La noche polar

Pasatiempos para adultos

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Empecemos por lo fácil, por lo evidente, más bien. Desde la misma cubierta Marcos Prior nos propone que completemos uno de esos clásicos pasatiempos infantiles consistentes en unir con una línea puntos dispersos siguiendo el orden de los números, para que una vez resuelto descubramos el dibujo que yacía escondido. Pero el reto no se detiene ahí. En las páginas interiores el juego continúa y se nos conmina de nuevo a que hallemos otra conexión, esta vez entre los diferentes personajes y tramas que completan La noche polar. El inconveniente es que cuando nos metemos en harina y tratamos de resolverlo, nos damos cuenta de que en realidad no hay solución, al menos no una en el sentido estricto. El problema no es precisamente de disposición. Al fin y al cabo, esos vértices argumentales que hay que vincular entre sí vienen precedidos por un ordinal y siguen una especie de cuenta atrás enmarcada en una cuadrícula regular —¿interpretarla como una rayuela e insistir una vez más en la propuesta lúdica sería tal vez rizar el rizo?—, sino que es más bien de sentido.

Como en la mayoría de sus trabajos precedentes, realizados en solitario o en compañía de otros dibujantes, aquí Prior vuelve a cuestionar las reglas del juego. Ha tomado las instrucciones que venían en la caja, las ha arrugado y las ha roto en pedacitos. Ahora la partida carece de reglas, con lo que la única posibilidad es dejarse llevar por la improvisación, el capricho o la voluntad de los participantes. Parece entonces que solo a partir de la casualidad oculta o, tal vez, de la particular interpretación de cada uno, se pueda rastrear el hilo invisible que parte del atentado mortal contra el zar Alejandro II en 1881 y llega hasta un misterioso episodio de espionaje que tiene lugar en los alrededores de nuestro presente. Un conjunto de sucesos cronológicamente distantes que, al parecer —siempre al parecer— forman parte de una misma historia, la cual no responde, lo habrán adivinado, a ningún patrón establecido.

Con todo, el caos es —¡otra vez!— solo aparente. Entre bambalinas, como un trasfondo terco e insistente, se vislumbra un diseño disyuntivo, el programa informático que regula la dosis de azar que nos corresponde cada día. Podemos denominarla realidad alternativa o conspiración en toda regla, pero lo bien cierto es que Prior ha descubierto, moviéndose constantemente entre el desorden y la lucidez, una verdad que el resto no percibimos. Especula con el pasado, bucea en biografías falsas, recurre a anecdotarios y fuentes difíciles de contrastar, con el único objetivo de llegar hasta el fondo del asunto. Valiéndose a partes iguales de verosimilitud y de imaginación, pero no en el sentido fantástico y desbocado del término, sino más bien de una creatividad de vuelo rasante muy cercana al suelo, utiliza su propio ingenio y se apropia del ajeno, reciclándolo, aportando un significado apócrifo, desde el Disney más inocente a las viejas películas de James Stewart, pasando por el Gordo y el Flaco o por el Conejo de Pascua (¿o es el de Alicia?).

La forma que adopta todo esto es, a la postre, la de un cómic con escasos precedentes. Intencionadamente complejo —que no confuso—, grácilmente reiterativo, aparentemente inconcluso, resulta una lectura exigente e hipnótica, que cambia de estilo e intenciones de capítulo a capítulo. Que se disfrazada de informe técnico, de captura de pantalla, de instantánea borrosa o de anagrama. Sobre fondos neutros que varían de tonalidad, se distribuyen las viñetas, en ocasiones perdidas y solitarias, más adelante numerosas y amontonadas. Vamos tropezando con notas, testimonios, confesiones, seguimos el mismo recorrido que los protagonistas (que son muchos y es uno, condenados a vivir bajo la sospecha de su identidad) de este thriller atípico que amenaza constantemente con enviarlo todo al garete, que nos advierte que si nos pasamos de listos, la fiesta se acabará con un desenlace decepcionante y convencional. Leámoslo, pues, con precaución.

Cuando todo haya terminado, solo quedará una certeza: Marcos Prior posee el don de ver más allá de la evidencia, y en sus tebeos va dosificándonos generosamente sus hallazgos.

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