El club de las chicas malas

En defensa de la pin-up

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Una localidad en mitad de ninguna parte, sumida en las tinieblas estéticas y morales. Schlomo, un alcalde corrupto hasta el tuétano, y un grupo de pin ups que se rebelan contra sus designios. Abusos, chantajes, venganza… Cien páginas de luchas sin cuartel y con humor perverso entre los estamentos patriarcales —política, religión, fuerzas del orden— y los de un feminismo entendido desde el fetish y la sororidad. Así puede resumirse El club de las chicas malas: Amanecer rosa, cómic de Ryan Heshka, ilustrador canadiense abonado al surrealismo pop. Heshka se ha labrado un nombre en el mundillo del arte hípster norteamericano gracias a las numerosas exposiciones desde las que acceder a un universo muy particular, siniestro y a la vez colorista. En el mismo confluyen la ilustración pulp, el cine de terror, y ciencia ficción producido en Hollywood durante los años cincuenta, y las culturas de la femme fatale, la pin up y el bondage, cuyos códigos de extrema feminidad y sexualidad desbordante son recuperados por el autor con una intención gamberra y empoderante.

En El club de las chicas malas: Amanecer rosa, precedido en 2015 por un fanzine que introdujo a las protagonistas, Heshka se ciñe al blanco, el negro y el fucsia en una línea clara y sinuosa para hacer de las aventuras de Pinky y sus compañeras de fiestas y rituales en los márgenes pantanosos del pueblo que gobierna Schlomo una alegoría pop de la brujería enfrentada a un orden represivo pero, sobre todo, gris, normal, patriarcal. Heshka nos traslada de esta manera su confianza plena en los valores de las subculturas trash que ya había explorado en su obra gráfica. Para él, la pin up exacerba los códigos asignados por razón de género y tiene el potencial de devenir artefacto de violencia política y simbólica legítimo. Su idea de que la pin up ofrece dos caras que se enriquecen mutuamente —la que abarca lo físico/contemplativo en tanto objeto de la mirada masculina, y la que gira en torno a lo intelectual/activo— y que hacen de ella una figura retórica en el límite, underground, tiene numerosos precedentes.

Entre los más destacables se cuentan: el análisis de la ensayista Maria Elena Buszek Pin-Up Grrrls: Feminism, Sexuality, Popular Culture (2006), que concluye que la pin up ha servido como vía de escape feminista a las representaciones hegemónicas de la sexualidad femenina, acotadas a lo correcto y obediente, y ha influido en las dinámicas de la moda y el consumo con los riesgos y oportunidades que ello conlleva; y las reflexiones de la académica Muriel Dimen en el sentido de que «por un lado, al haber sido vistas las mujeres habitualmente como objetos sexuales, el feminismo ha demandado ir más allá de los atributos físicos; pero por otro, como las mujeres han sido definidas por la tradición como no interesadas en el sexo, han sido privadas como individuos del derecho al placer y la autonomía en la expresión de sí mismas». En sintonía con estas consideraciones, Heshka hace valer en sus páginas una concepción hiperpotente de lo representado mujer, al mismo tiempo objeto erótico y sujeto de acción: el atractivo que emana de sus peinados, sus cejas perfiladas, sus faldas de tubo y sus tacones funciona menos, en última instancia, como material de calendario que como uniforme digno de superheroínas icónicas. Lo femenino como escudo y como arma arrojadiza contra los poderes que pretenden subyugarlas. Las protagonistas de El club de las chicas malas: Amanecer rosa son malhabladas, agresivas y hasta sádicas, y cuando Pinky es víctima de la silla eléctrica, se transforma en un monstruo a lo Frankenstein. Algo que lleva a las últimas consecuencias una visión subversiva de lo femenino como programación aberrante, de modo que un pequeño empujón expresivo, como los que practica aquí Heshka, nos conduce al terreno de lo grotesco, lo salvaje, una ruptura absoluta del código.

En este sentido la chica mala más significativa en el fondo es Roxy, a la que no por casualidad está dedicado el cómic. Frente a la hermandad de la que hacen gala sus socias, Roxy, llevada por la necesidad, se engaña circunstancialmente con el espejismo de que se puede confiar en el sistema, en el alcalde Schlomo. Aprenderá por las malas que en el orden imperante solo se puede ser instrumento, no existe la posibilidad de ser considerada un igual. Cuando vuelve a los brazos de sus amigas, Roxy es la primera en reconocer «habría tenido merecido que me dieseis pasaporte por ser una imbécil redomada». Una reflexión que da una idea bastante exacta del tono hard boiled que caracteriza El club de las chicas malas: Amanecer rosa, con el que conviene estar familiarizado para disfrutar enteramente de sus páginas y comprender la rotundidad de los discursos de Heshka.

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