia e inconsciencia, se entremezclan a lo largo de las páginas de esta obra hasta volverse totalmente indistinguibles.

La acción arranca con dos personajes que conversan mientras comen sentados a los extremos de una larga mesa rectangular. El sol en su cenit y el vuelo de un pájaro delimitan un escenario cartesiano, racional, con unas delimitaciones espaciotemporales claras y definidas. Pero en la conversación se introduce un elemento que lo desestabiliza todo: el recuerdo del sueño de la noche anterior. De repente, la representación de la realidad cambia, y todo se desliza hacia un mundo gráfico y narrativo que se emparenta directamente con la pintura metafísica y el surrealismo.

María Medem consigue crear así un universo irreal gracias a la aplicación de una idea que vertebra toda la obra: «por acción del sueño, la representación de la realidad es mutable.» La aplica en el dibujo, al poner el acento en la mutabilidad de las formas en relación con el tiempo. Todo en las páginas de Cenit es susceptible de cambiar, de mutar en otra cosa. Así, por ejemplo, la artista dibuja unas uvas que se transmutan en el rostro de los personajes protagonistas.

También hay una tendencia marcada a licuar objetos, como sucede por ejemplo en la escena en que una serie de ánforas de barro se deshacen hasta transformarse en un torrente de agua cristalina que lo inunda todo. Esta presencia de lo acuático pone de manifiesto la atracción que siente la artista por las formas cambiantes (no en vano adaptarse a la forma de cualquier recipiente es una de las características que define a un líquido); y resulta inevitable pensar en Salvador Dalí y su lienzo La persistencia de la memoria (1931), que también plasma a través de su famosa representación de los relojes blandos la relatividad del tiempo.

Por otro lado, hay que destacar el modo en que la artista consigue jugar con la mutabilidad del espacio y el tiempo a la hora de narrar la historia. Aquí, la referencia más destacada se encuentra en el cineasta Jean Cocteau y en especial la influencia de su opera prima La sangre de un poeta (1930), en la que las escenas se desarrollan bajo un discurso espaciotemporal no kantiano y los acontecimientos suceden en lugares cambiantes y en un tiempo asíncrono. Si el director francés utiliza el montaje para romper con la narrativa cinematográfica convencional, la artista sevillana hace lo propio, gracias a su particular composición de página y un peculiar uso de la viñeta para marcar el tempo narrativo.

María Medem alarga o acorta una acción a su antojo. Así por ejemplo, en algunas páginas la transición entre el día y la noche se marca en tan solo dos viñetas; mientras que en otras, le dedica hasta dieciséis viñetas a una escena en que todos los personajes permanecen inmóviles, y el paso del tiempo solo es perceptible por el movimiento del sol, que se esconde.

Asimismo realiza transiciones entre diversos espacios nada convencionales, fusionando unos con otros. Por ejemplo, la mesa en que se juntan diariamente los dos personajes para hablar y comer es invadida por el espacio donde duerme y trabaja el alfarero. Como resultado, los límites espaciales donde transcurre la acción se vuelven difusos y poco claros, logrando transmitir la sensación de que, hasta el espacio, es susceptible de cambiar y transformarse.

La mutabilidad también se aplica al color. Para lograrlo, hay una renuncia expresa al color naturalista en favor de una utilización simbólica. Como en la pintura de los nabis, se busca romper las rígidas normas de la percepción de la realidad, en favor de un uso emocional del color. También se busca potenciar su expresividad mediante una utilización minimalista pero muy potente del pigmento, que se aplica a partir de grandes manchas de colores planos o degradados, siempre delimitados por la línea negra del dibujo que sirve de contorno, que recuerdan poderosamente a las estampas japonesas ukiyo-e.

Como sucedía con las formas, este uso del color irreal permite que los personajes, paisajes y objetos de Cenit también muten arbitrariamente de color de una viñeta a otra, potenciando esa sensación de cambio e inestabilidad que conduce toda la obra. Así, en Cenit de María Medem, el sueño se filtra en la realidad, haciéndola dúctil, y maleable; obligando al lector a reflexionar sobre lo real y sobre la imposibilidad de prescindir de lo soñado a la hora de representarla.

María Medem continúa así, desde un grafismo propio del siglo xxi, un camino que ya se encontraba en el origen de la historia del cómic; en concreto en los dibujos de Winsor McCay con los que daba vida a los sueños de su extraordinaria tira de prensa Little Nemo in Slumberland.

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