Dos holandeses en Nápoles

Un cómic que ni está pintado al óleo ni sobre lienzo

Dosholandesesennapoles

Hubo un tiempo en el que la idea de que un museo, un MUSEO, como el del Prado o el Thyssen-Bornemisza, interactuara de una u otra forma con el mundo del cómic era poco menos que el sueño húmedo de cualquiera que estuviera relacionado con el medio (dibujante, guionista, editor, lector, librero). Y, sin embargo, hemos llegado a verlo. El Thyssen contó en 2014 con Miguel Ángel Martín para acompañar y complementar su exposición Mitos del Pop con un breve y contundente librito, y el Prado hizo lo propio en 2016 con su exposición sobre el Bosco y Max. La aventura continúa en ambos casos: Keko y Altarriba complementan con El perdón y la furia una exposición de dibujos de Ribera que se ha podido visitar en las salas del edificio de los Jerónimos del Prado, y Álvaro Ortiz ha hecho lo propio para el museo Thyssen con Dos holandeses en Nápoles, una estimulante incursión en el género histórico/biográfico que acompañó a la exposición Caravaggio y los Pintores del Norte. (Más sorpresas: el IVAM dedicando una exposición antológica al cómic valenciano de los años ochenta, también este año pasado. Algo se mueve, y para bien, sin duda).

Pero vamos a lo que vamos: Álvaro Ortiz y sus holandeses en busca de Caravaggio. Porque su librito (maravillosa, la edición cosida de Astiberri Ediciones) viene a aunar, como quien no quiere la cosa, dos fijaciones suyas: amigos que viajan, por una parte; la biografía del pintor, por otra. Lo de los amigos y el viaje está ya en Cenizas (Astiberri Ediciones, 2016), el primer libro de su nueva etapa, por así decir: porque Ortiz tiene una breve carrera anterior que se resume en dos álbumes editados por De Ponent, Julia y el verano muerto (2004) y Julia y la voz de la ballena (2009), que se mueven en un registro cercano al realismo mágico. Lo de Caravaggio da para más explicación: en su momento, cuando se le concedió una beca para trabajar un tiempo en la Academia de España en Roma, su objetivo era hacer una novela gráfica sobre él, pero la cosa no terminó de cuajar. En su lugar, la vida del pintor se resume en uno de los capítulos de Rituales (Astiberri Ediciones, 2015), protagonizado por un hosco trasunto del propio Ortiz. Fueron esas páginas, expuestas en Madrid, las que llamaron la atención de los responsables del Museo Thyssen.

Dos holandeses en Nápoles viene a ser eso, el viaje de dos amigos en busca de alguien cuyo trabajo admiran. Dos pintores obsesionados por la obra de Caravaggio viajan a Italia al poco de su muerte para ver de primera mano sus cuadros y, quizá, encontrar su pista y, quién sabe, hay rumores de que, en realidad, puede que no esté muerto… Historia, leyenda y costumbrismo en un guion muy bien imbricado, como es habitual en él, con diálogos chispeantes y una gran densidad de información por página. El encargo le daba plena libertad a la hora de trabajar, y se nota. En el tono general: ligero, de comedia (ese gofre de la última página, impagable). En los diálogos: contemporáneos y naturales. En lo rocambolesco de todo el asunto, tan de su propio imaginario.

Mención aparte merece el apartado gráfico. Álvaro Ortiz ha desarrollado en sus últimos trabajos un dibujo muy reconocible, a medio camino entre la línea clara tradicional y la nouvelle bd, que rompió esquemas en Francia hace quince, veinte años. Un dibujo amable y limpio, muy expresivo, que se complementa con una paleta de color característica y una diagramación de página inconfundible, densa, generosa en detalles. (Para este librito, por cierto, los tonos de rosa y los azules casi han desaparecido, y han aumentado los marrones, para acercarse a la paleta de Caravaggio. Que uno no se dé cuenta en una primera lectura dice mucho del buen hacer del autor).

En fin, yo ya no sé qué más decir para dejar claro que Dos holandeses en Nápoles es Álvaro Ortiz en estado de gracia, haciendo suyo un tema que, en principio, parecería muy alejado de su mundo. Ingenioso, elegante y redondo.

Que no lo dejéis pasar, vamos.

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