Beverly

Miserias corales

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En 1993 el cineasta Robert Altman estrenó su película Vidas cruzadas (Shortcuts), en la que, a partir de diversos relatos y poemas de Raymond Carver, creaba un relato coral tejido a partir de las vidas de personajes sin relación aparente entre sí, cuyos itinerarios terminaban por confluir en una misma línea argumental para crear un cuadro social y costumbrista de más amplio alcance.
La idea no era nueva, encontramos ejemplos de este modelo de expresionismo narrativo en escritores modernistas del siglo xx, como John Dos Passos (Manhattan Transfer, 1925) o William Faulkner (Mientras agonizo, 1930), y en autores más recientes como Camilo José Cela (La Colmena, 1951). El mismo Robert Altman había recurrido con anterioridad a esta técnica en películas tan distanciadas en el tiempo como MASH (1970) o El juego de Hollywood (1992).

Desde entonces, la técnica narrativa de las «vidas cruzadas» ha gozado de enorme popularidad entre novelistas (Belén Gopegui), cineastas (Alejandro González Iñárritu, Paul Thomas Anderson, Tom Solondz) y guionistas televisivos (David Simon), que la han hecho suya a la hora de levantar sus historias interconectadas.
En el mundo del cómic, el relato de vidas cruzadas no ha sido tan frecuente como en otras disciplinas, aunque autores como Alex Robinson hayan jugado con frecuencia en la liga de los destinos cruzados en sus trabajos: Malas ventas (Astiberri Ediciones, 2001) y Estafados (Astiberri Ediciones, 2005).

El Beverly (2016) de Nick Drnaso se inscribe en esa misma tradición, pero no se conforma con el apego a la fórmula o la sorpresa efectista de los itinerarios confluyentes. Es más, el empleo de las vidas cruzadas que plantea Drnaso en su cómic es tan sutil y delicado que podría incluso pasar desapercibido en una lectura superficial. El dibujo de su portada, un puzle de cubículos triédricos escalonados, nos remite a esa singularidad interconectada, a las sutiles relaciones que se establecen entre individuos que viven de espaldas unos a otros, como si, en realidad, habitáramos todos en escenarios «teatrales», sin más espectador que nosotros mismos.

Hay muchos méritos en Beverly, más allá de su inteligente manejo de la técnica narrativa. En su primera novela gráfica, Drnaso ha conseguido aunar la naturalidad costumbrista de John Porcellino, la mirada certera para el instante significativo de Adrian Tomine, la capacidad para crear personajes alienados de Daniel Clowes y el talento de Chris Ware en la construcción del tempo narrativo y la secuenciación. Beverly se lee como una obra de madurez, lo cual no deja de sorprender en un autor que aún no ha llegado a la treintena y cuya producción hasta ahora se limitaba a un puñado de historias cortas (algunas de las cuales ha reutilizado para este volumen) dispersas en fanzines autoeditados y recopilaciones.

Si la repetición sutil de personajes y espacios es la argamasa que ensambla las historias cortas de Beverly, la fuerza de su propuesta reside en su mirada, fría y distanciada, pero afilada, de la realidad estadounidense contemporánea. Drnaso rasca sobre la capa de la normalidad cotidiana para descubrirnos que debajo del American Way of Life y los telegénicos espejismos de adosados con jardín, coches descapotables y resorts vacacionales se acumula mucha más mierda de la que nos venden las imágenes publicitarias y ese Hollywood de cartón piedra al que, cada vez más, se le transparenta el armazón.

Un desasosiego frío y subterráneo recorre todos los relatos de Beverly. El autor filtra la realidad a través de los ojos de una juventud estadounidense (a la que él mismo pertenece) habitada por personajes desorientados. Niños, adolescentes y jóvenes alienados que miran a su alrededor con la turbación de quien no entiende el lenguaje en el que les hablan; como si los gestos de sus padres, sus vecinos y sus jefes respondieran a un ritual desconcertante en el que nada tuvieran que ver. Son los hijos de la decepción, el fruto de una sociedad egoísta y aséptica, los ciudadanos de un simulacro edificado sobre el miedo («Yo, rey»), las apariencias («Pequeño rey») y la hipocresía social («Un montículo en la hierba», «La historia más triste jamás contada»); o sobre la combinación tenebrosa de todas ellas, como sucede en los excelentes e inquietantes «Pudding» y «Virgen María».

Tan delicado como su estilo narrativo, repleto de elipsis, pausas contemplativas y sobrentendidos, es el estilo gráfico de Nick Drnaso: una línea clarísima, apenas resaltada por colores planos de tonos pastel y una depurada puesta en escena de acabados geométricos y desolados paisajes rectilíneos. Su dibujo es tan frío como sus historias. Tan frágil y natural como ellas. Su propuesta se inscribe dentro de lo que ya parece una tendencia hacia una línea clara minimalista, a la que podríamos adscribir a otros autores actuales tan celebrados como Sammy Harkham, Seth o Rutu Modan. Y de fondo, la sombra alargada de Chris Ware envolviéndolo todo y creando magisterio. Pero lo cierto es que en los últimos años han aparecido pocos alumnos tan avezados como Nick Drnaso. Beverly es la primera maravilla, esperamos, de muchas por venir.

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