Catálogo de Bunkers

Papá, cuéntame otra vez

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Sucede que un día nos damos cuenta de que los padres se equivocan, o mienten, o enferman. Sucede que ese día, con 6 o 7 años, nos sentimos traicionados al descubrir que no son infalibles, y los cimientos de la realidad ya no parecen tan sólidos. La sospecha se propaga en todas direcciones: «Si mi guía de conocimiento se corrompe una vez, si flaquea, ¿qué me garantiza la verdad de todo lo demás?». Sucede que es usted un niño que vaga con su padre en un mundo postapocalíptico y que no tiene noción de lo previo, ni contacto con otras personas. Sucede que su mundo es lo que le cuenta un adulto perturbado —pienso también en Canino (2009), del cineasta griego Yorgos Lanthimos—, y que la ética que se impone es la de la propia vida, que no es vida sino supervivencia brutal. Porque «durante el tiempo en que los hombres viven sin un poder común que les obligue a todos al respeto, están en esa condición que se llama guerra; y una guerra como de todo hombre contra todo hombre» (Leviatán). Y sumido en el «miedo continuo» del estado de naturaleza que describe Hobbes, abdica de todo y deja que su progenitor le cuente delirantes historias sobre por qué mató a todas aquellas personas, escondidas en búnkeres que él mismo vendía en el pasado, durante la crisis económica y ambiental que arrasó el mundo anterior.

La idea de la ruptura del contrato social tras un cataclismo no es nueva en Marcos Prior: está en los misteriosos «grandes apagones» de Necrópolis (2015), cortocircuitos eléctricos y morales durante los que se producen crímenes en los barrios deprimidos de una ciudad. También le interesa la distancia entre los hechos y los relatos. En Necrópolis y Gran Hotel Abismo (2016) son los medios de comunicación y las redes sociales quienes modulan una realidad histérica; en Catálogo de Bunkers es un padre enfermizo, pero el resultado es el mismo: la historia depende del canal que sintonicen. El ilustrador Jordi Pastor inunda cada refugio de un color: rojo, azul, ocre, lima. El asedio cromático ciega y niega la posibilidad de matices. Cada asalto requiere una excusa inverosímil que acaba con un epílogo de sesos en la pared. POW! Y usted mira hacia otra parte mientras salpica la sangre. Pero ¿qué va a hacer, si es un crío y depende de él? Intenta una vez, tímidamente, que no liquide a dos mujeres. «No hay alternativa», responde el adulto, «son una amenaza para la humanidad». POW! POW! ¿Qué humanidad, papá?, ¿dónde está que yo la vea?

En ausencia de leyes, el hombre se inclinará hacia el conflicto perpetuo, señala Hobbes, puesto que tiene la libertad de usar «todos los medios a su alcance» para preservar su vida y defender sus intereses. Nada le retiene. Locke dirá que cada hombre está obligado a preservarse a sí mismo y a «esforzarse por preservar al resto de la humanidad». A través de la razón, el individuo llegará a la convicción moral de que nadie es superior a nadie por naturaleza porque todos son criaturas de Dios. Esto enlaza con otro tema recurrente en Prior: individualismo frente a cooperación, y lo que esto último tiene de revolucionario en cualquier distopía, ya sea ecológica o financiera. Liberado del padre, no importa cómo, el chaval hallará otras personas, nuevos colores, una deidad y un rito de paso. Y las viejas historias revelarán su falsedad escandalosa: «Me veía a mí mismo subyugado por la oratoria errática de mi padre…».

Y en ese momento arranca la narración de la propia vida, y la construcción de nuevos cimientos sobre arenas movedizas. Y, pese a todo, una forma extraña de gratitud

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