Esos días que desaparecen

El futuro se escribe hoy

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Estamos ante una obra fascinante, de una madurez pasmosa, en la que no faltan los elementos fantásticos sin que desentonen en una historia de corte realista con su dramatismo correspondiente siendo al final altamente emocional, y todo ello realizado de forma magistral por un joven autor que contaba tan solo con 27-28 años. Esos días que desaparecen es la tercera obra producida por Timothé Le Boucher (Francia, 1988) pero la primera en llegar traducida a España de la mano de Dibbuks.

Lubin es un prometedor acróbata que tras un leve accidente durante un espectáculo comenzará a vivir algo inusual dentro de su vida cotidiana. Tras perder una apuesta con su amigo y compañero de trabajo, se da cuenta que solo recuerda uno de cada dos días, pero enseguida es consciente de que el resto de días «no vividos» alguien está usurpando su cuerpo con una personalidad totalmente distinta a la suya. Esta extraña situación le traerá problemas para mantener el ejercicio que le exige su carrera artística además de seguir de forma normal con su vida personal. Todo deriva a caminos insospechados y fascinantes que no voy a desvelar porque sería arruinar la experiencia del lector primerizo, aunque sí apuntaré que el cómic termina por explorar distintos aspectos de la vida que afecta a todos sus protagonistas. El autor mantiene la intriga y el interés narrativo siguiendo la historia desde el único punto de vista del protagonista descubriéndonos qué está sucediendo a la vez que lo averigua o lo vive. Las reglas cambian y Lubin debe aprender un nuevo modo de afrontar la vida, de aprovechar cada minuto para recuperar el control mientras la situación le fuerza a reorganizar sus prioridades. Las casi doscientas páginas del álbum permiten a Le Boucher desarrollar a fondo la complicada situación y su problemática conciliación; también da juego para estirar el tiempo del que dispone Lubin a su antojo y cómo lo aprovecha, siendo de lectura más tranquila al inicio del cómic con pocas viñetas por página, para acabar con una estructura más tensa a medida que avanza la historia, disponiendo unas últimas páginas repletas de viñetas. Se pueden sacar valiosas lecciones de esta lectura que se rumian al cerrar el álbum en un cómic que arranca como una obra aparentemente de evasión e intriga y termina siendo un análisis de muchos aspectos de la vida moderna.

Si nos adentramos en la trayectoria de Le Boucher, en sus primeros dos cómics contaba con un estilo gráfico más ágil y menos definido que podría recordar, por actitud, al de Bastien Vivès. Sin embargo, en Esos días que desaparecen realiza un gran salto de calidad consiguiendo un dibujo más estilizado con unos escenarios de fondo tratados con el mismo nivel de detalle, seña de identidad que ha mantenido en su siguiente cómic Le patient, un thriller inédito hasta la fecha aquí. Otro punto destacable es el uso del color, del que también ha habido un cambio drástico respecto a sus trabajos previos, donde juega un papel más discreto acotándose a la realidad, ya que es la historia la que condiciona las atmósferas de los protagonistas: a oscuras en el cine o en una habitación, de iluminación más fantasiosa en el teatro, o lúgubre de noche en la piscina, por ejemplo. Narrativamente no hay peros, Timothé Le Boucher crea una historia que nos pone en la terrible situación de sentirla propia, de hacernos imaginar cuál podría ser nuestra respuesta ante la misma situación…

Conseguir la satisfacción del lector en esas condiciones ofreciéndole una conclusión a la altura de la premisa propuesta pudiera parecer un reto sumamente difícil; y sin embargo, Le Boucher hace que parezca fácil.

Esos días que desaparecen nos presenta a un autor completo con un estilo gráfico fino y un control de la historia minucioso. Con cuatro obras a sus espaldas, es sin duda uno de los jóvenes con más proyección de futuro del cómic.

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