Matadero cinco o la cruzada de los niños

Los corderos van al matadero

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Soy Matadero cinco y me he desprendido en el tiempo. Desde que se me llevaron los trafalmadorianos, para mí el tiempo no funciona de forma lineal. Todo sucede a la vez, y así, pasado, presente y futuro se disponen ante mí como una instantánea cuyos detalles puedo visitar sin orden ni continuidad.

Soy un storyboard sobre el escritorio de Albert Monteys. Si no fuera capaz de ver todo el tiempo a la vez, me hubiera sorprendido que un colaborador habitual de El Jueves se encargara de mi adaptación al formato gráfico. Pero Monteys siempre fue un gran aficionado a la ciencia ficción. Lo sabe quien leyera en 1996 el número 237 de Calavera Lunar, a la postre el único número de una serie ficticia, o las aventuras de su carismático Carlitos Fax. Pero sobre todo lo sabe quien ha seguido la trayectoria de este autor durante los últimos años, con su desembarco en la plataforma Panel Syndicate gracias a su ¡Universo!, conjunto de historias cortas que rinden un esplendoroso homenaje a los relatos clásicos de aquellas revistas pulp que nos presentaban universos posibles, o no tanto. Futuros que hablan de nuestro presente, como solo hacen las buenas obras de ciencia ficción, y además vienen impregnados del humor que tanto domina el autor. Y poco se habla de Solid State, una obra donde Monteys adaptó junto a Matt Fraction el disco homónimo del músico Jonathan Coulton. Un disco ambientado —cómo no— en un futuro de ciencia ficción, y en concreto, en Internet, los trolls, la inteligencia artificial, y cómo el amor y la empatía salvarán al ser humano.

Soy una simple idea en la mente de un soldado. Me encuentro en plena Segunda Guerra Mundial. Estoy hecho de las experiencias que acabarán desembocando en un libro que dentro de unos años será una película dirigida por George Roy Hill y acabará por verse plasmado en las viñetas de Matadero cinco o la cruzada de los niños, de Ryan North y Albert Monteys. Soy el llanto de un hombre que se siente superado por las atrocidades de un conflicto bélico. Soy la violencia del enemigo. Soy el silencio de una ciudad arrasada por las bombas. Soy los gritos de los habitantes de la misma ciudad, momentos antes. Soy el sinsentido de la guerra, y un prisionero de guerra apellidado Vonnegut me acaba de atrapar en las redes de su memoria.

Soy un cómic sobre la estantería de una librería. En mi interior hay historias y recursos de todo tipo, y todo gira alrededor de Billy Pilgrim. Ahora Pilgrim está en la guerra, encerrado en un vagón sin conocer su destino, ahora está en su consulta donde ejerce como optometrista, ahora está en Trafalmadore siendo observado por sus habitantes mientras copula con otra humana, ahora se salva de un accidente en avión, y ahora se pelea con su mujer. Ahora sufre estrés postraumático y ahora conoce a Kilgore Trout, un autor pulp que parece conocer todo lo que sucede en este y otros mundos. Pero los que me hojean no huyen despavoridos ante esta narrativa fragmentada, porque los recursos gráficos facilitan seguir las digresiones y cambios de época y lugar sin apenas esfuerzo. El prólogo y los elementos metanarrativos se hacen así indispensables, pero también los distintos tratamientos de color y textura con que Monteys nos hace sentir los saltos temporales casi antes de percibirlos a nivel consciente. Y juega con multitud de elementos como storyboards de una película contada al revés o con páginas completas de esas obras pulp que acaban interesando al protagonista, y con ello a los lectores, mis lectores.

Soy una novela en manos de Ryan North. El guionista canadiense toma notas sin parar mientras elucubra la mejor forma en que convertir mi historia en un cómic. No le falta experiencia: es el escritor y dibujante de Dinosaur Comic, su propio webcómic, y ha escrito guiones para la adaptación al cómic de Hora de Aventuras o para la serie de Marvel Imbatible Chica Ardilla. A pesar de ello, se siente un completo aprendiz ante la responsabilidad de adaptar una obra de mi calibre y el de mi autor, y toma una resolución que acaba por respetar tanto el pasado como el presente: mantener el texto original allí donde sea necesario, y en todo momento, escribir un guion con el objetivo de que un lector que no sepa nada de la obra pueda llegar a creer que ha sido creada directamente para este medio. Y lo consigue.

Soy el cierre de una reseña que se queda corta a la hora de alabar las virtudes de Matadero cinco. Porque es imposible capturar toda la esencia de un cómic que ha sido editado para acabar expuesto junto a las mejores piezas de cualquier hogar. Así fue y será.

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