Cosmonauta

En la ardiente oscuridad

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«Estáis envenenados de alegría. Pero sois monótonos y tristes sin saberlo».

Antonio Buero Vallejo, En la ardiente oscuridad

Pep Brocal nos ofrece en su última creación el mejor compendio de valores de la historieta española actual. Las, en apariencia, sencillas viñetas del autor de Terrassa poseen una profunda carga significativa que las dota de un aire fresco e innovador, rebosante de personalidad. Constituyen la exploración de un vasto cosmos emocional. Así, las desventuras afectivas de Héctor el astronauta, ensamblado a su nave, son el punto de ignición de un personaje complejo y conflictivo. Un antihéroe futurista con espíritu de autodestrucción que contra todo pronóstico se convierte en la última esperanza de la humanidad, el único superviviente entre los millones de héroes anónimos que surcan el espacio tras la pista de Dios. En este viaje sin retorno recreará en su mente su desconsuelo y apatía. Repasará cada uno de sus errores. Y, de este modo, cobrará conciencia de su insignificancia en el devenir cósmico. Un vacío existencial que, en contra de lo previsible, no le llevará a la desazón, sino a la rebelión contra las leyes mismas de la existencia. Se siente protagonista y quiere un final acorde, aunque eso suponga que el universo salte por los aires. Él es el centro y medida de la existencia y Dios su pálido reflejo.

De este modo, el pequeño mundo del hombre y los grandes espacios siderales se entrecruzan en esta suerte de odisea. Y el ideal que los une no es otro que el amor, la fuerza más poderosa existente, parafraseando a Einstein. No importa que el amor devenga en frustración (su particular triángulo amoroso con Eva, enamorado de ella desde su más tierna infancia, y Fredo, su mejor amigo, lo convierten en un ser frustrado y obsesivo), la pureza de sus sentimientos lo llevará a idealizarlo (al más puro estilo petrarquista, Héctor alaba las virtudes de su amada y sueña con conquistar su corazón en un reiterativo cancionero in vita). Héctor entrará en un largo letargo emocional del que despertará demasiado tarde, cuando comprende que todo ha sido irreal. Para escapar, el marco de la ciencia ficción le brinda el medio ideal para hacerlo. Gracias al proyecto Segunda Oportunidad, Héctor se alista como astronauta y será incorporado a un cohete de última generación equipada con Tic, su fiel ordenador de a bordo. Pero nunca llegará a estar solo. Casualidad o no, ni Fredo, ni Eva, ni la gran mayoría de la juventud terráquea, lo abandonarán en su periplo por las estrellas. Y aunque uno a uno serán engullidos por la inmensidad del cosmos (incluso Eva con quien compartirá vuelo durante 89 años), Héctor resistirá imperturbable su rumbo. Sin embargo, a medida que se acerque a su destino, este amor ciego se transmutará en odio desgarrador hacia aquel Dios loco que los hizo unos seres imperfectos henchidos de crueldad.

Resulta más fácil culpar a otro de los grandes males (la pobreza, la polución, la desigualdad social, etc.) que asolan a la humanidad, aunque este sea un ente divino que deja de ser inalcanzable. La ciencia, el instrumento humano para comprender la naturaleza, demuestra su existencia y la divinidad deja de constituirse como un acto de fe. Ya nada queda al azar. El destino está escrito de antemano y en él la Tierra ha sido condenada. Eso no significa que la humanidad lo acepte. Aún queda una posibilidad de reescribir la historia. Salvando las distancias, esta sempiterna lucha de Héctor contra el fatum entronca con una rica tradición introspectiva propia de nuestra historieta. Así, su profunda depresión recuerda por momentos a la figura de Víctor Ramos, el dibujante de historietas solitario y desesperado que protagoniza Nova-2, de Luís García. En cambio, su capacidad reflexiva a la hora de exponer los conflictos existenciales recuerda a las ágiles digresiones sobre el sentido de la vida propio de los personajes de Santiago Valenzuela en El lado amargo o en su saga del Capitán Torrezno. A diferencia de las obras anteriores, en Cosmonauta Héctor ni se rinde al inexorable camino marcado (ese carácter ineludible vendría simbolizado en la lectura de las cartas del tarot de Víctor Ramos), ni trata de comprender los misterios del alma humana (en este caso, la metáfora depende de la perspectiva y la escala: el hombre común es un dios para el homúnculo). Actúa con convicción manifiesta: su renacimiento implicará el del mismo universo y lo hará por puro instinto de supervivencia como individuo. La especie le trae sin cuidado. Siempre ha sido un inadaptado, ajeno a la falsa apariencia de felicidad que parecía manifestar el resto.

Esta comprometida lucha por dotar de orden al cosmos personal del personaje, se mostrará de igual modo en el terreno formal. El manejo de los recursos técnicos por parte de Brocal es insuperable. Primero, con un preciosista empleo del bitono que contrapondrá los estados de tensión (rojo), con aquellos más sosegados (azul); sin distinción tácita, ambos estados se entremezclan con suma naturalidad al son acompasado de los recuerdos o razonamientos de Héctor. Segundo, con la ruptura de los límites de la viñeta. La esencia misma de la historieta encuentra una génesis. La eliminación de los bordes, no solo facilita la mezcolanza de estados de ánimo, sino que también permite jugar con las imágenes de su mente a través de un empleo de las páginas abiertas (algunas dobles) que enfatiza un ritmo narrativo extremadamente ágil y fluido.

Sin duda, recursos de sobra efectivos para arrancar de la eterna monotonía a un lector que como Héctor erra sin rumbo en busca de la auténtica felicidad.

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